"(...) Las potencias occidentales llegaron al convencimiento de que de nada
sirve exigir una deuda que no se puede pagar y de que sus consecuencias
pueden ser muy nocivas para la economía del conjunto.
En consonancia con
ello, por un acuerdo alcanzado en Londres el 27 de febrero de 1953, se
redujeron las deudas de Alemania que provenían del periodo anterior a la
guerra, y que alcanzaban 22.600 millones de marcos (incluidos los
intereses), a 7.500 millones, y las indemnizaciones de la posguerra
cifradas en 16.200 millones de marcos a 7.000 millones. En resumen, una
reducción del 62%.
Se disponía también en el acuerdo la disminución de
los tipos de interés y se establecía la posibilidad de suspender el pago
y renegociar sus condiciones si se presentaba una modificación
sustancial que limitara la disponibilidad de recursos.
Además de estas quitas, se implantaban una serie de medidas que
facilitaban que Alemania pudiese hacer frente a sus obligaciones:
1)
reembolsaría la parte esencial de su deuda en marcos;
2) mientras
presentase déficit en su balanza de pagos, las potencias acreedoras
aceptaban que el país germánico limitase sus importaciones y se
comprometían a reducir sus exportaciones a Alemania, de manera que se
sustituyesen los bienes importados por bienes de producción nacional;
3)
el servicio de la deuda de Alemania (amortización más intereses) no
podría sobrepasar el 5% de los ingresos que obtuviese por exportaciones.
En fin, todo el Acuerdo de Londres de 1953 estaba orientado a que
Alemania pagase pero sin empobrecerse, y efectivamente hizo posible su
recuperación y la situación económica de la que disfruta ahora,
incluyendo la reunificación.
Es cierto que el escenario actual de Grecia no se puede comparar con
el que Alemania presentaba tras ser derrotada en la segunda contienda
mundial, pero no es menos cierto que todos los analistas coinciden en
afirmar que, sin guerra, el grado de deterioro al que se ha sometido a
la economía del país heleno le cierra toda salida de futuro.
En seis
años el PIB ha retrocedido un 26%, y el paro ha pasado del 8 al 26% de
la población activa. Los salarios se han reducido sustancialmente; en el
caso de los funcionarios, el 30%, que se eleva al 40% en los
profesores.
El 44% de los griegos se encuentra por debajo del umbral de
pobreza. En 2009 la renta per cápita era el 74,4% de la media de la
Europa de los 15; en 2013 este porcentaje ha descendido al 51,6%.
Curiosamente, la evolución en Alemania ha sido la contraria, pasando del
100 al 111%.
Estos enormes sacrificios impuestos a la sociedad griega no han servido para sanear (la) su economía, todo lo contrario. (...)
No es que Grecia no quiera pagar la deuda externa, es que no va a
poder pagarla, tanto si sigue dentro del euro como si lo abandona. No es
un capricho de Syriza, sino una imposibilidad tanto política como
económica. Cuanto antes se plantee el dilema, mejor.
Alemania, olvidando su historia y con una falta absoluta de realismo,
no ha tenido reparo en amenazar a los griegos con la posible salida del
euro. Merkel y su Gobierno, incapaces de decirla abiertamente, han
filtrado a la prensa su opinión acerca de que la Unión Monetaria no
necesita de Grecia y de que su salida de la moneda única no conllevaría
coste alguno para las otras naciones.
Es cierto que en esta ocasión los
bancos alemanes tienen mucho menos que perder, ya que se han librado
casi por completo de la deuda griega transfiriéndola a los fondos e
instituciones europeos. Es decir, la pérdida del impago griego recaería
sobre todos los contribuyentes europeos; pero por eso mismo no se puede
afirmar que la salida de Grecia no vaya a tener repercusiones negativas
para la Unión Monetaria. (...)
El problema de la deuda se extiende a otros muchos países como
Irlanda, Portugal y España. Con el corsé del euro y sin apenas
crecimiento el nivel de endeudamiento adquirido aparece como una pesada
carga que llena el futuro de incertidumbre, incertidumbre que se
extiende incluso a países como Italia y Francia.
Es evidente que la
situación se agravaría aún más con el default griego, ya que en los
momentos presentes el 80% de esa deuda está en las instituciones de la
Eurozona. Serían, por tanto, el resto de los países los que deberían
asumir la pérdida.
Con el presunto retorno al dracma no sería seguramente Grecia el país
que peor lo pasase. La devaluación de su moneda le permitiría
equilibrar su balanza de pagos que, junto con el impago al menos parcial
de la deuda exterior y el control de capitales, le ayudaría a soportar
los primeros envites de los mercados y a superar la etapa inicial hasta
que los inversores volviesen a tomar confianza, conscientes de que el
peligro de insolvencia hubiera pasado. Pero los países que permaneciesen
en la Unión Monetaria ni siquiera contarían con esos medios.
Por más que Alemania lo niegue, el contagio tanto económica como
políticamente sería inevitable. Lo peor que podría suceder sería que los
problemas se fuesen planteando en cadena, uno tras otro, y que
progresivamente los distintos Estados tuvieran que ir declarándose en
default. (...)" (
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