"José
“Pepe” Mujica, presidente de Uruguay, propuso legalizar la marihuana y que el
Estado monopolice su producción y comercialización. En Argentina, que según la
ONU es el país -junto con Chile- donde más drogas se consumen en América del
Sur, una comisión de la Cámara Baja analiza actualmente un proyecto de
despenalización del uso de drogas. Un debate que se generaliza.
En marzo pasado, César
Gaviria el ex presidente de Colombia (nada menos, para el caso), se pronunció
por la despenalización durante una reunión del Sistema de Integración
Centroamericana (SICA). En 2009, junto al ex presidente de México Ernesto Zedillo,
y al ex presidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso, Gaviria ya había presentado una propuesta para
cambiar la estrategia en el combate contra las drogas, centrada en acabar con
la criminalización del consumo.
Este
progresivo cambio de enfoque obedece, en primer lugar, al fracaso de las
políticas represivas, que no hacen más que propagar el consumo de todo tipo de
substancias adulteradas y fomentar el poder económico, la influencia política
–corrupción mediante- y la violencia de las organizaciones de narcotraficantes.
El temor de una evolución del problema “a la mexicana” (50.000 muertos en los
últimos tres años y un Estado desmantelado por la corrupción), orienta
progresivamente el enfoque del problema en una dirección más razonable y
civilizada.
El otro
factor es la propia realidad social. El consumo de algunas drogas, muy en
particular la marihuana, ha adquirido carta de ciudadanía, por así decirlo. El
uso de drogas es tema de discusión en familia, sobre todo cuando hay hijos adolescentes.
El consumo se ha expandido a tal punto en todas las clases sociales que resulta
imposible negarlo.
Antes de asumir como Presidente de Estados Unidos, Bill Clinton tuvo que confesar que había fumado marihuana en la universidad, aunque, eso sí, “sin tragar el humo”… La realidad del consumo masivo, desfasada de una legislación basada en el desconocimiento y los prejuicios, obliga a la hipocresía y a salidas del paso infantiles.
Antes de asumir como Presidente de Estados Unidos, Bill Clinton tuvo que confesar que había fumado marihuana en la universidad, aunque, eso sí, “sin tragar el humo”… La realidad del consumo masivo, desfasada de una legislación basada en el desconocimiento y los prejuicios, obliga a la hipocresía y a salidas del paso infantiles.
Pero
acercarse a la solución del problema empieza por analizar sin prejuicios qué son
las drogas; establecer similitudes y diferencias entre ellas; analizar el uso
que han hecho y siguen haciendo diversas culturas y la significación que les
atribuyen; sus peligros, valor terapéutico y eventualmente espiritual; la
autonomía del individuo, su responsabilidad ante la sociedad y la actitud de
ésta frente a un tema que, como tantos otros, afecta el ámbito de lo puramente
individual, pero repercute en el conjunto. Otro tanto respecto a la
comercialización, legal e ilegal, de todas las drogas.
Conviene
subrayar esto: legal o ilegal, porque ¿qué porcentaje de la criminalidad y/o
adicción debe atribuirse a las drogas legales? El Centro Regional de
Alcoholemia de Coimbra (Portugal), publicó en 1996 un informe según el cual en
ese país hay más de 700.000 alcohólicos crónicos -además de los bebedores
habituales- sobre una población de 10 millones; que las 1.200 agresiones
sexuales denunciadas en 1995 (el 20% sobre menores de 13 años, ¡y se estima que
los casos denunciados representan sólo el 20% del total real!), están
directamente relacionadas con el alcohol. ¿Se debería entonces prohibir el
alcohol o las anfetaminas, somníferos, etc., responsables de la abrumadora
mayoría de adicciones graves en el mundo?
En los
Estados Unidos se intentó esta vía con el alcohol en los años ‘20 (la “Ley
Seca”), con los resultados conocidos: lo único positivo fue una excelente
filmografía y literatura sobre gangs, mafias, crímenes y todo tipo de delitos
vinculados con la prohibición.
Por eso, numerosas personalidades tan poco sospechosas de irresponsabilidad, izquierdismo o nihilismo como George Soros, Laurance Rockefeller, Milton Friedman y Fernando Savater, o uno de los semanarios más prestigiosos del mundo, The Economist, se pronuncian con matices, pero abiertamente, por la legalización de las drogas.
Por eso, numerosas personalidades tan poco sospechosas de irresponsabilidad, izquierdismo o nihilismo como George Soros, Laurance Rockefeller, Milton Friedman y Fernando Savater, o uno de los semanarios más prestigiosos del mundo, The Economist, se pronuncian con matices, pero abiertamente, por la legalización de las drogas.
El
Secretario General de Interpol, Raymond Kendall afirmó en 1995, ante el
congreso anual de la Organización Internacional de Policía del Crimen, que
"hoy, la amenaza real para nuestras sociedades es una combinación del crimen
organizado y el tráfico de drogas (...) la guerra contra las drogas va mucho
más allá de los daños que inflingen a los individuos.
Los grandes beneficios del narcotráfico indican que el crimen organizado puede corromper nuestras instituciones en el más alto nivel. Si pueden hacer eso, entonces nuestras democracias están en peligro". Es como si Kendall hubiese descrito con anticipación al México de hoy o la Argentina de mañana…
Los grandes beneficios del narcotráfico indican que el crimen organizado puede corromper nuestras instituciones en el más alto nivel. Si pueden hacer eso, entonces nuestras democracias están en peligro". Es como si Kendall hubiese descrito con anticipación al México de hoy o la Argentina de mañana…
Las actitudes
abiertas y pragmáticas ante el problema, aunque no se compartan las
conclusiones, son sin duda mucho más positivas que la ceguera represiva. Dejar
de lado la evidencia y complejidad de los hechos concretos y recargar el
análisis de ideología y moralismo no ayuda a la solución del problema. (...)
Todo
depende entonces del conocimiento que tenga el sujeto sobre la materia inerte
que manipula; de la cultura -en su sentido más amplio- en la que vive y se ha
educado. Los ejemplos históricos y científicos sobre este concepto elemental
son abrumadores.
"No hay drogas, sino drogadictos", sostiene Escohotado -que analiza los escritos de una larga lista de "drogadictos" históricos, entre ellos Carlyle, Bismark, Thomas Jefferson-, y agrega: "no matan las drogas, sino la ignorancia".
"No hay drogas, sino drogadictos", sostiene Escohotado -que analiza los escritos de una larga lista de "drogadictos" históricos, entre ellos Carlyle, Bismark, Thomas Jefferson-, y agrega: "no matan las drogas, sino la ignorancia".
La revista
dominical del New York Times publicó en 1997 un largo artículo de Michael
Pollan, en el que se analizaban los efectos, pros y contras de la Proposición
215, votada en noviembre de 1996 en California, autorizando a los médicos a
recetar marihuana con fines terapéuticos o analgésicos, ante cualquier
"enfermedad grave".
La decisión de los ciudadanos de ese Estado enfureció al gobierno federal y a la Drug Enforcement Agency (DEA), empeñados en una guerra sin cuartel ni debate contra el consumo y venta de drogas.
La decisión de los ciudadanos de ese Estado enfureció al gobierno federal y a la Drug Enforcement Agency (DEA), empeñados en una guerra sin cuartel ni debate contra el consumo y venta de drogas.
El artículo
explicaba en detalle y con abundantes ejemplos y testimonios médicos que fumar
marihuana ayuda a los enfermos de cáncer a soportar la quimioterapia; a los
sidosos a recuperar el apetito, a los epilépticos a prevenir convulsiones,
etc., sin efectos secundarios significativos. Esto se sabía hace ya mucho
tiempo, pero la realidad tardó en abrirse paso en la fronda de prejuicios,
ignorancia e intereses que la oculta.
Porque ¿qué pasaría con los carísimos productos de laboratorio, ampliamente publicitados, si algunos males pudieran ser tratados, aliviados o prevenidos con una plantita de balcón? ¿No abriría eso el camino al uso de otras drogas naturales, en detrimento de las sintéticas? ¿Qué sería de los miles de millones del narcotráfico que reciclan los bancos y oxigenan no pocas economías y campañas políticas?
Porque ¿qué pasaría con los carísimos productos de laboratorio, ampliamente publicitados, si algunos males pudieran ser tratados, aliviados o prevenidos con una plantita de balcón? ¿No abriría eso el camino al uso de otras drogas naturales, en detrimento de las sintéticas? ¿Qué sería de los miles de millones del narcotráfico que reciclan los bancos y oxigenan no pocas economías y campañas políticas?
"La
marihuana es el mayor cultivo comercial de Estados Unidos (…) casi el doble del
algodón, el siguiente cultivo más rentable", apuntaba Pollan, subrayando
que "el mensaje de la marihuana medicinal es que hay diferentes clases de
drogas y diferentes razones para utilizarlas; que el uso y el abuso no son
necesariamente la misma cosa y que el gobierno federal podría no tener la
última palabra en el tema (…) debe darse una discusión en la que la opinión de
médicos y científicos cuente mucho más que la de políticos y moralistas.
La Proposición 215 marca el final del ‘simplemente diga que no’ (el slogan del gobierno) y el comienzo de los ciudadanos diciendo muchas cosas interesantes sobre drogas. La guerra contra las drogas podría no sobrevivir a esta discusión".
La Proposición 215 marca el final del ‘simplemente diga que no’ (el slogan del gobierno) y el comienzo de los ciudadanos diciendo muchas cosas interesantes sobre drogas. La guerra contra las drogas podría no sobrevivir a esta discusión".
Tal parece
que esto último es lo que está empezando a ocurrir, a menos que la evolución
política de este mundo en crisis diga otra cosa." (Sin Permiso, 15/07/2012, 'Drogas… ¿qué drogas?', de Carlos Gabetta)
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