"En noviembre de 1980, durante la campaña de las elecciones
presidenciales estadounidenses, Ronald Reagan prometió bajar los
impuestos, reducir el déficit fiscal e incrementar sustancialmente los
gastos militares para combatir el imperio del mal, todo a la vez. Como
se puede apreciar, la cuadratura del círculo, lo que ponía en un serio
aprieto a sus asesores.
La iluminación llegó de un encuentro en un restaurante chino. Jack
Kemp, director de la campaña, se reunió con un profesor de Economía en
la Universidad de Stanford en California, Arthur Laffer, entonces sin
demasiado renombre, y que de no haber sido por esta coincidencia hubiera
pasado a la historia sin pena ni gloria.
Laffer, según parece, le
dibujó sobre una servilleta la famosa curva que llevaría en adelante su
nombre. La curva relaciona niveles de recaudación fiscal (ordenadas) con
tipos impositivos (abscisas). En una primera parte es ascendente pero,
llegada a un determinado punto, se convierte en descendente.
La tesis de
Laffer se enunciaba así: aun cuando en un principio los ingresos
fiscales crecen según se incrementan los tipos del impuesto, una vez
alcanzado un determinado nivel, la recaudación comienza a disminuir.
Se había dado solución al dilema. Desde ese momento parecía posible
bajar los impuestos, gastar más y al mismo tiempo reducir el déficit.
Kemp le mostró el hallazgo a Reagan, que le creyó y, nada más ganar las
elecciones, se puso manos a la obra tratando de hacer posible el
milagro.
No hubo que esperar mucho tiempo para comprobar los errores que
encerraban las teorías de Laffer y cómo podían conducir a la debacle más
absoluta de la economía. El primero en tomar conciencia de ello fue
David A. Stockman, director de la Oficina del Presupuesto.
Las
reducciones fiscales sin recorte en las partidas presupuestarias
acarreaban inevitablemente un crecimiento explosivo del déficit.
Stockman discrepó abiertamente de la política de Reagan y presentó la
dimisión, explicándola en un libro de sumo interés, “El triunfo de la
Política”, que constituye el mejor alegato contra la curva de Laffer.
El
argumento fundamental era que no funcionaba; se trataba, según él, de
una ilusión. Y el nuevo presidente, que había hecho campaña en contra
del 2 % del PIB que alcanzaba el déficit público en tiempos de Carter,
lo incrementó de tal manera que en 1986 se situaba en el 6 %.
Lo que también aumentó notablemente fue la desigualdad social y
económica. Pero tal vez fuese esta el objetivo último de la reforma, y
de esta teoría, que colma de satisfacción a los políticos y, en mayor
medida, a las clases altas de la sociedad, que encuentran en sus
enunciados la justificación perfecta para desarmar la progresividad de
los sistemas fiscales.
Ello explica que a pesar de no haber funcionado
nunca y de los desastres a los que siempre ha conducido a las finanzas
públicas se haya seguido manteniendo y se continúe defendiendo en todas
las reformas fiscales.
Los asesores de Trump se encuentran en una encrucijada parecida a la que hallaban los de Reagan hace 35 años. (...)
Durante la campaña electoral el presidente electo ha prometido una
bajada generalizada de impuestos, siguiendo para ello los patrones más
clásicos de disminución de la progresividad. (...)
Al mismo tiempo, Trump ha ofrecido incrementar los gastos en
infraestructura nada menos que en un billón de dólares y los gastos
militares en unos 300.000 millones. El dilema vuelve a plantearse,
porque ante los ojos vigilantes de sus compañeros de partido que
desconfían de cualquier política fiscal expansiva, no ha tenido más
remedio que afirmar que su plan será neutral en términos fiscales o, lo
que es lo mismo, que no incrementará la deuda. (...)
Una vez más, para huir de la cuadratura del círculo se recurre a la
curva de Laffer, pero esta tesis se encuentra ya muy desprestigiada. Por
ello, los asesores de Trump precisan sacar otro conejo de la chistera.
En este caso son el economista Peter Navarro y el inversor Wilbur Ross
los que han diseñado el plan de infraestructuras del próximo gobierno y
lo hacen pivotar sobre la cooperación del sector privado.
La clave se
encuentra en que Trump no ha hablado de aumentar el gasto público en un
millón de dólares sino en incrementar la inversión en infraestructuras
en esa cantidad, pero apoyándose en la empresa privada. Ahora bien, para
que la empresa privada se implique será preciso incentivarla con
deducciones, deducciones que prevén que costarán al fisco americano
167.000 millones de dólares.
El truco no es nuevo ni original. Son muchos los países (sin ir más
lejos, España y la mayoría de los de la Unión Europea) que se han
lanzado por esta vía de la cooperación público-privada. El resultado
siempre ha sido negativo, porque o bien no ha funcionado y no ha se ha
producido inversión, o bien en el caso de que esta se realice, los
beneficios, si los hay, terminan siempre en manos privadas y las
pérdidas se adjudican al sector público.
Buena prueba de lo último la
constituyen por ejemplo las autopistas radiales de peaje en España que
están a punto de ser un coste extremadamente oneroso al erario público.
Desde la curva de Laffer hasta las asociaciones público-privadas son
muchas las fórmulas que los políticos han querido utilizar para cuadrar
el círculo. Bajar los impuestos, subir el gasto y no incrementar el
déficit. Se transforman en chamanes dispuestos a practicar la alquimia
de convertir el hiero en oro.
En Europa hace tiempo que hizo presa la alquimia financiera, no solo
porque los distintos gobiernos hayan utilizado frecuentemente la curva
de Laffer para justificar reformas fiscales regresivas (caso de España)
sino porque Juncker se apuntó a la tesis de la asociación
público-privada, en un intento absurdo de realizar una política fiscal
expansiva sin emplear fondos públicos. (...)
En nuestro país la alquimia financiera está tentando también a los
partidos políticos a la hora de aprobar los presupuestos. Ciudadanos
acepta obedientemente el mandato de Bruselas de reducir el déficit, pero
se niega a que se suban los impuestos, a pesar de que pretende
incrementar el gasto, especialmente eso que llaman complemento salarial y
que califica falazmente dentro del gasto social cuando constituye
simple y llanamente subvenciones a los empresarios.
En España, a estas
alturas, dado el volumen alcanzado por el stock de la deuda, la
contención del déficit público no es ya una imposición de Bruselas sino
una necesidad económica. Todo aquel que afirma que quiere incrementar el
gasto social pero al mismo tiempo se niega a subir los impuestos
miente, o nos quiere hacer creer que es capaz de convertir el hierro en
oro. Pura alquimia en las finanzas públicas." (Juan Francisco Martín Seco, República, 24/11/16)
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