"Fue en este contexto en el que se me ocurrió la idea de una renta
incondicional, que entonces propuse bautizar como “subsidio universal”
para sugerir una analogía con el sufragio universal.
Una renta de este
tipo viene a desacoplar parcialmente la renta generada por el
crecimiento y la contribución a dicho crecimiento. Debe permitir que
ciertas personas que se ponen enfermas trabajando demasiado puedan
trabajar menos, lo que libera puestos de trabajo que pueden ocupar otras
personas a quienes el hecho de no encontrar trabajo pone enfermas.
Una
renta incondicional es en cierto sentido una técnica ágil de
redistribución del tiempo de trabajo que permite atacar el problema del
paro sin tener que entregarse a una carrera enloquecida hacia el
crecimiento. (...)
Por otro lado, me parecía importante formular una programa de futuro
que no se limitara a un puñado de medidillas, sino que pudiera
entusiasmarnos, hacernos soñar, movilizarnos.
¿O es que acaso esta renta
incondicional no era interpretable como un camino capitalista hacia el
comunismo, entendido éste como una sociedad que pueda escribir en sus
banderas “de cada cual (voluntariamente) según sus capacidades, a cada
cual (incondicionalmente) según sus necesidades”?
Una sociedad de mercado dotada de una renta básica puede, en efecto,
entenderse como una sociedad en la que una parte del producto se
distribuye según las necesidades de cada cual a través de un mecanismo
que varía en función de la edad de los perceptores y que contempla
complementos para ciertas personas que tienen necesidades particulares,
por ejemplo de movilidad.
Cuanto más elevada sea esta renta universal,
más voluntaria será la contribución de cada cual, una contribución que
se verá motivada más por el interés intrínseco de la actividad que por
la obligación de ganarse la vida.
Cuanto más elevada sea la parte del
producto distribuida bajo la forma de una renta incondicional, más nos
acercamos a esta sociedad “comunista”, entendida como una sociedad donde
el conjunto de la producción se distribuye en función de las
necesidades, no de las contribuciones. […]
Mouvements: Esta cuestión fue objeto de una controversia académica
con John Rawls: el asunto del surfista de Malibú. ¿Es legítimo pagar una
renta incondicional a una persona que no “trabaja”?
Philippe Van Parijs: Exacto. Precisamente sobre esta cuestión, mi
primer encuentro con John Rawls fue al mismo tiempo una de las
decepciones más grandes y uno de los mayores estímulos intelectuales de
mi existencia. (...)
“Tomemos como ejemplo los surfistas de Malibú. Si pasan sus días
haciendo surf, ¡no sería demasiado justo pedir a la sociedad que
satisfaga sus necesidades!” Y efectivamente, añadió a la versión escrita
de la conferencia que pronunció en aquella ocasión una pequeña nota
sobre los surfistas de Malibú, y una sugerencia de modificación de su
“principio de diferencia” cuya principal implicación es la de privarlos
del derecho a ser alimentados. (...)
Empecé mi conferencia en Harvard con un paralelismo entre el eslogan del
senador de Hawai y la posición de Rawls sobre los surferos de Malibú.
Luego traté de justificar una renta incondicional sin apoyarme en el
“principio de diferencia” de Rawls, pero manteniéndome fiel a las dos
intuiciones de base de una aproximación liberal igualitaria à la Rawls:
igual preocupación por los intereses de cada cual (esta es la dimensión
igualitaria) e igual respeto hacia las distintas concepciones de la vida
buena (esta es la dimensión liberal), sin sesgos “perfeccionistas”, es
decir, anti-liberales, en favor de una vida de trabajo. (...)
Desde entonces, en el mundo académico anglosajón paso por ser el
defensor de los surfistas. Pero, tal como lo dejo claro al final de este
artículo, no se trata de privilegiar a los surfistas de Malibú –hace
falta mucho más que una modesta renta básica para vivir en Malibú–, sino
de crear un instrumento de emancipación, de conferir un poder de
negociación tan grande como sea posible a los miembros más débiles, más
vulnerables de nuestras sociedades.
Mouvements: ¿Logró convencer a Rawls?
Philippe Van Parijs: No. En el debate que siguió a la conferencia, su
respuesta fue la siguiente: “no estoy en contra de la renta básica si
no existe la manera de proporcionar trabajo a todo el mundo”. Y hasta el
final de su vida, sus preferencias iban espontáneamente hacia fórmulas
para el fomento del empleo como la propuesta por Edmund Phelps, profesor
de la Universidad de Columbia y galardonado con el premio Nobel de
economía, en Rewarding Work (5): una subvención substancial que complete
el salario de los trabajadores a tiempo completo escasamente
remunerados.
Pero entre los liberales hay liberales de derechas y liberales de
izquierdas. Los de izquierdas estiman que es a priori injusto que los
miembros de una misma sociedad dispongan de medios desiguales para
llevar a la práctica su concepción de la vida buena. Por defecto, lo
justo es la igualdad de recursos. Y si nos apartamos de este principio,
hace falta una justificación, que puede apelar a dos consideraciones.
En
primer lugar, la responsabilidad personal. Incluso partiendo de bases
estrictamente iguales, algunos disponen posteriormente de más recursos
porque han hecho elecciones distintas: han trabajado más, han ahorrado
más, han pasado más tiempo formándose, han corrido más riesgos. La
justicia consiste en repartir las posibilidades de forma equitativa, no
los resultados. Lo que cada cual haga con sus posibilidades es su
responsabilidad individual.
He aquí, pues, una primera consideración que
permite apartarse de la igualdad sin caer en la injusticia. La segunda
consideración es la eficiencia. Hay situaciones en las que un cierto
nivel de desigualdad contribuye tanto a la eficiencia, que incluso las
“víctimas” de tal desigualdad salen ganando: los que tienen menos que
los demás tendrían todavía menos si la situación fuera menos desigual.
El “principio de diferencia” de John Rawls, por ejemplo, toma en
consideración esta cuestión, pues declara justo aquel dispositivo
institucional que maximiza de forma duradera el mínimo, no aquel que
logra la igualdad a cualquier precio.
Mouvements: Lo que propone, como Rawls, es un principio maximin, la
maximización del mínimo, la maximización de la suerte o de las
posibilidades de los más desfavorecidos. Pero, ¿queda espacio en la
teoría liberal igualitaria por una minimización del máximo? Desde su
punto de vista, ¿puede ser justo instaurar una renta máxima?
Ph. V. P: En nombre del maximin, deberemos reducir considerablemente
las desigualdades actuales. En particular, las rentas más altas deberán
ser reducidas. En la versión fuerte del maximin, sólo se justifican las
desigualdades que contribuyen a mejorar la suerte de los más
necesitados.
En la versión menos exigente, la llamada “leximin”,
cualquier desigualdad que no deteriore la situación de los más
desfavorecidos es aceptable. Instaurar a priori una renta máxima o a
fortiori minimizar el máximo equivale a tratar de reducir las
desigualdades disminuyendo las rentas más altas incluso cuando esta
disminución tenga como consecuencia el deterioro de la situación de los
más desfavorecidos. Yo no veo buenas razones para hacer tal cosa.
Obviamente, si el hecho de que haya rentas extremadamente elevadas trae
como consecuencia que personas muy adineradas puedan ejercer presión
sobre los dirigentes políticos para debilitar las instituciones
redistributivas que permiten a los más desfavorecidos tener algo más,
entonces conviene reducir esas rentas más elevadas.
Pero para ello no
necesitamos nada más que un principio de maximin sostenible. Según esta
perspectiva, puede ser oportuno imponer una renta máxima, pero no porque
ello vaya a ser algo bueno en si: sólo en la medida en que la reducción
de las rentas altas contribuya a mejorar la suerte de los más
desfavorecidos. […]
Mouvements: El mantenido con la renta básica ha sido su compromiso más duradero.
Ph. V. P: La renta básica es, a mi modo de ver, un elemento
fundamental para pensar nuestro porvenir: sea en Bélgica, en Europa o en
el mundo, conviene ver en ella una respuesta plausible, radical y
realista al mismo tiempo, al doble desafío de la pobreza y el paro. No
hay respuesta duradera a este doble desafío que no pase por una forma de
renta básica. (...)
Mouvements: (...) ¿Cómo explica que hasta la fechaningún país, ni desarrollado ni en
vías de desarrollo, haya introducido la renta básica o haya iniciado un
debate serio sobre la propuesta? (...)
Incluso cuando no estamos muy lejos de la puesta en práctica de la
renta básica –Holanda dispone ya de una pensión de base, de subsidios
para las familias, de una renta mínima condicional y de créditos
impositivos reembolsables–, se hace necesario un cambio profundo de la
manera en que concebimos el funcionamiento de la sociedad y la
distribución de la renta.
No podemos por tanto esperar que las cosas
ocurran como quien va a llevar una carta al correo. Todavía más cuando
resulta que hay obstáculos con los que nos tropezamos de forma
sistemática.
El primero se puede explicar bajo la forma de un dilema: cuando las
cosas van bien económicamente, se nos dice que “no hay necesidad de una
renta básica”; y cuando van mal, se nos dice que “no hay dinero para
financiarla”.
El segundo obstáculo estructural es que la renta básica es una idea
que divide a gente que se halla normalmente en el mismo lado de la
barricada, sea éste el derecho o el izquierdo. (...)
Mouvements: En un artículo que causó sensación (6), presentó usted la
renta básica como una vía capitalista al comunismo. Parece paradójico.
Ph. V. P.: Tal como lo he explicado hace un rato, este es uno de los
sentidos que de entrada di a la renta básica: una manera de mantenerse
fiel a los ideales que Marx compartía con los socialistas utópicos que
él despreciaba cuando osaba sacar todas las enseñanzas directamente de
la historia.
Quisiera recordar que el comunismo se entiende aquí como
una sociedad en la que cada cual contribuye voluntariamente según sus
capacidades suficientemente como para que cada cual pueda recibir
gratuitamente todo aquello que necesita.
Para Marx, hacer posible este
comunismo exigía la instauración previa del socialismo, definido éste
como una sociedad en la que la mayor parte de los medios de producción
son propiedad del Estado, y defendía esta posición habida cuenta de la
superioridad del socialismo frente al capitalismo en términos del
desarrollo de las fuerzas productivas.
Dudo que muchos crean todavía en
tal superioridad. En una economía irremediablemente mundializada, las
empresas públicas no funcionan de un modo muy distinto de cómo lo hacen
las empresas privadas. Además, es muy difícil negar todo el sentido a
los argumentos clásicos à la Hayek o à la Schumpeter sobre la
superioridad intrínseca del capitalismo en términos de eficacia estática
y dinámica.
La idea central, en cualquier caso, es que el mercado es una institución que ya no nos abandonará.(...)" (Philippe Van Parijs, Sin Permiso, Attac Madrid, 18/08/2013)
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