12.10.14

Los trajeron para morir y con absoluto desprecio, por ignorancia e incompetencia, de las consecuencias de tal aventura. Estamos en manos de unos frívolos irresponsables.

"Bastaría la desapacible historia de Teresa, su marido y el perro para convertir la llegada del ébola a España en un brutal retrato de época. Lo que estamos viviendo y contemplando son una serie de secuencias que confluyen en una pregunta: ¿en qué manos estamos? (...)

Primero se trae a los pacientes misioneros de África, Miguel Pajares, 75 años, y García Viejo, 69, por una decisión catalogada de “sociopolítica”, o lo que es lo mismo, para sacarle rendimiento político en un momento en el que la sanidad pública se está haciendo pedazos y la sociedad lo sufre. Una buena oportunidad para dar un golpe de efecto: demostrar el altísimo nivel de la sanidad pública española, o lo que es lo mismo, aquí no pasa nada y los que protestan lo hacen por razones espurias.

Primera cuestión: ¿quién tomó la decisión de traer al primer misionero desde Liberia? Todavía no tenían ni los sueros y medicinas que habían pedido a Suiza.  (...)

¿En qué manos estamos? ¿Y si fuera una decisión estrictamente política? Montamos un circo, nos traemos a los curillas con gran revuelo mediático, y demostramos no sólo nuestro interés por su abnegación sino también nuestra capacidad. En el fondo, digámoslo sin paliativos, los trajeron para morir y con absoluto desprecio, por ignorancia e incompetencia, de las consecuencias de tal aventura.

Donde había una responsabilidad solidaria, ahora afrontamos un riesgo de epidemia con implicaciones humanas y económicas de primer orden. No es cuestión de dimitir o no, asunto accesorio, sino de autocrítica política y desaparición de la vida pública, para evitar hacernos por enésima vez la misma pregunta del millón: ¿en qué manos estamos? ¿Quién asumió el riesgo y dio luz verde a la aventura más peligrosa que ha tenido el PP en su reciente etapa gubernamental?  (...)

Estamos en una situación de emergencia en manos de unos frívolos irresponsables. Quizá sea esta la característica de nuestra época: la frivolidad unida a una inexperiencia que es la madre de los irresponsables, que luego lo resuelven todo alegando que nunca se imaginaron tales consecuencias.  (...)

Pero ahora viene la parte más sórdida, la de cómo hacer que toda la impostura de unos “protocolos”, ¡palabra mágica que lo ampara todo!, improvisados para abordar un virus poco conocido, porque hasta ahora afectaba a los negros y en África, recayera sobre alguien fuera de la casta político-profesional. Hacer recaer la responsabilidad en el eslabón más débil de la cadena hospitalaria. Una auxiliar de enfermería; la que hubo de recoger los restos de la temeridad política.

Teresa Romero, a la que las instituciones del PP madrileño e incluso los médicos dentro de toda sospecha, acusan de cosas tan singulares como falta de rigor y ser el agente que ha provocado lo que ninguno de sus superiores habría previsto. Un contagio. Un médico, saltándose el decaído juramento hipocrático, sugirió que quizá “hubiera habido” el tacto de un dedo sobre la cara de la “auxiliar de enfermería”. Atención siempre a la categoría de clase: auxiliar de enfermería. 

El escalón más bajo del trato al paciente, el menos protegido, el que se puede comer todos los marrones de los caballeros titulados. ¡Un dedo en la cara!, precedido de un imperfecto de subjuntivo, “quizá hubiera habido” (...) 

Garantizo que ese galeno llegará lejos en las instituciones sanitarias; tiene madera de cínico y esa bonhomía del supuesto científico, que parece que no le da importancia pero que la ha señalado no como víctima sino como autoinculpada.  (...)

La perversidad de una manipulación de Estado es indescriptible y la gente que no está en esos secretos se queda perpleja. La auxiliar de enfermería, que llevaba días anunciando que dada su peculiaridad de haber tratado a los dos enfermos terminales del ébola, los misioneros, tenía fiebres y que no alcanzaba los límites del protocolo, 38,6. 

¡Qué importan los límites! Lo que interesa es cumplir el protocolo, esa barrera que impone el poder para preservarse de sus responsabilidades. Que fue a hacer oposiciones para dejar de ser auxiliar de enfermería y pasar a fija, que siguió su vida cotidiana, que incluso se depiló…

¿Esa basura de gente no puede ser denunciada por la ciudadanía y los medios de comunicación? ¿Alguien dio instrucciones a la auxiliar? ¿Le dijeron lo que había que hacer? Nada de nada. El poder es sordo y ciego cuando se trata de su supervivencia. Que la auxiliar sea crucificada, que el marido pase a la cuarentena del apestado, y que al perro lo maten, porque al fin y a la postre no vota ni tiene familia ni hay que explicarle que va a morir, parecen accidentes.  (...)"            (Ébola, una radiografía política, de Gregorio Morán en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 11/10/2014)

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