"Lo malo de Hillary”, dijo un espectador con el que estaba viendo el
segundo debate con el repugnante Donald Trump, “es que es la encarnación
del consenso liberal”. Exacto. (...)
Los que acuden a la llamada de los populistas tienen quejas
económicas, sociales y culturales derivadas de la globalización liberal
del mercado. Los motivos varían de un país a otro, pero hay muchos
elementos comunes. En lo económico, esas personas han salido perdiendo, o
al menos no han ganado tanto como otros.
Sus ingresos están estancados o
han disminuido y sus puestos de trabajo se han ido a India o China
(donde, hay que subrayar, cientos de millones de personas sí se han
beneficiado de la globalización), a inmigrantes dispuestos a trabajar
por menos dinero, a jóvenes más capaces de adaptarse a una economía
cambiante y a las máquinas de una época de automatismo digital sin
precedentes.
En lo social, ven en su ciudad, en las zonas ricas del país y en
televisión a personas a las que les ha ido increíblemente bien mientras
ellos pasaban dificultades. Casi todos los banqueros que hundieron la
economía capitalista financiera de Occidente —con lo que Sebastian
Mallaby, biógrafo de Alan Greenspan, llama “este enloquecido sistema que
estalló”— conservan intactas sus fortunas. Los ricos disfrutan, los
pobres sufren.
A propósito de un libro sobre los grandes banqueros,
Francis Fukuyama dice: “Uno de los principales interrogantes... es si
vivimos en una especie de oligarquía de las que atribuimos a Rusia o
Kazajistán”. Lo dice Fukuyama, no Slavoj Zizek. (...)
En lo cultural, los perdedores dicen: “Ya no reconozco mi país”, por las
repercusiones de la inmigración, la difusión del liberalismo
progresista y la velocidad de los cambios. Existe una gran tentación de
culpar de todo al Otro. En Francia señalan a los musulmanes, muy numerosos. Por eso las musulmanas deben prescindir de sus burkinis, mientras el desvergonzado Nicolas Sarkozy intenta ganar a Marine Le Pen en xenofobia.
(...) en Reino Unido los polacos son el blanco de la ira de la clase
trabajadora blanca. Y hace unos meses, mientras hacía campaña para la
permanencia en la UE, conocí a varios británicos de origen asiático que
lamentaban la oleada de inmigrantes del este de Europa.
Es decir, los
“malditos extranjeros” son europeos blancos y cristianos, y los que se
quejan de ellos, a veces, son musulmanes. Trump dirige su política
identitaria contra los mexicanos y los musulmanes. Siempre hay un Otro. (...)
Los populistas fomentan estas protestas hasta la paranoia. Pero debemos reconocer que las quejas tienen causas reales, derivadas, al menos en parte, del capitalismo liberal globalizado desarrollado durante el último cuarto de siglo, desde el histórico triunfo del liberalismo en 1989. Es el mundo que hemos construido los internacionalistas liberales, aunque no todos nos hayamos dedicado a robar. (...)
Las “cuatro libertades” fundacionales de la UE no son las de Franklin
D. Roosevelt (vivir libres de la pobreza y el miedo, y con libertad de
religión y de expresión), sino la libre circulación de capitales,
bienes, servicios y personas. Los acuerdos de libre comercio criticados
por Trump forman parte del mismo tejido internacional.
Como se ha dicho
muchas veces, la globalización recuerda a un famoso fragmento del Manifiesto comunista
de Marx: “La necesidad de un mercado cada vez mayor para sus productos
empuja a la burguesía a recorrer todo el planeta. Debe afincarse en
todas partes, construir en todas partes, establecer vínculos en todas
partes”.
El historiador alemán Jürgen Kocka nos recuerda la tendencia intrínseca
de este sistema económico a sumirse en crisis, que suelen empezar con
crisis financieras, “como en 1873, 1929-1930 y 2007-2008”, y luego
repercuten en el bienestar de amplios sectores y provocan malestar
social y político.
El efecto se agudiza por lo que Kocka llama “la
actual fase de financiarización del capitalismo”. Como él dice, los
mercados siempre han dependido de un marco que solo la política puede
ofrecer: un Gobierno, unas leyes y un orden internacional. (...)
Con un truco digno de Houdini, parece que Apple pagó gran parte de
los impuestos de sus beneficios en Europa en un lugar llamado Erehwon.
En 2014 Facebook pagó solo 4.327 libras de impuestos en Reino Unido. No
hay un Estado capaz de controlar a estos pulpos.
Y ahora llega la suprema ironía. No solo es que los conservadores
como Theresa May quieran que el Estado tenga un papel más importante
para salvar el capitalismo liberal de la ira que ha revelado el Brexit.
Es que, para resolver los efectos transfronterizos del capitalismo
liberal globalizado, va a hacer falta más cooperación internacional,
justo cuando los nacionalistas populistas están empujando en la
dirección opuesta. Para remediar las consecuencias imprevistas de la
globalización no necesitamos menos internacionalismo liberal, sino más." (Timothy Garton Ash , El País, 27/10/16)
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