"No hay manera de zafarse de esta realidad. Es la que nos ha tocado en
suerte. ¿No queríamos emociones? ¡Toma ya, momento histórico! Creíamos
que la única forma de agitar las caducadas ideologías era desempolvar
los rencores de nuestra guerra. No sabíamos, ay, lo que nos deparaba el
futuro. Y esto es ya el futuro.
El futuro implacable que llama a diario a
los que tenemos algún tipo de tribuna pública. Son los lectores los que
se están encargando de ponernos al cabo de la calle. El buzón de
entrada de nuestros correos o de nuestros espacios cibernéticos hierve
de información de primera mano sobre lo que nos está pasando.
Antes, por
ejemplo, de que los medios anunciaran la movilización ciudadana contra
el cierre del hospital de la Princesa la noticia llegaba a mí, imagino
que a otros muchos, a través de la vida virtual (facebook, correo, web) y
también de la vida en tres dimensiones, porque mis queridos panaderos
tenían sobre el mostrador el folio para que los vecinos firmáramos.
Sí,
el mismo folio que firmó para asombro de todos la alcaldesa de Madrid.
Por una vez, he que darle la razón al presidente de la comunidad
madrileña (señor González, no se me acostumbre): la alcaldesa parecía
desconocer lo que viene siendo la política sanitaria de su propio
partido.
El caso es que tras ver a una anciana en mi panadería calzarse
las gafas y firmar, hice lo propio. Son los ciudadanos los que nos
vienen avisando desde hace tiempo de lo que pasa o de lo que está a
punto de pasar. Detrás van los partidos de la oposición, los sindicatos y
los cronistas.
Se nos debería caer la cara de vergüenza, pero al mismo
tiempo es una buena noticia: tantos años de partidismo no han destrozado
la voluntad civil; la gente busca la manera de participar en este
presente abrumador, de que no se nos dé el futuro hecho, como un destino
fatal e inmutable.
Se ha parado el cierre de ese hospital que tantos y
tan buenos servicios ofrece, incluidos los de investigación, y podemos
afirmar que el mérito de esa conquista hay que atribuírselo a pacientes
involucrados, vecinos, médicos y otros manifestantes solidarios.
Este es
un ejemplo de cómo tenemos que aplicarnos a las cosas concretas y
olvidarnos ya de los discursos abstractos. Pequeñas victorias. No hay
victoria final. Hay solo pequeñas victorias.
Hará cosa de un mes que a mi buzón electrónico llegó la carta de una
abogada y profesora de derecho civil alertándome sobre la imposición de
tasas judiciales. Tasas con afán recaudatorio y disuasivo. La letrada me
lo resumía así: “No hay Estado de derecho cuando no se tiene amparo
judicial y estas medidas afectan al corazón mismo del Estado de
derecho”.
No puedo decir que no fui avisada. Hasta ese momento había
leído algo en la página 15 de algún periódico, pero se trata de ese tipo
de asuntos que los legos hemos de ver en primera plana para reconocer
su importancia. Ante las noticias jurídicas o económicas casi siempre
esperamos de manera prudente a que escriban otros. No por falta de
compromiso sino de información.
Pero esta profesora de derecho me
contaba con precisión aquello que luego he ido leyendo aquí y allá. Los
lectores nos informan ya de primera mano. Lo hacen porque quieren
intervenir en la medida de lo posible en el curso de esta historia común
de la que unos pocos quieren expulsar a la mayoría, que son los
afectados.
La teoría de esa minoría dirigente es que el bien del país
nos obliga a dejarnos arrastrar por esta corriente salvaje, que no es
patriótico nadar contra ella. Pero la experiencia nos enseña que hay que
poner freno a cada abuso concreto. Y los cronistas también estamos
aprendiendo algo de esta realidad que se nos presenta como inabarcable:
ya no vale teorizar, hay que contar la realidad en pequeñas dosis." (
Elvira Lindo , El País, 25 NOV 2012)
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