"(...) La administración de Rita
Si uno se acerca a hablar con los funcionarios del Ayuntamiento sobre
la gestión de Rita Barberá, siempre recibe parecidas respuestas –“era una alcaldía hermética. Un fortín”–.(...)
Rita Barberá disponía de un ascensor privado para acceder a su despacho, “para no cruzarse con nadie”,
comenta con enfado una de las funcionarias. Por este mismo motivo
parece ser que dio orden de que el personal de limpieza no trabajara en
su presencia, y por desconfianza hizo que un agente de policía la
siguiese durante la realización de sus tareas. ¿De qué tenía miedo Barberá? (...)
Esta relación distante y jerárquica ha dado como resultado una administración zombi,
en la que los funcionarios se sentían apartados, abatidos y
desilusionados. “En 25 años jamás me he sentido tratado como una
persona”, comentaba uno de los entrevistados. Todo esto es el resultado
de una gestión centrada en los intereses personales de los gestores más
que en el trabajo por el bien común, todo un clásico del modelo de
gestión neoliberal. (...)
Más allá de la caída de Barberá como figura política que aglutinaba
en su liderazgo los principales parámetros políticos que han vertebrado
la hegemonía política valenciana en los últimas décadas –un populismo
regionalista que alentaba el enemigo catalán, una proyección
internacional de Valencia a través de una “espectacularización de la ciudad”–
y un engrasamiento de las redes clientelares fundamentalmente a través
de la liberalización del suelo y la especulación urbanística, lo más
importante es la progresiva instalación en el sentido común de la
sociedad valenciana, y también del conjunto del Estado, del fenómeno de
la corrupción como un hecho estructural directamente vinculado al modelo
de desarrollo económico impuesto en las últimas décadas.
Corrupción por sistema
La implementación del “modelo de ciudad neoliberal”
en las agendas municipales conservadoras no ha sido, desde luego, la
condición única para la emergencia de estas extensas tramas mafiosas que
funcionan en una suerte de paraestado al servicio de las élites
económicas y políticas. Pero sí ha sido su condición necesaria.
Para la escuela del “pragmatismo liberal” de los 60 y los 70, la
corrupción era, en el peor de los escenarios, un “mal necesario”,
mientras en otros contextos las prácticas corruptas podían suponer un
estímulo al crecimiento económico y el dinamismo empresarial.
De esta forma, la corrupción era concebida como una práctica
relacional institución-iniciativa privada con dos posibles aspectos
funcionales para el sistema:
1) en el ámbito de la economía, la
corrupción podía favorecer la generación de espacios de dinamismo empresarial que
contribuyese al crecimiento económico frente a una institucionalidad
altamente burocratizada;
2) en el campo político, la corrupción podía
contribuir a disminuir escenarios revolucionarios o
violentos, ayudando a superar divisiones dentro de las élites
gobernantes y engrasando la conformación de una clase política dominante
que otorgara estabilidad al sistema.
Rita Barberá parece situarse en la primera de las definiciones, la corrupción como incentivo para el desarrollo. “Lo que no quiero son las cutrerías
que pretenden otros”, espetaba de forma chulesca a los periodistas en
la rueda de prensa tras la filtración de las facturas del caso Ritaleaks. (Leer más: Ritaleaks, rompiendo la opacidad)
En ellas se mostraba a la Rita amante de los hoteles de lujo, las
copiosas comidas o los coches con chófer incluido. En declaraciones del
propio Joan Ribó, actual alcalde, “la anterior alcaldesa lo tuvo
clarísimo, viviendo a todo trapo a costa del erario público, sin ninguna
duda, observando los métodos de su propio partido para financiarse”. (...)
Lo cierto es que, a día de hoy, las ciudades de Madrid y Valencia se han
erigido como epicentros de la corrupción en el Estado español, al mismo
tiempo que han sido los modelos más acabados en cuanto a la aplicación
del modelo de ciudad neoliberal. (...)
Hoy, aquellos que hablaban con orgullo de haber situado a Valencia en
el mapa internacional, remiten inmediatamente a un imaginario de
despilfarro y corrupción, y Rajoy ya no podrá llenar más la plaza de
toros de Valencia con esa mítica frase “Valencia siempre fue Valencia,
pero desde que Rita fue alcaldesa dio un salto adelante que ninguna
ciudad europea dio, como ninguna creció Valencia y a ver quién me dice
lo contrario...”.
Lo contrario ya se ha instalado en el sentido común de la sociedad valenciana y ahora toca priorizar el derecho a la ciudad
frente a las lógicas mercantilizadoras como principal garantía, por
encima de análisis jurídicos o economicistas, para transitar hacia otro
modelo de ciudad." (Edgar Bellver Blanco, Pedro Lloret Sáez
, Diagonal, 16/02/16)
No hay comentarios:
Publicar un comentario