"Las expectativas de una creciente articulación de las resistencias
populares, tras la explosión participativa en 2011 ligada al movimiento
15-M, parecen frustradas.
A pesar de las numerosas manifestaciones
colectivas (en defensa de la sanidad o la educación públicas, las
pensiones o el derecho a la interrupción del embarazo y, en general, la
defensa de determinadas conquistas históricas), no hay demasiados
indicios que nos permitan prever una confluencia de “mareas” (verdes,
blancas, violetas u otras).
La desarticulación entre estas protestas
sigue siendo una evidencia abrumadora. El trabajo a nivel barrial y
vecinal del despotenciado movimiento 15-M, aunque valioso, tampoco
debería exagerarse: contribuye a construir una cultura cotidiana
diferente y, sin embargo, al menos en el corto plazo, no parece que vaya
a desembocar en una reconfiguración política radical que pueda
actualizar el fantasma de una revuelta (policial y jurídicamente
conjurada) ni, mucho menos, de un proceso de transformación social
radical.
Dicho de forma sintética: a pesar de una escalada
neoconservadora sin precedentes en España, impulsada por un aparato
gubernamental corrupto y desacreditado, el grado de coordinación de las
clases populares y medias en sus acciones de protesta es bajo y son,
predominantemente, de carácter defensivo.
Atenazadas por una política de
amedrentamiento, dichas clases son tratadas como enfermos terminales a
los que sólo resta aplicarles una terapia de electroshock para
garantizar que no seguirán moviéndose después de muertos.(...)
Los sindicatos mayoritarios -amordazados por lo que el estado les adeuda
y acorralados por una paulatina deslegitimación de la que son
co-responsables- brillan por su ausencia. (...)
El malestar social es nítido. Las escenas que producen esos estados de
ánimo colectivos son diversas, incluyendo el aumento de suicidios, de la
violencia familiar y de género o las drogodependencias. (...)
Por su parte, los discursos dominantes que circulan en los massmedia han
tomado partido representando las movilizaciones populares como un
ritual trivial, más o menos inocuo, parte de la “normalidad
democrática”. (...)
La conclusión provisoria que cabe apuntar es que en esta repetición de protestas sectoriales algo está fracasando de manera estrepitosa.
Las políticas neoconservadoras que están arrasando la vida de millones
de ciudadanos siguen su curso indiferente. La escalada contra los
derechos sociales, económicos, culturales y políticos obtenidos en las
últimas décadas no está siendo revertida en absoluto.
La fragmentación
social persiste y la calle –por no decir la “plaza”- no está provocando
los cambios que se suponía iba a precipitar. El mismo sentido de las
protestas públicas está en discusión y no faltan voces discordantes que
advierten sobre una cierta naturalización de esas manifestaciones como
parte de la vida cotidiana, reduciendo la lucha política a una escena
más dentro del espectáculo global en el que sobrevivimos. Por su parte,
el discurso oficial ni por asomo se plantea que esas demandas populares
deben ser atendidas y gestionadas de forma democrática. (...)
¿Cuáles son los límites de las clases populares y medias ante el
desastre que se precipita sobre sus narices? Para decirlo de una forma
más concisa: ¿hasta cuándo soportaremos este ultraje sistémico y
sistemático sin convertir la indignación en una rebelión continua en
diferentes dimensiones de nuestras vidas?" (Arturo Borra
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