"(...) Los historiadores de las mentalidades se preguntarán algún día por
los miedos de nuestra década (2010-2020).
Descubrirán que, a excepción
del terrorismo yihadista que continúa golpeando a las sociedades
occidentales, los nuevos miedos son más bien de carácter económico y
social (desempleo, precariedades, despidos masivos, desahucios, nuevas
pobrezas, inmigración, desastres bursátiles, deflación), así como de
naturaleza sanitaria (virus del Ébola, fiebres hemorrágicas, gripe
aviar, chikungunya, zika) o ecológica (desajustes climáticos,
transformaciones profundas del medio ambiente, mega-incendios
incontrolados, contaminaciones, poluciones del aire).
Éstos conciernen
de la misma manera tanto al ámbito colectivo como al ámbito privado.
En este contexto general, las sociedades europeas se encuentran
especialmente conmocionadas, sometidas a seísmos y a traumatismos de
gran violencia. La crisis financiera, el desempleo masivo, el final de
la soberanía nacional, la desaparición de las fronteras, el
multiculturalismo y el desmantelamiento del Estado de Bienestar
provocan, en el espíritu de muchos europeos, una pérdida de referencias y
de identidad.
Una encuesta reciente, llevada a cabo en los siete principales países
de la Unión Europea por el Observatorio Europeo de Riesgos, constata
que el 32% de los europeos tienen mucho más miedo hoy de atravesar
dificultades financieras que hace cinco años; el 29% tienen más miedo de
caer en la precariedad; y el 31%, de perder su empleo.
En España, la
pobreza ha aumentado de “manera alarmante” en los últimos años, con 13,4
millones de personas –esto es, el 28,6% de la población– en riesgo de
exclusión y de recaída en la miseria… Porque estos temores hacen nacer
un sentimiento de desclasamiento: el 50% de los europeos tienen la
sensación de encontrarse en regresión social con respecto a sus padres.
Así pues, los nuevos miedos están muy presentes hoy en Europa. La
crisis actual bien pudiera marcar el punto final del poderío europeo en
el mundo. Tras la llegada masiva de cientos de miles de migrantes
provenientes de Oriente Próximo (Siria, Irak) durante estos últimos
meses, el miedo a la “invasión extranjera” ha aumentado.
Se extiende la
sensación de estar amenazado por fuerzas externas que los Gobiernos
europeos ya no controlarían, como el auge del islam, la explosión
demográfica del Sur y las transformaciones socioculturales que
difuminarían su identidad.
Y todo esto se produce en un contexto de
crisis moral grave en el que se multiplican los casos de corrupción y en
el que la mayoría de los que gobiernan, muy impopulares, ven cómo se
desmorona su legitimidad. En toda Europa, estos miedos y esta
“podredumbre” son explotados por la extrema derecha con fines
electorales.
Como lo demostró la victoria, el pasado 25 de abril, de la
extrema derecha en la primera vuelta de las elecciones legislativas en
Austria. En donde, además, se produjo el derrumbe histórico de los dos
grandes partidos tradicionales (el SPÖ, socialdemócrata, y el ÖVP,
democristiano) que habían gobernado el país desde 1945.
Ante la brutalidad y el carácter repentino de tantos cambios, las
incertidumbres se acumulan para muchos ciudadanos. Les parece que el
mundo se vuelve opaco y que la historia escapa a cualquier tipo de
control.
Numerosos europeos se sienten abandonados por sus gobernantes,
tanto de derechas como de izquierdas, los cuales, además, son descritos
sin cesar por los grandes medios de comunicación como especuladores,
tramposos, mentirosos, cínicos, ladrones y corruptos. Perdidos en el
centro de semejante torbellino, muchos ciudadanos comienzan entonces a
entrar en pánico y les invade el sentimiento, tal y como decía
Tocqueville, de que, “puesto que el pasado ha dejado de aclarar el
futuro, la mente camina entre las tinieblas”…
En este caldo de cultivo social –compuesto por miedos, por amenazas
sobre el empleo, por desarraigo identitario y por resentimiento– vuelven
a aparecer los viejos demagogos. Aquellos que, sobre la base de
argumentos nacionalistas, rechazan al extranjero, al musulmán, al judío,
al romaní o al negro, y denuncian los nuevos desórdenes y las nuevas
inseguridades.
Los inmigrantes constituyen los chivos expiatorios
ideales, y los objetivos más fáciles porque simbolizan las profundas
transformaciones sociales y representan, a ojos de los europeos más
modestos, una competencia indeseable en el mercado laboral.
La extrema derecha siempre ha sido xenófoba. Pretende paliar las
crisis designando a un único culpable: el extranjero. Esta actitud se ve
fomentada en la actualidad por las contorsiones de partidos
democráticos reducidos a preguntarse por la importancia de la dosis de
xenofobia que pueden incluir en su propio discurso. (...)
La mayoría de los populistas de derechas en Europa, actualmente,
proceden a una amplificación de los peligros y a una dramatización de
los peligros. Sus discursos sólo proponen ilusiones. Pero en un periodo
de dudas, de crisis, de angustia y de nuevos miedos como el actual, sus
palabras consiguen captar mejor a un electorado desconcertado y presa de
pánico." (Ignacio Ramonet – Le Monde Diplomatique, en Other news en español, 02/07/16)
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