"(...) el Brexit ha dado la señal de alarma removiendo el plácido mundo
construido por las elites políticas y económicas internacionales, y les
ha hecho ver que el equilibrio que creían inamovible no es tal y que el
edificio levantado con tanto esfuerzo se puede derrumbar en cualquier
momento.
Esa preocupación ha estado presente en la última reunión del
G-20 y revolotea sobre las instituciones europeas. Todos reconocen que
el descontento anida en amplias capas de la población, enfado que se
materializa, con características distintas según los países, en
movimientos u organizaciones que llaman populistas y que pueden poner en
peligro el sistema.
Son conscientes de que en buena medida el origen de
la insatisfacción se encuentra en la desigualdad que se ha
intensificado desde hace bastantes años en todo el mundo. Pero no llegan
más allá.
La esencia del Estado social es la subordinación del poder económico al
poder político democrático, mientras que la globalización se fundamenta
en una enorme desproporción entre ambos.
En los momentos actuales la
mayoría de los mercados, y por supuesto el financiero, han adquirido la
condición de mundiales, o al menos multinacionales, mientras que el
poder político democrático ha quedado recluido dentro del ámbito del
Estado-nación, con lo que ha devenido impotente para controlar al
primero, que campa a sus anchas e impone sus leyes y condiciones.
(...) la globalización es más bien el resultado de una ideología, la
neoliberal, que se ha impuesto a lo largo de estos treinta años y que ha
arrastrado a los gobiernos a abdicar de sus competencias.
Han
renunciado a practicar toda política de control de cambios, permitiendo
que el capital se mueva libremente y sin ninguna cortapisa; han
desistido en apariencia de cualquier política proteccionista y como
consecuencia de ello han relajado los mecanismos de control en todos los
mercados.
Aunque en honor de la verdad no es cierto que hayan
renunciado a realizar políticas proteccionistas, solo las han trasladado
al ámbito laboral, social y fiscal, compitiendo los Estados de manera
abusiva en la rebaja de los costes laborales y sociales y en la
concesión de beneficios fiscales, con lo que hacen a las sociedades cada
vez más injustas.
Conviene aclarar, no obstante, que una política de control de cambios de ninguna manera significa eliminar los flujos internacionales de capitales, sino simplemente poner en ellos un cierto orden. (...)
Una gran parte de la población, especialmente de las clases bajas y
medias, ha ido tomando conciencia de las mentiras que subyacían en el
discurso oficial. La llamada globalización no ha supuesto que los países
crezcan más.
Por el contrario, las tasas de incremento del PIB han sido
cada vez menores, los porcentajes de desempleo han aumentado, las
sociedades se hacen más injustas y se acentúan las desigualdades, los
trabajadores pierden progresivamente todos sus derechos y garantías y se
afirma que no es sostenible la economía del bienestar o que hay que
renunciar o reducir las prestaciones sociales de que disfrutaban los
ciudadanos en el pasado.
Al tiempo que se defiende que la carga fiscal
debe recaer únicamente sobre las rentas del trabajo, porque de lo
contrario el capital y la inversión emigrarán a zonas más confortables.
Por último, se ha creado un desequilibrio difícil de mantener entre
países deudores y acreedores que condena a las economías a fuertes
crisis periódicas.
¿Tiene entonces algo de extraño que los ciudadanos se
pregunten para qué sirve la globalización y a quién beneficia? ¿No es
hora ya de retornar a las políticas anteriores a los ochenta?
Será quizás en el proyecto de Unión Europea y más concretamente en la
Eurozona donde ha fraguado de forma más perfecta el proyecto de la
globalización, y donde de manera más clara aparece el intento de
insurrección del capital de los lazos democráticos. No tiene por qué
sorprendernos que sea también en su ámbito donde surjan las mayores
reacciones y las críticas más violentas.
Las elites económicas y políticas están muy preocupadas con la
aparición en casi todos los países, bien por la derecha bien por la
izquierda, de organizaciones a las que denominan populistas y que
articulan este descontento. (...)
En realidad, con mejor o peor acierto, con ideas más o menos verdaderas,
con unos u otros valores, han venido a ocupar el espacio que la
socialdemocracia había dejado vacio. Son los mismos grupos sociales que
se han sentido abandonados y engañados, y a los que no se podrá
recuperar sino retornando a ese equilibrio anterior que se daba entre el
poder político y el económico." (Juan Francisco Martín Seco, República.com, 22/09/16)
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