"(...) Sabemos que la deuda es una losa que
lastra nuestra recuperación económica y obliga a los ciudadanos a
trabajar a cambio de salarios reales miserables, más miserables aún una
vez descontados los impuestos a los que hay que hacer frente pasa
satisfacer las demandas de la “troika”.
Frente a ello se manejan varias
alternativas.
La primera de ellas es la realización de una “auditoría
sobre la legitimidad de la deuda”.
Recordemos que una auditoría de esa
naturaleza es ante todo un “proceso político”, un proceso de “toma de
conciencia popular”, una especie de revisión histórica de lo que se ha
hecho mal, en el que la labor del economista es más de soporte técnico
que protagonista.
Además, se pretende que el efecto de la auditoría no
sea testimonial: se trata de identificar qué deudas es ilegítimo pagar
y… efectivamente… no pagarlas. Salvo que estemos hablando de “auditoría
de deuda” en un sentido banal, como mero ejercicio de erudición o como
aquelarre festivo, la auditoría es un proceso que necesariamente
desemboca en una fase de “conflicto con los acreedores”.
También es frecuente recurrir al
concepto “reestructuración de la deuda”.
La reestructuración es en
principio un proceso negociado, una alternativa al conflicto con los
acreedores, en la que la deuda se paga… pero en condiciones que
garanticen la viabilidad de la economía deudora (por ejemplo modificando
los plazos, carencias o tipos de interés).
Obviamente se puede negociar
una quita, y no sería la primera vez que los acreedores lo aceptan.
Pero lo único que se hace es convalidar las deudas heredadas del pasado:
darlas por buenas independientemente de su origen.(...)
Esta noción de restructuración,
dominante en el mundo financiero, choca diametralmente con el concepto
de “auditoría de legitimidad”. Cosa distinta sería reestructurar
“unilateralmente” la deuda, sin negociación con los acreedores: en ese
caso estaríamos en una situación análoga a la del impago.
Al no disponer de una moneda propia,
cualquier intento de hacer efectivos los resultados de una verdadera
“auditoría de deuda”, cualquier intento de actuación unilateral del
deudor (impago total o parcial, reestructuración…) podría traer como
consecuencia no ya una reacción de los mercados (eso por descontado),
sino simple y llanamente el corte de suministro de dinero por parte del
banco emisor.
Recordemos que la banca española debe actualmente 150.994
millones de euros al BCE: si en respuesta a la legítima auto –
reestructuración de la deuda el BCE opta por no refinanciar esos saldos,
nuestra economía se vería colapsada en cuestión de días. Simple y
llanamente por falta de circulante con el que operar.
La conclusión es
que necesitamos una moneda y si el BCE, en represalia política, no está
dispuesto a facilitárnosla no tendremos más opción que procurárnosla
nosotros mismos como históricamente han hecho todos los países
soberanos.
Conviene advertir que es muy diferente “salir programadamente” del euro que ser “expulsado abruptamente” del club.
Con una salida programada del euro, en
la que se diseñasen mecanismos de respuesta a eventuales turbulencias
transitorias (controles de capitales, etc.), recuperaríamos la autonomía
monetaria lo cual nos permitiría practicar políticas económicas
expansivas y selectivas: hoy el acceso al crédito es tremendamente fácil
si lo que se pretende es especular en alguno de los innumerables
mercados abiertos a nivel mundial, y casi imposible para instalar una
fábrica y crear empleo.(...)
Adicionalmente podríamos devaluar la nueva moneda frente a nuestros
competidores, que falta nos hace porque una de las consecuencias del
carácter rentista y especulador del empresariado español es la pérdida
sistemática de competitividad exterior por falta de inversión –
financiación de actividades I+D+i; y en el corto plazo ese desequilibrio
sólo puede corregirse (desgraciadamente) mediante una devaluación. (...)
Curiosamente un abandono programado del euro permitiría que todos los
acreedores cobrasen: pero en nuestra moneda, o en dólares… como ha
sucedido tradicionalmente. Y de hecho el impacto positivo sobre el PIB
haría disminuir la ratio deuda/PIB y relajaría las previsibles tensiones
financieras iniciales.
Recuperando el crecimiento económico
desaparecería el pernicioso “efecto snowball”, por cual del cual nuestra
deuda externa crece inercialmente. Es, desde luego, una opción menos
conflictiva que el impago total o parcial de la deuda declarada
unilateralmente “ilegítima”. (...)
En resumen, la cuestión de fondo es ésta: ¿qué grado de conflicto
estamos dispuestos a asumir para salir ya de la crisis? Desde luego una
salida programada del euro resulta menos conflictivo que el impago o la
reestructuración unilateral de la deuda." (Jose Francisco Bellod Redondo, Economía crítca y crítica de la Economía, 23/01/2015)
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