"La propaganda oficial ha sido tan
intensa que durante largo tiempo la UE ha aparecido en el imaginario
popular revestida de toda clase de bondades y virtudes. En los últimos
años, sin embargo, las sociedades han experimentado de forma evidente el
elevado coste que tienen que soportar por el mantenimiento de la moneda
única, y, lo que es aún peor, en muchos de los países se contempla el
futuro sin esperanza alguna.
Ello ha hecho que las cifras que arroja el
Eurobarómetro en cuanto a la adhesión hacia Europa de las poblaciones
hayan cambiado sustancialmente y no solo y por supuesto en los países
deudores, sino también en los acreedores.
España, por ejemplo, que en
2007 estaba entre el grupo de naciones que presentaban una mayor
aceptación (63% que confiaban en Europa frente a un 23% que no lo
hacían) ha pasado a la situación contraria. Ahora asciende al 72% los
que desconfían frente tan solo a un tímido 20% de los que confían.
No obstante, estas cifras chocan con la
respuesta que ofrecen los ciudadanos cuando se les pregunta acerca de si
quieren abandonar la Eurozona. Tres de cada cuatro españoles continúan
mostrándose a favor de permanecer en el euro.
La explicación hay que
buscarla en los tintes apocalípticos con los que, en los momentos
actuales, se presenta la ruptura de la Unión Monetaria, y al vértigo que
se experimenta siempre ante lo desconocido. Si hace años el discurso
oficial caminaba por los derroteros de “no podemos perder el tren”,
ahora se centra en la afirmación contundente de que no hay vuelta atrás.
Los ciudadanos europeos hoy, después de cinco años de crisis, al igual
que los romanos tras las guerras púnicas, están cansados, hastiados y
rendidos, no quieren enfrentarse a una nueva aventura como la que
significaría el retorno a la moneda propia. Tienen miedo. En estos
momentos el sentimiento más extendido por las sociedades europeas es el
de miedo. (...)
Nadie puede negar los numerosos
problemas a los que tendría que enfrentarse la economía internacional, y
más concretamente la europea, ante la desaparición de la moneda única.
Las equivocaciones tienen su coste, que incluso hay que pagar cuando se
corrigen, la cuestión radica en saber: primero, si ese coste es mayor o
menor que el que resultaría de la permanencia en el error, y segundo, si
esta permanencia es posible y, antes o después, no habrá que desandar
el camino andado, con lo que entonces el precio será infinitamente
superior.
Aun aquellos que con más fuerza
proclaman la imposibilidad de que desaparezca la moneda única,
inconscientemente muestran la debilidad e inestabilidad del proyecto.
Cuando pretenden describir los muchos y grandes problemas de la ruptura,
todos los hacen derivar del hecho, que nadie por otra parte duda, de
que unas monedas se depreciarían o apreciarían respecto a otras.
Es
decir, que los tipos de cambio, sin el corsé de la moneda única, se
realinearían en un nuevo equilibrio. Lo que implica, y lo están
reconociendo ya, que la situación actual es artificial y forzada y no
obedece a las condiciones de las respectivas economías.
Dicho de otra
manera, que los tipos de cambio nominales que actualmente mantenemos no
coinciden con los tipos de cambio efectivos. ¿Es posible permanecer
durante mucho tiempo con tipos de cambio irreales?
Esta situación cierra a los países
deudores toda posibilidad de recuperación económica, lo que conlleva la
incapacidad, por más ajustes que se realicen, de corregir el déficit
público, y al incremento progresivo del stock de deuda pública, agravado
por los altos tipos de interés que cobra el mercado, similares a los
que exigiría en el supuesto de que pensase que va a producirse la
devaluación.
La deuda griega ha sufrido ya una quita y en Chipre la
quita ha recaído sobre los depósitos. ¿Alguien puede creer que Grecia y
Portugal no van a necesitar con el tiempo un nuevo rescate? ¿Acaso
Chipre va a poder hacer frente a una deuda pública que representa el
150% de su PIB? ¿A qué niveles va a ascender, por muchos recortes del
gasto que se acometan, el endeudamiento de los países del sur? ¿No se
van a imponer sucesivamente nuevas quitas en estos países?
La
permanencia en la Unión Monetaria de ninguna manera aleja los problemas
con que los países se encontrarían al adoptar una moneda propia, pero sí
les priva de las armas y de los instrumentos con que contarían fuera de
la Eurozona.
Antes o después la salida será ineludible. Las legiones
pueden no ir a Macedonia, pero no se podrá evitar entonces que la
batalla se dé en Italia. Salir o no salir no es el dilema, la cuestión
radica en el cómo y en el cuándo." (Artículo publicado en República.com, Juan Francisco Martín Seco)
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