20.9.12

Cáritas portuguesa: “Hay gente que vivía en la extrema pobreza que sigue viviendo. Son los típicos pobres a los que hay que darles ropa y comida. Pero ahora vienen familias que de un día para otro se han despeñado”

"Tras los informes macroeconómicos, las cuentas de la OCDE y las previsiones de laboratorio está la gente: “Tengo 38 años y tres hijos. El mayor, de ocho años. El menor, de dos. Hace 20 meses, mi marido, que es economista, ganaba 3.000 euros, y yo, 1.500. Vivíamos muy bien en Lisboa. Ahora, mi marido gana 2.800, y yo, nada, porque estoy en el paro. 

Trabajaba en una productora. El año que viene mi marido ganará 2.600, más o menos. Ya no vamos de vacaciones al Algarve. Vamos al pueblo. Ya no podemos apuntar a los niños a las actividades extraescolares. Se quedan en casa. Ya no hay dinero para una empleada de hogar. Lo hago yo. 

Ya no voy al gimnasio del barrio, que por cierto está vacío. Ya no me compro libros o voy al cine como antes, sin mirar el dinero. Todo ha ido a peor”. La mujer, que prefiere no decir su nombre, colabora de voluntaria en una ONG portuguesa, y añade mirando de frente: “Antes íbamos todos los viernes a un restaurante al centro comercial a comer. 

Ahora no. No solo por el dinero, sino por reeducar a los niños. Mis padres me educaron en el ahorro, venían de un mundo duro. Pero mis hijos han crecido en un entorno pudiente que me temo que va a desaparecer para siempre. Se van a tener que acostumbrar a vivir peor de lo que han vivido hasta ahora. Hay que alertarles”.

 La mujer pertenece al sector más privilegiado de la clase media portuguesa (el sueldo medio en Portugal gira en torno a los 800 euros), pero ilustra el despojamiento progresivo de la población. 

Porque es esta clase media la que soporta casi por entero el peso creciente de la crisis económica y la que comprueba con espanto y amargura cómo día a día desde hace más de un año y medio, fecha en que Portugal pidió un rescate económico, su vida se empobrece y empeora en un constante retroceso de pesadilla. (...)

Celia Cameira es profesora de instituto en Lisboa y ganaba hace dos años 1.700 euros. Ahora ingresa, tras repetidas subidas de impuestos, 1.500. En verano no cobró paga extra. Ni la cobrará en Navidad. 

Exactamente igual que su marido, que también es profesor. Así que su casa se ha visto de golpe con cuatro mensualidades menos al año: “Como todo el mundo, empleábamos las pagas extra no para irnos de fiesta, sino para pagar el seguro de la casa, el seguro del coche o los arreglos de esto y lo otro. 

Ahora, por ejemplo, me llevo la comida al trabajo, como todos los profesores, ya no vamos a la casa de comidas, ya no compramos nada, porque con el IVA está todo muy caro, ni vamos al cine, como íbamos antes mi marido y yo. 

Y el año que viene será peor, pues dejaremos de comprar ropa, por lo menos para nosotros dos, a fin de comprársela a nuestra hija de diez años, y buscaré por los supermercados la marca blanca más barata en todo”. (...)

Tras un año y medio de medias de austeridad (Portugal fue rescatada en abril de 2011), los portugueses sienten que no pueden más: en 2012 subió el IVA hasta el 23%, subió el impuesto de la renta, subieron las tarifas médicas (ir al médico de familia cuesta 5 euros, ir a urgencias, 20) y subieron los transportes públicos.

 No pueden más, dicen. Y sin embargo, van a tener que hacerlo: tres días después de que Passos Coelho anunciase la bajada general de sueldos, el ministro de Finanzas, Vítor Gaspar, remachó la situación dando a conocer más recortes aún: subida en el impuesto de la renta en determinadas franjas, endurecimiento de las condiciones para determinados subsidios sociales y más ahorro estatal en salud y educación, entre otras medidas.

 “Hasta el viernes en que habló el primer ministro, la economía portuguesa estaba herida de muerte. Pero las personas creían en lo que hacían. Ahora se ha trazado una línea divisoria, la gente ha dejado de creer y la sociedad también está herida de muerte”,  (...)

Basta pasear por muchas calles de Lisboa para cerciorarse de que las tiendas agonizan. Cierran tiendas de muebles, piscinas privadas, tiendas de ropa o de regalos. Cierran restaurantes caros y restaurantes de los de menú a ocho euros. 

El mismo António Lobo Antunes, el escritor vivo más prestigioso de Portugal, adicto a este tipo de restaurantes de barrio, lo corroboraba hace meses en una entrevista a este periódico al confesar que cada vez comía más solo.  (...)

En el otro lado de la historia, la organización Cáritas portuguesa avisa de que una franja de la sociedad está a punto de resquebrajarse. “Hay gente que vivía en la extrema pobreza que sigue viviendo. Son los típicos pobres a los que hay que darles ropa y comida.

 Pero ahora vienen familias que de un día para otro se han despeñado”, explica José Manuel da Luz Cordeiro. “Son familias que hasta ayer pertenecían a la clase media, pero que ahora no tienen para pagar el recibo del gas, o del agua o de la luz, y que vienen aquí a que se lo paguemos. O que no tienen para mandar a los niños a la escuela. Y no piden ropa. Piden solo comida”. 

Cordeiro apunta otro fenómeno: “Hay jóvenes que acuden aquí para que les paguemos la matrícula de universidad. O hay viejos que se quedan solos porque sus hijos, más preparados, emigran al extranjero”. Y concluye con la frase que más repiten los portugueses en esta semana de malas noticias: “Yo siento en la gente una falta de esperanza que agrava la situación de las personas. A la falta de recursos se le suma la falta de futuro”.            (El País, 16/09/2012)

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