"Siendo la prostitución una práctica multisecular, frecuentemente se
argumenta que es inútil su abordaje por los poderes públicos porque
siempre ha sido así, y así será. Este fatalismo era criticado hace poco
por Iñaki Gabilondo, diciendo que “también la esclavitud fue considerada
durante siglos una práctica integrada en la lógica de la vida, y no
digamos en la lógica económica”. (...)
Hoy, el ejercicio libre de la prostitución no puede conllevar
reproche alguno, moral ni penal, de los poderes públicos. Y en el
extremo opuesto, el sometimiento coactivo, físicamente violento, a una
persona para que se prostituya en beneficio del agresor, merece el más
severo reproche moral y penal. Entre ambos espacios de plena libertad y
plena opresión hay un ámbito inacabable de supuestos.
Uno de los más característicos es el de la industria prostibularia,
basada en la aceptación de las personas prostituidas, aceptación
derivada generalmente de violencias precedentes, indefensión y carencias
económicas o sociales. A estos supuestos se refería el Código Penal al
castigar al que “se lucre explotando la prostitución de otra persona aún
con el consentimiento de la misma”.
Con base en esta previsión penal se
inició en Barcelona una compleja y prolongada investigación judicial
que descubrió una múltiple implicación de policías y responsables en los
macroburdeles Riviera y Saratoga, en Castelldefels.
Las mujeres explotadas en esos prostíbulos no eran impelidas a
acostarse con los clientes mediante fuerza física, pero sufrían una
situación de indefensión sociológica y un régimen de disciplina laboral
rigurosamente coactivos, con todo lo que pudiera tener de depresivo para
la dignidad personal.
Debían permanecer allí durante todo el tiempo de
apertura al público (desde las 17 horas hasta las cuatro de la
madrugada); las alojadas, que pagaban 80 euros por dormir y por la
alimentación durante ese horario, no podían disponer de su cuarto, pues
todos rotaban en la atención a los clientes; los servicios se prestaban
obligatoriamente según las indicaciones del club.
Según la Audiencia de Barcelona las mujeres no eran efectivamente
libres. Su explotación era delictiva. Dictó una severa sentencia, que
además constituía una ejemplar advertencia para otros sórdidos
negociantes prostibularios, y sobre todo para otros funcionarios
eventualmente proclives a la corrupción.
El Tribunal Supremo tenía varias posibilidades de interpretar la ley
aplicable. Pudo hacerlo como la Audiencia de Barcelona, pero, con una
deplorable frialdad tecnócrata, prefirió revocarla, dando al traste con
aquella ejemplar condena. Reconocía el Tribunal que en la inmensa
mayoría de los casos, las mujeres que hallan el modus vivendi
en el comercio sexual con el propio cuerpo, proceden de medios
marginales en extremo, con preferencia del llamado Tercer Mundo.
Reconocía que estarían, con toda probabilidad, movidas por una necesidad
de carácter socioeconómico, y que esto también las hacía especialmente
vulnerables. Reconocía igualmente la disciplina empresarial y los
pormenores de su rigor. Pero como no hubo acciones violentas,
intimidantes o de abuso de autoridad, todo lo demás era, para el
Tribunal Supremo, irrelevante. Las mujeres que prestaban allí sus
servicios, aunque movidas por condicionamientos socioeconómicos, habían
acudido al club “de forma jurídicamente voluntaria”.
Veamos qué quiere decir con esta retorcida frase. Quiere decir el
Supremo que no estaban en los burdeles voluntariamente, según criterios
sociales, económicos y psicológicos, pero que eso es irrelevante. Para
él, estaban de forma voluntaria “jurídicamente”, y por lo tanto no eran
explotadas, y por lo tanto sus explotadores no delinquieron, salvo algún
delito menor por sobornos o propinas a policías corruptos.
Con esta
escandalosa suplantación de la realidad verdadera por la realidad
jurídica, el Tribunal Supremo escandaliza a los vecinos de Castelldefels
y a la inmensa mayoría de funcionarios policiales honestos, incentiva
las peores prácticas empresariales, desbarata los esfuerzos contra una
de las formas más odiosas de violencia contra la mujer y desprotege a
las mujeres más desvalidas del Tercer Mundo pese a reconocer que son
especialmente vulnerables. Enhorabuena, señorías." (
José María Mena , El País,
17 NOV 2015)
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