"Hace unos días Tony Blair pidió perdón públicamente por haber
impulsado la invasión de Iraq sin medir las consecuencias de esa acción
que llevó a la desestabilización de Iraq, de Siria y de Oriente Medio.
Bien está que alguien reconozca su gigantesco error y asuma la
responsabilidad de tamaño dislate. Sus colegas del triángulo de las
Azores donde se gestó la guerra y la manipulación de la opinión pública,
Bush y Aznar, podrían tener la decencia de imitarle. No esperen un
gesto así de personajes de esa estirpe.
Ni siquiera el Partido Popular,
responsable político de enviar tropas a una guerra vergonzosa, ha hecho
nunca una autocrítica de semejante disparate.
El resultado de tanto sufrimiento humano lo estamos viviendo día a
día. El más reciente, aterrador, ejemplo es la destrucción del avión
ruso de Metrojet y la muerte de sus 224 pasajeros (...)
¿Cómo hemos llegado a esta situación? No voy a reescribir ahora los
artículos que sobre la guerra de Iraq y el yihadismo he ido publicando
en este diario durante años. Tan sólo recordar la filiación entre lo que
pasó y lo que pasa.
Recordar que la guerra fue deliberadamente
provocada por Estados Unidos y justificada por la patraña de las
inexistentes armas de destrucción masiva cuya principal “evidencia”
falsificada fue fabricada por el MI6, los servicios secretos de Su
Majestad.
Las razones poco importan ahora, le remito a lo ya analizado.
Lo que importa es que cuando Estados Unidos tuvo que retirarse por la
falta de apoyo ciudadano y por la oposición política que llevó a Barack
Obama al poder, Iraq quedó en manos de los chiíes (apoyados por Irán y
Estados Unidos a la vez) pero con un liderazgo corrupto que nunca pudo
controlar el país. Mientras que los suníes, base del ejército de Sadam
Husein, buscaron su revancha.
Esta llegó mediante la alianza entre los cuadros militares del
desmembrado ejército de Sadam Husein y las milicias yihadistas suníes
formadas en la rebelión contra El Asad en Siria. Dichas milicias, aunque
parcialmente resultaron de escisiones de Al Qaeda, se fortalecieron
mediante el apoyo financiero y armamentístico proporcionado por Arabia
Saudita, Jordania y Qatar, en su esfuerzo por derribar a un Asad apoyado
por la minoría alauí (chiíes) en Siria y últimamente por Irán.
Así se formó el Estado Islámico. Siria e Iraq se convirtieron en el
principal teatro de operaciones de la atroz guerra de religión que se
libra en Oriente Medio. El presidente Obama se negó a ser parte
directamente beligerante en esa guerra, confiando en que los saudíes
pudieran controlar a sus protegidos, mientras que, contradictoriamente,
entregaron el control militar de Iraq a las milicias chiíes entrenadas
por Irán. Torpeza tras torpeza, sin saber ya por qué estaban en Iraq y
buscando cómo salir del atolladero con el menor costo posible. Gajes del
oficio de gendarme mundial.
Intentaron utilizar a unas milicias democráticas sirias que son
inexistentes y tuvieron que renunciar a controlar las acciones de los
chiíes en Iraq. Acabaron confiando su suerte a los kurdos, únicos
motivados por la posibilidad de construir su propia nación y decididos a
defenderse contra los yihadistas porque en ello les va la vida.
Al
igual que ocurrió en Afganistán, en donde al apoyo de la CIA a los
muyahidines para combatir a la Unión Soviética permitió el triunfo de
Bin Laden y la formación de Al Qaeda, los yihadistas se unieron a las
tribus suníes en un proyecto de Califato, centrado en Iraq y Siria, y
tal vez apoyado por las potencias suníes.
Solamente faltaba que esa llamada a la pureza mesiánica del nuevo
yihadismo resonara en el mundo entero, incluido el mundo occidental e
incluso entre jóvenes no musulmanes, cristalizando en brigadas
internacionales que combaten el imperialismo, la cristiandad y el
chiísmo, considerados variantes de un mal único.
De ese caos alucinante
surgen los centenares de miles de dramas humanos que, convertidos en
sombras y alentados por sueños, pululan por el Mediterráneo y buscan
refugio en esa Europa que contribuyó a encender las hogueras que
quemaron sus hogares. Y ahí encuentran alambradas fortificadas y
xenofobia rabiosa en el más claro ejemplo de ruptura de la solidaridad
entre humanos.
Y por eso, no hay perdón. No hay ni puede haber perdón para quienes
como Blair, Bush, Aznar y tantos otros iniciaron una guerra interminable
por motivos inconfesables. O tal vez, lo que es peor, en función de sus
propios fantasmas. Vivan con ellos y su culpa. Sin perdón." (Sin perdón, de Manuel Castells en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 07/11/15)
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