El hecho es que, hace tres años, ninguno de los países que ahora están en crisis o casi parecían tener problemas fiscales graves. Ni siquiera el déficit presupuestario de Grecia en 2007, expresado como porcentaje del PIB, era mayor que los déficits que registró Estados Unidos a mediados de los ochenta (¡el nuevo amanecer de EE UU!), mientras que España tenía de hecho superávit.
Y los tres países atraían grandes flujos de capital extranjero, en gran parte porque los mercados creían que el hecho de pertenecer a la zona euro convertía las obligaciones griegas, portuguesas y españolas en inversiones seguras.
Luego, llegó la crisis financiera mundial. Esas entradas de capital se agotaron; los ingresos se hundieron y los déficits se dispararon; y ser miembro de la zona euro, hecho que había animado a los mercados a amar a los países ahora en crisis de forma intensa pero insensata, se convirtió en una trampa.
¿En qué consiste esa trampa? Durante los años del dinero fácil, los salarios y los precios subieron mucho más deprisa en los países ahora en crisis que en el resto de Europa. Ahora que el dinero ya no entra a espuertas, esos países tienen que volver a controlar los costes.
Pero es mucho más difícil hacer eso ahora que cuando cada país europeo tenía su propia moneda. En aquel entonces, los costes podían controlarse ajustando los tipos de cambio (por ejemplo, para recortar sus salarios respecto a los salarios alemanes, Grecia no tenía más que reducir el valor del dracma frente al del marco alemán). Sin embargo, ahora que Grecia y Alemania comparten la misma moneda, la única forma de reducir los costes relativos de Grecia es una combinación de inflación alemana y deflación griega. Y dado que Alemania no va a aceptar la inflación, la solución es la deflación.
El problema es que la deflación -la bajada de los salarios y los precios- es siempre y en cualquier lugar un proceso tremendamente doloroso. Inevitablemente, conlleva una crisis prolongada con altas tasas de paro. Y también agrava los problemas de la deuda, tanto pública como privada, porque los ingresos se reducen mientras que la carga de la deuda no lo hace.
De ahí la crisis. Las desgracias fiscales de Grecia serían graves pero probablemente controlables si las perspectivas de la economía griega para los próximos años pareciesen al menos moderadamente favorables. Pero no es así. (...)Todo esto es justamente lo que temían los euroescépticos. (...)
Así que, ¿está el propio euro en peligro? En una palabra, sí. Si los dirigentes europeos no empiezan a actuar de manera mucho más enérgica, proporcionándole a Grecia la ayuda suficiente para evitar lo peor, es muy posible que se produzca una reacción en cadena que empiece con el impago griego y termine causando muchos más estragos. (...)
Sin embargo, lo que la crisis realmente demuestra es lo peligroso que es ponerse uno mismo una camisa de fuerza política. Cuando se unieron al euro, los gobiernos de Grecia, Portugal y España se negaron a sí mismos la posibilidad de hacer algunas cosas malas, como imprimir demasiado papel moneda; pero también se privaron de la capacidad de responder con flexibilidad ante los acontecimientos. Y cuando la crisis golpea, los Gobiernos tienen que ser capaces de actuar. Eso es lo que olvidaron los arquitectos del euro, y lo que el resto de nosotros tenemos que recordar." (Paul Krugman: La trampa del euro. El País, ed. Galicia, economía, 03/05/2010, p. 20)
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