"Cuando el agua hierve, Jaime mete en la olla dos kilos de macarrones.
Como cada martes desde el pasado octubre, cocina 15 raciones de pasta
boloñesa vegetal para repartirlas a las 20.30 horas en la céntrica plaza
madrileña Tirso de Molina a todo aquel que se acerca a recoger uno de
los packs que prepara.
Estos incluyen un plato de pasta o de arroz con
legumbres, un vaso de caldo caliente y un bocadillo vegetal con una
pieza de fruta. Jaime forma parte de un grupo de voluntarios que pone
sus recursos y trabajo al servicio de personas anónimas que acumulan
problemas. Más de 60 personas cenan los martes y los miércoles gracias a
su empuje y altruismo.
Que los cinco años de crisis española están pasando factura a los
sectores más vulnerables de la sociedad, que son los grandes olvidados,
es un secreto a voces. Cada vez son más lo que pierden su techo, agotan
las prestaciones de desempleo o desesperan en la tortuosa labor de
encontrar un empleo.
Para tratar de paliar los efectos del hambre, el
frío y la soledad, están surgiendo en España diversas iniciativas
ciudadanas basadas en la solidaridad y la cooperación. Es el caso de la
asociación Casa Solidaria, que, inspirada en un proyecto similar en Portugal,
hace poco ha cumplido un año repartiendo comida de forma altruista en
Barcelona y Lleida.
Y en octubre llegó a Madrid de la mano de una pareja
de amigos: Jaime y Ángeles. Valencia y Girona serán las dos próximas
ciudades en disfrutar de estos comedores sociales de voluntarios.
En Barcelona (la ciudad en la que Casa está más consolidada) cuentan
con el apoyo de restaurantes, panaderías y bares que donan la comida que
les ha sobrado ese día. De esta forma, la red de solidaria se ha
expandido a gran velocidad, llegando a repartir casi 300 cenas a la
semana en Plaza Catalunya y Estació del Nord.
“No sé qué qué historia se esconde detrás de cada persona que viene a
recoger la cena, no los voy a prejuzgar”, explica Jaime mientras
prepara la cena en su casa. “La misma receta que me hago para mí”,
asegura orgulloso uno de los dos impulsores de esta idea en Madrid.
Eligieron Tirso de Molina porque era una zona en la que sabían que había
“un grupo fijo de ocho o diez personas que vivía a la intemperie”. El
primer día que llegaron con la cena solo repartieron diez raciones. Este
martes llevaron más de 50.
Son voluntarios que se organizan para cocinar y repartir los martes y
los miércoles de cada semana. “No hemos fallado ningún día desde que
empezamos”, asegura el joven. Tienen las tareas dividas: uno se encargar
de hacer el “plato potente”, otro de los sandwiches, otro de comprar la
fruta… Y así hasta 25 personas con “un grado de implicación y
concienciación altísimo”.
El grupo va creciendo porque la acción se va
expandiendo de boca a oreja. “Me ha pasado que me han llamado mis amigos
para quedar a tomar algo y les he dicho que no puedo porque tengo que
ir a Tirso”, explica Jaime.
Pocos minutos antes de las 20.30 horas, una cola de unas 50 personas
esperaba en la plaza Tirso de Molina ante un banco de piedra. Goteaba a
intervalos, lo que hacía más intensa la sensación de humedad y de frío
de los escasos 8 grados de temperatura. De fondo, una pareja de policías
nacionales mirando con atención sin intervenir.
Claudio es un ecuatoriano que acude a esta cita desde hace tres
semanas. Como él reconoce, va combinando diferentes comedores sociales.
“Que en España se pasa hambre no es ninguna leyenda urbana. Yo hay días
que como de lo que encuentro en los cubos de basura de las calles de
bares de La Latina”.
Pero reconoce que no siente vergüenza al
confesarlo. “Yo sé que no he hecho nada delictivo para llegar a esta
situación, simplemente he tenido la mala suerte de estar en este país en
este momento”. “No me voy a castigar más”, añade.
En la cola, aunque no todos, la mayoría son inmigrantes. Y es que,
una vez más, son uno de los sectores que más caro está pagando la
paralización de la actividad económica, pues a través de la exigencia de
unos requisitos mínimos -recogidos en la página web de la Comunidad de
Madrid- quedan excluidos de los comedores municipales.
Para llegar a sentarse a cenar, la persona en cuestión debe cursar una
solicitud acompañada de numerosa documentación, como el DNI o NIE, el
certificado de empadronamiento legal, un informe social realizado por el
centro municipal de servicios sociales, un justificante de ingresos y
otro informe sanitario. Papeles inexistentes o muy difíciles de
conseguir para una persona en situación irregular o que vive en la
calle.
“¿Qué servicio social les da el Ayuntamiento a este tipo de gente?”,
contesta Jaime irónicamente a la pregunta de si esta iniciativa suple
una carencia de la administración pública. De hecho, una de las mujeres
que espera en la cola cuenta que le resulta imposible acudir a los
comedores municipales: “El hambre es algo que tienes hoy y los largos
procesos burocráticos van en contra de la necesidad de comer”.
Esta
mujer critica que hay poca capacidad y muchas dificultades para acceder
al servicio. También está la opción de acudir a los comedores vinculados
a la Iglesia, como Cáritas, pero “están saturados”, asegura esta mujer.
El dramatismo de la situación ha movilizado a parte de la población.
Esta iniciativa no es la única de estas características que se
desarrolla en las calles de Madrid. Como el propio Jaime explica, sólo
en el centro de Madrid hay otros dos grupos más de voluntarios que
reparten comida de forma regular en puntos como las plazas de Ópera,
Mayor o Jacinto Benavente.
El barrio de Vallecas también cuenta con
bares y restaurantes que se han rendido a la situación social reinante y
han establecido unos horarios en los que el local pasa de ser un
negocio a un comedor social.
“Es mi única comida del día”, confiesa Amalia en la cola del reparto.
Esta excamarera española lleva dos años en paro, ha perdido su casa y
se siente “una víctima directa de esta estafa”. “Hace 4 años cobraba
2.000 euros; ahora me pego codazos con los mendigos por una taza de
caldo, porque compartimos situación”, reconoce emocionada.
La cola la compone gente muy diversa, alejada del estereotipo de
mendigo que ha abusado del alcohol. Hay españoles, inmigrantes y
personas en riesgo de exclusión social que encuentran en esos dos bancos
de la plaza del barrio de Lavapiés una gratificación entre tanto drama
personal. Todos de mediana edad, entre 35 y 55 años.
Al recoger la bolsa con la comida y los cubiertos, hay quien prefiere
irse rápidamente. En cambio, otros muchos se sientan en los bancos de
la plaza, en la salida del metro o en la marquesina del autobús para
cenar. “¿Puedo repetir?”, pregunta un hombre a una voluntaria. “No, lo
siento: tenemos que compartir”, responde ella. “Lo entiendo, lo
entiendo”, contesta el señor con el vaso del caldo vacío en la mano
derecha.
Al grupo de voluntarios de Casa Solidaria del martes, tras 20 minutos de
reparto, le sobraron ocho raciones. Decidieron coger las bolsas y
partir hacia la plaza Jacinto Benavente en busca de otras personas.
“Nuestro sueño es llegar a consolidar Tirso de Molina y, en un
futuro, repartir todos los días”, apunta Jaime. “Necesitamos manos y
gente comprometida porque la necesidad existe”. (La Marea, 09/03/2013)

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