"(...) Cuando se utiliza la expresión austeridad para referirse a las
políticas de recortes no es por casualidad. Con ella se genera un
sentimiento de culpa que genera sumisión porque interpreta la pérdida de
derechos que conllevan como la consecuencia inevitable de nuestro gasto
previo excesivo.
Además, la inmensa mayoría de las personas
consideramos la austeridad como un valor positivo, así que cuando se
utiliza esa palabra asociada a una determinada política económica se
está consiguiendo que se de por buena con independencia de lo que lleve
consigo, de su contenido real.
La evidencia empírica muestra que si la deuda que se quiere combatir
con recortes sociales se ha disparado no ha sido por culpa de haber
tenido muchos gastos corrientes (concretamente en educación, sanidad,
cuidados o pensiones públicas que son las partidas que se recortan) sino
porque se pagan intereses leoninos y totalmente injustificados a los
bancos privados, y las encuestas nos indican que casi un 80% de la
población no desea que se realicen esos recortes.
Pero cuando se asocian
a la palabra austeridad se aceptan fácilmente porque se considera que
esta es lo natural y deseable frente al despilfarro o derroche que
cualquier persona decente condena. La palabra, casi por sí sola,
transforma la realidad y condiciona nuestra conducta. (...)" (
Juan Torres López
, El País, 10 NOV 2013 )
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