11.2.11

"Los egipcios han cambiado el mundo" (Barack Obama)



"Egipto se dirige hacia un modelo de régimen pluralista"

El problema de la revolución en Egipto —y en Túnez—, piensa Ben Ami, es que carece de un líder claro, lo que da una cierta ventaja al régimen, porque le permite intentar convencer a Occidente de los peligros de la situación y agitar el miedo, por ejemplo, a los Hermanos Musulmanes, a los que compara, mutatis mutandi, con el Partido Comunista en la España de Franco.

"Son, sin duda, dentro del espectro de la oposición, la entidad mejor organizada, el tipo de partidos que funcionan bien bajo dictaduras. Habrá que ver su peso real en una elecciones y, luego, tal vez, pueden ser arrollados por la nueva situación".

Una situación, explica, que por un lado tiene esta aura de modernidad que le da la utilización de Internet y las redes sociales, pero por otro tiene un componente antioccidental importante.

"Occidente tiene un problema con lo que está ocurriendo en el mundo árabe, porque el mensaje implícito que transmite a los ciudadanos de estos países es que no tiene ningún problema con las dictaduras si dan estabilidad y solo son abandonadas cuando se produce derramamiento de sangre. Un mensaje de escaso contenido moral".

Ben Ami considera que Occidente cometió un error al rechazar contundentemente los acuerdos de La Meca entre Hamás y Fatah, entre el estamento laico y el islamista.

"Pienso que representaba el paradigma del futuro de los regímenes árabes; la captación, la creación de plataformas conjuntas con las distintas sensibilidades de cada país, que es lo que va a ocurrir ahora en Egipto: plataformas conjuntas donde los grupos tendrán un 20%, un 30%". (SHLOMO BEN AMI (Exministro de Exteriores israelí): "Egipto se dirige hacia un modelo de régimen pluralista". El País, 10/02/2011, p. 5)

"Por una parte, tenemos regímenes desgastados por la edad, la enfermedad y el vicio, pero capaces de una gran violencia, y por otra, unos pueblos pisoteados que se debaten en la miseria.

Entre los dos, un vacío espantoso que ha sido ocupado poco a poco por los islamistas y por organizaciones mafiosas (ligadas al poder de los islamistas) que prometen el paraíso. Los partidos de oposición democráticos tolerados proporcionan la fachada democrática de las dictaduras y los rebeldes han sido obligados a exiliarse en Europa.

Por lo que a mí respecta, soy pesimista: sin una sociedad civil organizada y decidida, sin el apoyo activo de los demócratas de todo el mundo, los poderes actuales y los islamistas van a aprovecharse de la rabia de los pueblos y a adueñarse de la apuesta.

El clan de los dictadores y la internacional islamista se van a movilizar para vencer e imponerse a los pueblos y esta vez los islamistas estarán en primer plano. Por eso debemos ganar esta batalla. El asunto no es solamente un asunto árabe, es mundial". (BOUALEM SANSAL (ARGELIA) "Soy pesimista". El País, 11/02/2011, p. 8)

"Un grupo de activistas y 'blogueros' egipcios promovió en las redes sociales y en la calle la revolución que ha acabado con la dictadura de Hosni Mubarak.

Lejos de eso, la revolución egipcia se ha gestado durante el último año en las calles y en las casas; a través de Facebook o de bitácoras virtuales, pero también en los cafés donde muchos de los que ahora celebran fumando una pipa de agua el fin del régimen, han discutido cómo llevar a cabo sus pequeñas conquistas. (...)

Los días de la protesta pasaban y hacía falta pensar en unas demandas concretas que no permitieran que lo que el pueblo pedía se disolviera en el camino que iba de las sedes de los partidos políticos al despacho del nuevo vicepresidente Omar Suleimán.

Los que habían sacado a la gente a las calles querían dejar claro cuáles eran exactamente sus pretensiones y para eso alguien debía ponerse al frente. La mejor forma era creando una plataforma lo más heterogénea posible y a la que se podrían adherir nuevos miembros.

El número definitivo fue de 14 personas de todo signo ideológico pero, en cualquier caso, jóvenes que llevaban más de un año gestando su revolución en la retaguardia. "Carteles, manifestaciones, recogidas de firmas. Tomamos la iniciativa hace ya muchos meses", explica la doctora Sally Moore.

"El 25 fue nuestro día pero detrás había un trabajo que desde Internet fuimos expandiendo poco a poco", señala. (...)

Horas antes de que Mubarak diera su último discurso como presidente, la plataforma de los Jóvenes del 25 de Enero se reunía en el Sindicato de Periodistas con algunos líderes políticos para perfilar una serie de demandas.

En un pequeño despacho del cuarto piso, a puerta cerrada, una acalorada discusión decidía la hoja de ruta que tendrían los guías de la transición.

Mohamed el Beltegy, ex parlamentario de los Hermanos Musulmanes y uno de los opositores que se había reunido con Suleimán, estaba presente. También se encontraban en aquel cuarto el ex parlamentario Osama el Ghazaly y el sexagenario líder del movimiento Kifaya (Basta), George Isaak.

Todos tuvieron que esperar a que los jóvenes que les habían guiado en esta revolución tomaran una decisión que se adoptó en cónclave y con una votación democrática.

Momentos después comparecían juntos en una rueda de prensa en la que pedían el fin de la ley de emergencia, la formación de un consejo presidencial y de un Gobierno de amplia base, la disolución del Parlamento y la creación de un comité que enmiende o redacte una nueva Constitución.

También reclamaron que se asegurase la libertad de prensa y de formación de partidos políticos.

Algo que facilitará que ellos mismos, como ya han planeado, se conviertan en una nueva formación. Esta coalición exige además una investigación de la corrupción endémica que sufre el país y juzgar a los responsables de la muerte de más de 300 manifestantes.

Por la cabeza de Sally Moore pasaban ayer la incredulidad, la emoción y la esperanza. "La primera de nuestras demandas se ha cumplido al marcharse Mubarak, pero aún nos queda un largo camino por delante", explicaba." (El País, 13/02/2011, p. 4/5)

"Probablemente el cambio al que Obama se refirió en su declaración tras la caída de Mubarak sea precisamente ese: que el mundo deja de moverse en función de los intereses de Estados Unidos o de cualquier otro.

Quizá la única estrategia factible en estos momentos es la de aceptar elegantemente lo que cada pueblo decida. "Estados Unidos no tendrá más remedio que aceptar el resultado de unas futuras elecciones en Egipto, tanto si le gusta como si no le gusta; no hay otra alternativa", afirma el veterano diplomático Nicholas Burns, ahora profesor en la universidad de Harvard.

¿Es este, por tanto, el comienzo de una nueva era democrática o una ilusión infantil que se desvanecerá en unas semanas? Nadie lo sabe. Como pocas veces ocurre en la historia, la revolución egipcia ha abierto un escenario impredecible." (El País, 13/02/2011, p. 7)

"Pregunta. ¿Cuajará la revolución que vive el mundo árabe?

Respuesta. Es la primera revolución que no resulta de la manipulación de un liderazgo. ¿Cómo va a terminar? Esa es otra cuestión. El mundo no ha reaccionado con la apertura que merecía un acto como este. Y ha sido por miedo: la angustia nunca da buenos resultados, ni en política ni en música.

P. ¿Se refiere, sin citarlo, también al miedo de Israel?

R. Lo cito sin problema. Sobre todo Israel, sí. Es una oportunidad histórica para demostrar si quiere ser parte de los estados de Oriente Próximo. Si no, quedará siempre como un cuerpo extraño. Para Israel la única seguridad que vale es su aceptación por parte del resto de estados vecinos. Debe tener el coraje de demostrar que ve esta revolución como algo extremadamente positivo." (DANIEL BARENBOIM: La música es filosofía y deporte". El País, 23/02/2011, p. 36)

"Luego está el hecho de que la revolución egipcia no es el resultado de una mera movilización política, sino la expresión de una reacción telúrica de la conciencia, esta vez árabe, ante el acontecimiento simbólico provocado por el joven tunecino Mohamed Buazzizi, que ha hecho vibrar a las masas egipcias más que la opresión impuesta a los iraquíes o a los palestinos.

¿No prefirió inmolarse antes que seguir sufriendo la humillación que todos los ciudadanos árabes sufren bajo la dictadura de dirigentes árabes? Esto es lo que inflamó la calle egipcia y eso significa, antes que nada, que hay todavía un sentimiento de solidaridad panárabe que ni el nacionalismo mezquino de los dirigentes ni el islamismo obtuso y totalitario de los integristas han logrado sofocar esos últimos 30 años.

Pero a pesar de que en ciertas manifestaciones se vieran retratos de Nasser, ese espíritu no implica un retorno al viejo nacionalismo árabe, porque lo que emergió con la revolución de la plaza Tahrir es una nueva generación de egipcios más decidida, menos ideologizada y más realista que las del pasado. Una generación más concernida por la extensión universal de las libertades democráticas que por la exportación de un modelo revolucionario.

El mundo árabe debe recomponerse a través de este sistema de valores. Y no es casualidad que en todas partes -en Túnez, en Yemen, en Argelia, en Marruecos, en Jordania, en Palestina, en la península Arábiga- sea la misma generación la que ha cogido por sorpresa a las viejas oposiciones, notablemente debilitadas por los regímenes dictatoriales.

Esta revolución árabe que muchos egipcios desean ansiosamente debe surgir de las profundidades de las mismas sociedades afectadas, y no ser exportada, como en los años cincuenta del siglo pasado, en la época del nasserismo.

Si estos últimos 30 años han sido testigo de la conversión de Egipto en una sucursal de la estrategia elaborada por Washington, Riad y Tel Aviv, hemos visto al contrario a Irán erigirse en ejemplo regional y, más recientemente, a Turquía, especialmente sobre el conflicto israelo-palestino. Otra prueba de que cuando Egipto está ausente, ninguna otra nación es capaz de darle al mundo árabe una voz significativa.

Pero lo que aquí también llama la atención es el realismo con que se percibe esta cuestión en los debates: la dictadura, de Sadat a Mubarak, tuvo al menos el mérito de situar el conflicto israelo-palestino en el terreno de la paz y no de la guerra. Ninguna voz importante se alza hoy para cuestionar esta paz con el Estado hebreo. Es un logro.

En cambio, lo novedoso es la idea de que Egipto debe reencontrar sus márgenes de maniobra diplomáticos y mostrarse más firme en la resolución pacífica de este conflicto. Y, en este punto, la actitud de Israel será decisiva. Si prevalece el realismo en Tel Aviv, la paz tendrá posibilidades, si no, muchos temen no poder controlar la reacción de la opinión pública egipcia.

Por último, se planteará también la cuestión de un eje de las democracias árabes. Egipto volverá a encontrarse, bajo unas nuevas condiciones, con el viejo conflicto por el liderazgo que, en la época de Nasser, le opuso a su principal competidor en la escena árabe: Arabia Saudí. Y esta es la gran incógnita. " (SAMI NAÏR: El gran retorno de Egipto. El País, 10/03/2011, p. 27)

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