"(...) La intuición de este movimiento comenzó como un rúnrún que
circulaba en los cenáculos de la izquierda. A lo largo del año, muchos
entrevistados expresaron tímidamente la impresión de que la sociedad
francesa podía estallar cualquier día.
El malestar y la profecía de Mélenchon
La de Francia es una angustia nacional de 30 años. Una angustia
transversal que se apreciaba en movimientos sociales no identificados,
como el de los bonnets rouges de Bretaña -una especie de jacquerie moderna- e incluso en iniciativas conservadoras en la línea del Tea Party de Estados Unidos como la Manif pour Tous, e incluso en el voto descarriado al ultraderechista Frente Nacional.
El desafío de la gauche
era recoger, articular, esa angustia nacional difusa e insertarla en la
serie histórica francesa; 1789, 1830, 1848, 1871, 1944 (programa del
Consejo Nacional de la Resistencia), 1968, etc.
Jean-Luc Mélenchon (4 millones de votos en 2012, un millón en 2014)
ya decía hace un año que, “lo de 2017 no será una elección, será una
insurrección”. Este político, un excelente orador que viene del Partido
Socialista, está ensayando un proyecto político nuevo: convocar al
pueblo a un proceso constituyente que reformule el interés general. (...)
Solo Francia puede contraponer un proyecto nacional alternativo al
programa europeo del gobierno alemán basado en; Austeridad, Autoridad,
Desigualdad. Lo que en Alemania (país de revoluciones fallidas) sería
completamente imposible, la tradición social francesa lo hace pensable…
Ruffin y su documental
La de los observadores era una impresión tímida, lastrada por ese
miedo del intelectual parisino a hacer el ridículo tomando sus deseos
por realidad, pero ahí estaba. Y en febrero llegó Merci Patron.
El documental social sobre el destino de dos parados de una empresa
de Bernard Arnault, el hombre más rico de Francia, realizado por
François Ruffin, un periodista de provincias (de Amiens), tocó fibra
sensible. Su mensaje era un “sí se puede” en clave de humor.
Más de 250.000 personas han visto desde febrero ese documental gamberro
al estilo Michel Moore, y todas salían del cine diciendo lo mismo: “hay
que hacer algo”.
El insensato proyecto de ley laboral del gobierno,
sirvió de catalizador. Fue la gota que colmó el vaso. La Nuit Debout
viene de ahí. Desde finales de febrero Ruffin, un hombre próximo a
Mélenchon, y su revista “Fakir” (7000 ejemplares de tirada) barajaban la
idea de la ocupación de espacios públicos.
“Con las chicas de la CGT (el mayor sindicato), los chicos de Solidaires
(otro sindicato), algunos precarios, parados, bachilleres y
estudiantes, hemos creado un colectivo para hacer circular la idea de
que el 31 de marzo, después de la mani no nos vayamos a casa sino que
ocupemos alguna plaza, proyectaremos Merci Patron e intentaremos crear un punto de fijación para las esperanzas y las luchas”, decía Ruffin. La Nuit Debout, el 15-M francés, nació así, de ese impulso, y enseguida adquirió vida propia. (...)
Hasta ahora el naciente movimiento ha sido un asunto de blancos con
estudios, sin rastro del sujeto peor parado de la sociedad francesa en
términos de renta, empleo y marginación: el vecino de las banlieues, los barrios periféricos de población mayoritariamente de origen emigrante.
Ese 36 de marzo,
sobre las 11 de la noche un joven toma el micrófono en la Plaza de la
República y dice, “hay que ir a los barrios, propongo que se instalen
asambleas como ésta en la banlieue”. Gran asentimiento. “En
Saint Denis -localidad periférica- el Estado invierte en educación la
mitad que en París”, explica una enseñante.
François Ruffin, que acaba de ver cómo su documental ha sido vetado
en la facultad de ciencias políticas por el rector, toma la palabra e
insiste en la necesidad de “abrir el movimiento a todas las clases
sociales y a las personas despolitizadas”. “Salir de sí mismos y
proyectarse”, dice.
Interviene un diputado de Podemos, Miguel Urbán:
“Necesitamos un movimiento fuerte en Francia para cambiar Europa, antes
asociábamos a Francia con el racismo y el Frente nacional, ahora lo
hacemos con la dignidad”. Llama a “levantarse contra la austeridad,
contra la indignidad con los refugiados y contra la xenofobia”. Aunque
pésimamente traducido, su mensaje se entiende.
Francia no es España, ni Grecia, ni Portugal. Es el 20% de la economía
de la zona euro. A diferencia de Grecia, un país pequeño, y de España,
un país grande pero periférico en el concierto europeo, Francia es una
potencia central.
Un cambio en sentido popular de la política francesa,
unido a lo que ya está ocurriendo en Grecia y España, y lo que pueda
pasar en Italia, Irlanda y Portugal, rompería la espina dorsal de la
política que se practica desde Bruselas y Berlín. Eso lo entienden
todos. (...)
Mientras tanto, el Partido Socialista anunciaba que celebrará
primarias para elegir candidato a la presidencia en diciembre. Se
intenta así retomar un protagonismo que se ha perdido. ¿Cómo se ha
perdido?¿De dónde viene ese desprestigio al alza?
En quince años, Francia ha perdido el 10% de sus profesores. Sarkozy
suprimió 80.000 puestos. Hollande ganó las elecciones prometiendo crear
60.000, pero se mantuvo la política de no compensar las bajas dejadas
por los jubilados.
El resultado fue la continuación del vaciado. Hoy hay
grandes problemas para encontrar sustitutos cuando un profesor se pone
enfermo o pide baja por maternidad. Los enseñantes ven hace años cómo su
trabajo se degrada.
Esa percepción es general en el conjunto de la función pública;
justicia, sanidad, atención a los parados, correos… La sensación de
trabajar en una fábrica que se degrada. Y toda esa gente; profesores,
maestros, funcionarios, formaba, precisamente, el grueso de la base
electoral del Partido Socialista. (...)
No es nada específico de Francia. En toda Europa la socialdemocracia,
comparsa o artífice desde hace 30 años de la involución neoliberal,
recoge las consecuencias de la creciente desigualdad y deterioro que
sembró.
El empobrecimiento de la clase media ha hecho que sus partidos
caigan uno tras otro como fichas de dominó en Grecia, España, Alemania,
Francia…, bien haciéndose irrelevantes, bien cosechando sus peores
resultados históricos, en el caso de Alemania con un siglo de
perspectiva. Pero el vacío no existe, el agujero que dejan unos lo
rellenan otros." (Rafael Poch, La Vanguardia, 10/04/16)
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