"La escena se repite cada mañana. Entre los cientos de personas que se
hacinan en los vagones de metro, camino al trabajo, se cuela cada
pocas paradas alguien que vende bolígrafos, canta o pide dinero, un
fenómeno que se ha intensificado en los últimos meses.
Además, el perfi l
ha cambiado: cada vez más, antiguos trabajadores que disfrutaban de un
buen nivel de vida antes de la crisis se han visto empujados al paro y,
con ello, se les ha hecho imposible pagar lo más básico.
Lejos ya el primer impacto del pinchazo de la burbuja
inmobiliaria, España sufre una segunda oleada de pobreza, más virulenta
aún. Pese a que los primeros reveses fueron amortiguados por las
prestaciones por desempleo y el apoyo familiar, los recortes y el fin de
las ayudas, junto al desgaste de los hogares, han agudizado la
exclusión, alertan las organizaciones que trabajan día a día con
afectados.
La pobreza severa –ingresos inferiores a 307 euros al mes–
alcanza ya a más de tres millones de personas, según Cáritas.
En medio del naufragio, los afectados por el empobrecimiento tratan de salir adelante como pueden. Uno de ellos es Ben, un gallego de 24 años que trabajaba en la agricultura hasta que, ante la escasez de un empleo que además era precario, temporal y le exigía jornadas interminables, decidió probar suerte en Madrid. En el centro de la capital sobrevive hoy vendiendo mecheros sobre una caja de cartón que hace las veces de mostrador.
“Con esto y buscando ropa y chatarra por la noche voy tirando”, explica, mientras señala una bolsa llena de prendas. Cada día saca unos diez euros. Su postura refl eja timidez y se mueve entre la dignidad del que busca salir adelante y la vergüenza de quien se siente humillado.
Asegura que no confía en los políticos. “Los que están ahora en el Gobierno seguro que no van a hacer nada y en los de la oposición tampoco veo intención de cambiar las cosas”, lamenta.
Ben duerme en la calle, aunque no mucho. “Intento controlar mis cosas. El primer día que pasé la noche aquí me robaron la mochila”, recuerda.
El volumen de población empobrecida es cada vez mayor: Cruz Roja cubrió en 2012 las necesidades de 1.400.000 personas y, según los datos recabados en 2013, el número no deja de aumentar. Cáritas, por su parte, atendió el pasado año a casi dos millones.
“Con esto y buscando ropa y chatarra por la noche voy tirando”, explica, mientras señala una bolsa llena de prendas. Cada día saca unos diez euros. Su postura refl eja timidez y se mueve entre la dignidad del que busca salir adelante y la vergüenza de quien se siente humillado.
Asegura que no confía en los políticos. “Los que están ahora en el Gobierno seguro que no van a hacer nada y en los de la oposición tampoco veo intención de cambiar las cosas”, lamenta.
Ben duerme en la calle, aunque no mucho. “Intento controlar mis cosas. El primer día que pasé la noche aquí me robaron la mochila”, recuerda.
El volumen de población empobrecida es cada vez mayor: Cruz Roja cubrió en 2012 las necesidades de 1.400.000 personas y, según los datos recabados en 2013, el número no deja de aumentar. Cáritas, por su parte, atendió el pasado año a casi dos millones.
La culpa y la vergüenza suelen ser los primeros sentimientos de
alguien que se queda sin trabajo. “Han impuesto un relato que nos dice
que si se está en una mala situación es porque se ha hecho algo mal,
por eso muchos se esconden”, explica Daniel Kaplún, profesor de
Sociología en la Universidad Carlos III y miembro de la Plataforma de
Afectados por la Hipoteca (PAH). “Algunos llegan a prescindir de
cosas importantes para mantener otras accesorias, con tal de no perder
estatus”, explica.
Muchos, como el joven gallego, tratan de ganarse la vida por su
cuenta. Los más visibles son los que se dedican a tocar instrumentos,
realizar espectáculos de mimo, o a fotografiarse disfrazados con
turistas. Este último es el caso de Iván, un inmigrante búlgaro que
trabajaba de camarero hasta hace un año.
Entonces decidió comprar un
traje de torero y ganarse la vida ante los flashes en la Plaza
Mayor. “Vi que otros lo hacían y les funcionaba, así que me
lancé”, afirma. Iván vive con su mujer y su hijo de siete años en un
estudio muy pequeño. Los días con más suerte consigue hasta 25 euros.
La crisis también se ha llevado por delante a miles de familias que
tenían un nivel de vida que parecía sólido. Rufino y Sonia, una pareja
con varios niños a su cargo, se quedó en paro hace dos años. Él era
profesor y director de una autoescuela y ella, peluquera y monitora en
un gimnasio, pero ahora ambos se dedican a “chapucillas” esporádicas.
Los 700 euros de paro que cobra Rufi no se desvanecen igual que llegan.
“Hemos pasado de tener de todo a nada. Me siento deprimida”, lamenta
Sonia. Mientras, empiezan a acumularse las deudas. “Me han llamado ya
del juzgado. Me da vergüenza deber dinero”, asegura. A pesar de todo, no
quiere esconderse: “Tenemos que hablar claro, hay millones de personas
en esta situación”.
La identidad sufre un golpe frontal
al perder el trabajo. “Cuando alguien pregunta a otro a qué se dedica,
éste responde con el verbo ser. Claro, cuando pierdes tu empleo pierdes
también esa parte fundamental de ti mismo”, asegura el sociólogo Daniel
Kaplún. No obstante, lo más duro llega con las deudas.
“Ser un
parado está mal, pero ser un moroso es un delito y ahí aparece la mayor
culpa”, detalla. Tras el primer golpe, llega la hora de buscar
soluciones, que casi siempre son individuales, como un trabajo que nunca
llega o la opción del autoempleo que, para la mayoría, es inasumible.
“El verdadero camino de salida empieza por abrirse al entorno. Cuando
te apoyas en el colectivo y asumes que la responsabilidad no es tuya,
logras crear sinergias y además te transformas en sujeto
político”, considera el profesor. La familia es otro de los círculos que
se ve afectado por el paro.
En el caso de Sonia, su hermana está en la
misma situación. “Sientes impotencia, porque quien te ayuda está también
buscándose la vida”, asegura. En la mayoría de los casos, para
sobrevivir, se vuelve al modelo de la “familia extensa”, que incluye a
abuelos, padres e hijos. “Esto genera trastornos, ya que
muchas viviendas son demasiado pequeñas”, explica Kaplún.
En el caso de los hombres, se produce una
desestructuración identitaria mayor. Según detalla Ayelén
Losada, especialista en metodología ProCC (Procesos
Correctores Comunitarios) en el centro Marie Langer, el rol masculino se
asienta sobre el de proveedor de la familia.
“Se están disparando las
consultas de hombres en atención primaria, con síntomas de
angustia, depresión, trastorno de sueño, incluso con ideaciones
suicidas”, asegura. Ante esto, la respuesta suele ser farmacológica, una
“solución individual que no acaba con el verdadero problema”. El
camino, de nuevo, según señalan los expertos, debe ser colectivo." (Eduardo Muriel, La Marea, 04/05/2014)
No hay comentarios:
Publicar un comentario