"Es un ejemplo para la juventud", piropeó ese día el Pontífice al ya notorio pederasta Maciel. Fue otra humillación a las incontables víctimas del poderoso legionario. Horas más tarde, el cardenal Ratzinger firmaba el decreto por el que se iniciaba oficialmente una investigación sobre el fundador del movimiento.
Maciel había acompañado en primera fila a Juan Pablo II en los viajes a México en 1979, 1990 y 1993, cuando ya eran un clamor las denuncias contra él. También entraba en los más altos despachos del Vaticano como Perico por su casa, muchas veces con sobres con miles de dólares para agasajar a cardenales por sus silencios y complicidades.
Durante décadas, el sacerdote Maciel y algunos de sus lugartenientes sometieron a abominables abusos a cientos de muchachos, especialmente en el seminario de Ontaneda (Cantabria). Solo tras la muerte del Papa polaco, en 2005, el sedicente pederasta y padre de varios hijos con diversas mujeres fue apeado de su enorme poder, con la orden tajante de alejarse de Roma. Se recluyó en México. Fue su único castigo en vida. Falleció en enero de 2008, a los 88 años.
Este jueves pasado, uno de los principales legionarios en España, el sacerdote Santiago Oriol, ha anunciado que abandona la Legión. Se ha hartado de esperar soluciones dignas frente a las tropelías del fundador y el encubrimiento de sus colaboradores.(...)Ante tantos sucesos escandalosos, la disculpa del contubernio anticlerical y ateo caía por su propio peso. Al margen de excesos en algunos medios de comunicación amarillos, los documentos oficiales del Vaticano, una y otra vez reproducidos, dejaban claro que había habido en la Curia, durante décadas, una intención firme de ocultar los abusos sexuales de clérigos y hacer oídos sordos a las denuncias de las víctimas.
Ratzinger lo sabía, porque él mismo había firmado alguno de esos documentos. Ante cualquier denuncia hay que asegurar la reserva total, se decía en una instrucción papal de 1962. También era consciente de la "suciedad" y la "soberbia" con que se seguía actuando en algunas Iglesias nacionales y en despachos de la propia Curia.
Es en ese ambiente de inquietud en el que se produjo su ascensión al Pontificado romano. Si la situación era tan grave como clamaba el cardenal alemán, sus colegas en el cónclave iban a considerarle el único capaz -por conocimiento y por autoridad- de arreglarla.
¿Quién podía conocer mejor los pecados y delitos del cristianismo romano que el presidente de la Pontificia Congregación que antaño llevó el nombre terrible de Santo Oficio de la Inquisición? El teólogo Ratzinger había dirigido ese organismo desde 1981, con mano de hierro.
Tampoco ignoraba el nuevo Papa que iba a estar solo en la tarea, salvo que realizase cambios radicales. No los hizo. (...)Fue el cardenal Bertone quien vino a Madrid en 2009, en viaje privado, a apaciguar a una hija de Maciel que amenazaba con hacer pública su situación si el Vaticano la abandonaba a su suerte tras la muerte del padre. Hubo acuerdo. Pero después se ha sabido que no era la única heredera del fundador legionario.
Maciel tenía otros hijos con otras mujeres en otros países, algunos con sus reclamaciones en manos de abogados. Demasiado enojo para un Papa que había contemplado durante años, impasible pero escandalizado, cómo el sacerdote mexicano gozaba de las complacencias de su antecesor y de una parte de los cardenales. Su conversión hacia la tolerancia cero, cayese quien cayese, iba a ser radical a partir del escándalo Maciel. No siempre ve cumplidos (o hace cumplir) sus deseos." (El País, Domingo, 31/10/2010, p. 2/3)
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