"Pasan los meses y las posibilidades de superar esta crisis por una vía
que no sea una solución de ruptura se alejan cada vez más del horizonte.(...)
Creo que hay dos argumentos básicos que refuerzan esta tesis.
El primero es que la solución que se está imponiendo a esta crisis
desde las élites dominantes a nivel europeo es, en sí misma, una
solución de ruptura por su parte y a su favor. (...)
La concesión que el capital hizo en ese momento, cediendo salario
social en sus diferentes expresiones a cambio de que no se cuestionara
la propiedad privada de los medios de producción, es una concesión que
entiende que no tiene por qué ser renovada frente a una oposición a la
que cree incapaz de defenderla.
Pero, además, esas élites
también son conscientes de que en la privatización de todas las
estructuras de bienestar desmercantilizadas se encuentra un nicho de
negocio capaz de ayudar a recomponer la caída en la tasa de ganancia. (...)
La Eurozona se ha convertido, tal y como se denunció antes de su
nacimiento, en la expresión más perfecta de la Europa del capital. Y, en
ese espacio de rentabilización de los capitales, la clase política ha
sido cooptada por las élites económicas y puesta al servicio de su
proyecto. (...)
tanto las políticas de ajuste permanente que se articularon durante el
proceso de convergencia como las políticas que se han mantenido desde su
entrada en vigor; la ausencia de una estructura fiscal de
redistribución de la renta y la riqueza o de cualquier mecanismo de
solidaridad que realmente responda a ese principio; las asimetrías
estructurales existentes entre las distintas economías al inicio del
proyecto y que se han ido agravando durante estos años son,
sintéticamente, puntales del proceso de consolidación de la Europa del
capital.
Como acabamos de señalar, la crisis europea no es una crisis
financiera sino que se trata de una crisis provocada por las diferencias
de competitividad entre el núcleo y la periferia acumuladas desde que
el euro entró en vigor. (...)
Por un lado, un núcleo que ha aumentado
sus niveles de productividad, que ha mantenido unas tasas bajas de
inflación y que optó por un proceso de ajuste basado, esencialmente, en
la precarización del mercado de trabajo y la contención salarial.
Y, por otro lado, una periferia que ha mantenido unos diferenciales
positivos con respecto al núcleo tanto en tasa de inflación como en
tasas de incremento salarial (entre otras cosas, porque los salarios
partían de unos niveles inferiores) y unos niveles inferiores de
desarrollo tecnológico e incorporación de valor añadido a la producción.
Por otra parte, hay que señalar que Alemania ha sido una de
las economías más beneficiadas de la existencia de la moneda única. Ésta
ha permitido que las economías periféricas, menos competitivas que
aquélla, no pudieran devaluar sus monedas para reequilibrar sus cuentas
exteriores. La resultante ha sido una acumulación de superávit por
cuenta corriente en los países centrales y de déficit por cuenta
corriente en los países de la periferia desconocidas hasta el momento. (...)
En el centro del problema se encuentra la posición hegemónica
alcanzada por Alemania y las peculiaridades de su estructura productiva,
principal fundamento de su potencia económica. Se trata de una
estructura productiva que, ante la debilidad crónica de su demanda
interna y, por lo tanto, ante la existencia recurrente de exceso de
ahorro, se ha volcado en el mercado externo canalizando su excedente de
ahorro interno y su superávit comercial hacia los países periféricos en
forma de flujos financieros.
Para que la solución a la crisis
europea no se diera en falso sería necesario, por tanto, una
reconfiguración de las relaciones económicas al interior de la Eurozona.(...)
La respuesta a esta pregunta pone de manifiesto la débil consciencia
acerca de las condiciones que cualquier economía europea periférica -y,
por lo tanto también de España- ha enfrentado, enfrenta y seguirá
enfrentando en el terreno de juego que delimita la pertenencia al euro.
Así, ante la carencia del mecanismo que permitiría corregir
automáticamente los desequilibrios sin tener que recurrir al
empobrecimiento de los trabajadores españoles, esto es, una devaluación
competitiva de la moneda y ante la imposibilidad de desarrollar
políticas industriales que reactiven el tejido productivo devastado por
la hipertrofia inmobiliaria, podría afirmarse que España se encuentra
atrapada en un callejón sin salida. (...)
Y la situación no puede ser más dramática si somos conscientes de algo
que todos deberíamos tener muy claro: en el marco del euro no hay margen
alguno para políticas realmente transformadoras; a lo sumo lo hay para
políticas paliativas de tanto dolor y sufrimiento social que está
generando esta crisis, pero no para alterar el sistema como tal.
Por lo
tanto, plantear que lo que hay que hacer es reformar el sistema como un
todo y que, además, hay que hacerlo en el marco supranacional donde,
precisamente, el capital financiero e industrial es más poderoso es la
mejor forma de invocar el inmovilismo a la espera de una alineación de
los astros que puede tardar demasiado tiempo en producirse. (...)
Por lo tanto, al defender la salida del euro no estoy diciendo que
con la recuperación de la soberanía económica se recuperen los resortes
del poder, pero sí que la ruptura con el euro abre el horizonte de lo
políticamente posible, incluido el cambio en la correlación de fuerzas a
nivel estatal.
Un cambio que bien podría alterar radicalmente la
naturaleza del Estado y el ejercicio del poder que éste despliega o bien
podría, al menos, permitir un mayor control sobre los resortes del
poder estatal por parte de la ciudadanía.
O dicho en otros
términos: la ruptura con el euro no es condición suficiente pero sí
necesaria para cualquier proyecto de transformación social emancipatorio
al que pueda aspirar la izquierda. (...)" (Alberto Montero Soler, en Rebelión, 20/02/2014)
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