14.2.17

El aumento de las desigualdades sociales constituye la primera causa material de la rabia y la desesperación que invaden a la Italia del precariado... y a toda Europa

"(...) Según los análisis elaborados en el momento en que se está desarrollando la reunión del Foro Económico Mundial en Davos (1), en Italia el 20% más rico es dueño del 69% de la riqueza del país, el 20% siguiente del 18%, mientras que el 60% debe compartir el 13% restante. 

Según la revista económica neoyorquina Forbes, en el año 2016 10 italianos se hallaban entre el 20% más rico del mundo, 10 italianos poseen 86.000 millones de euros2, es decir, el equivalente a lo que posee medio millón de familias obreras (Censis, Centro Studi Investimenti Sociali, 2014).  

El aumento de las desigualdades sociales constituye la primera causa material de la rabia y la desesperación que invaden a la sociedad europea y a Italia como resultado de las formas económico-sociales que genera el capitalismo de estos últimos decenios. 

Mientras que la riqueza de las clases más acomodadas se acrecienta, la clase trabajadora y también una parte de la clase media se empobrece. La pobreza es una noción del siglo XIX que reaparece hoy en día y se convirte en categoría definitoria de muchas encuestas e investigaciones sociológicas. 

Unos datos despiadados 

Los datos del ISTAT (Instituto Italiano de Estadísticas) del año 2016 muestran que el paro llega al 12%3

Entre las personas que trabajan es preocupante comprobar que el sector de los asalariados de más de 50 años aumenta mientras que disminuye el de los menores de 35 años y en este caso el desempleo llega al 39%. 

La Ley Fornero4, que retrasó brutalmente la edad de la jubilación, explica estadísticamente el aumento de los asalariados de más de 50 años, la débil renovación generacional de la fuerza de trabajo y las graves consecuencias que tiene sobre el desempleo de los jóvenes.
Pero otro aspecto de la realidad explica igualmente que los asalariados envejecen en las oficinas y en las fábricas, postergando por lo tanto la contratación de jóvenes.

 En efecto, los empleadores se han aprovechado de las modificaciones de la legislación laboral y prefieren contratar o mantener a trabajadores mayores, próximos a jubilarse, lo que supone un compromiso menor a largo plazo en la medida en que podrán deshacerse fácilmente de ellos en un plazo relativamente menor. Por otra parte, un trabajador mayor supone ciertas ventajas: no necesita formación, tiene mucha experiencia y al estar próximo a jubilarse no tiene mayores exigencias en cuanto a salario. (...)

Desde marzo de 2015 la Jobs Act5 ha reconfigurado, agravándolas, las relaciones de trabajo en Italia, especialmente en lo referente a las pequeñas y medianas empresas en crisis6, y ha otorgando directamente a los empleadores instrumentos legales para reestructurar un sector o una actividad de sus empresas. Con despidos hechos por el empleador y un ambiente pesado en la empresa, las y los trabajadores están bajo una fuerte presión.

 Se multiplican los despidos por razones disciplinarias (+ 28% en los primeros ocho meses del 2016) de acuerdo con las disposiciones de la Jobs Act y de su contrato de protección progresiva (contratto a tutele crescenti).7 Aún en los poco comunes espacios de actividad en los que ha aumentado el nivel de empleo la productividad general ha disminuido y el crecimiento ha sido débil debido al peso creciente de los empleos no cualificados y de un mercado de trabajo esencialmente basado en pequeños empleos precarios. 

En tal escenario – innovaciones a nivel de normas reglamentarias, desfiscalización y Jobs Act – el boom de los vouchers8 ha repercutido en el mercado de trabajo: en 2015 se establecieron 277 millones de contratos voucher que englobaban 1.380.000 asalariados, con un promedio de 83 contratos por persona mientras que solo para el primer semestre del 2016 hubo 70 millones. 

Es la señal, escribe el Censis (Centro de Estudios de Inversiones Sociales), de que la fuerte demanda de flexibilización y la reducción de los costos están alimentando los pequeños trabajos, es decir, los empleos precarios con una remuneración muy baja que relegan sobre todo a los jóvenes asalariados al limbo de la flexibilidad más dura, querida por el actual modo de funcionamiento del capitalismo salvaje. De este modo se margina a toda una generación. (...)

Brancaccio, Garbellini y Giammetti, tres expertos en el tema, destacan ( 24Ore/Il sole del 19 de diciembre de 2016) que muchas investigaciones ponen en evidencia la inexistencia de una correlación entre precarización del trabajo y crecimiento del empleo. Dicho de otro modo, las normas que facilitan el despido de los empleados con contratos de duración indeterminada no tienen efectos estadísticos significativos en el nivel de empleo. 

En otros términos, esos datos desmienten el axioma según el cual la desregulación del mercado de trabajo crea empleos y reduce el paro. Muy al contrario, la reducción de las protecciones de los trabajadores y trabajadoras se halla estadísticamente vinculada no con el crecimiento del empleo, sino con el aumento de las desigualdades, en la medida en que la precarización tiene un efecto directo sobre el poder contractual de los asalariados, ataca los salarios a la baja y alimenta la diferenciación social desde abajo. 

Las desigualdades sociales son una noción de los siglos XIX y XX, que los ideólogos del fin de las ideologías se cuidan bien de utilizar. Ahora bien, no mencionar las cosas no significa que desaparezcan: a lo sumo ser puede tranquilizante, pero no por ello elimina la condición de desigualdad. (...)

1.582.000 familias en situación de pobreza, lo que equivale a unas 4.598.000 personas. La falta de trabajo es la principal razón de esta situación. Las familias que tienen a su cabeza un desempleado son las más pobres en términos absolutos y van en aumento. Y cuando solo un miembro de la familia tiene empleo, sin embargo esta no se halla protegida contra la pobreza por ello. Según los informes del Banco de Italia, citados por Sabbadini, el 46 % de las familias obreras tiene un solo ingreso y casi la mitad de ellas no tiene vivienda propia. 

 En tales condiciones, la pobreza está al acecho. Una pobreza que para esta categoría de familias ya comenzó a crecer antes de la crisis del 2008 para explotar a continuación y pasar del 4 % al 7 % en 2009 e incluso al 12 % en 2013 y en 2015.

 El índice de pobreza de las familias obreras se ha triplicado en diez años, mientras que la existencia de un solo empleo por familia ya no constituye una garantía de no convertirse en pobre ni de salir de ella. Si se pregunta a las familias italianas cuál ha sido el factor negativo que más duramente ha trastocado su existencia, una aplastante mayoría menciona el descenso de los ingresos familiares. (...)

La condición de los jóvenes está determinada estructuralmente por una alta tasa de desempleo y unos empleos precarios con baja remuneración. Es la primera vez después de la Segunda Guerra Mundial que los hijos están más desfavorecidos que los padres.

 Tienen unos ingresos un 15 % inferiores a los ingresos generales medios. Los hogares de menos de 35 años disponen de una riqueza familiar que se sitúa en un 42 % del promedio de los hogares. Con relación a las mismas clases de edad hace 25 años, los jóvenes tienen actualmente unos ingresos un 27% inferiores. 

Por consiguiente, permanecer en el seno de la familia se ha vuelto una obligación para protegerse de la pobreza. La situación es especialmente crítica para los jóvenes de entre 25 y 34 años: la mitad vive todavía con sus padres, es decir, un 6% más que en 2011, un 22 % más que el promedio europeo, un 40 % más que en Francia y un 46 % más que en el norte de Europa. La tasa de actividad de los jóvenes ha bajado un 9% durante la crisis, una caída muy importante que perjudica gravemente la construcción de un futuro para esos jóvenes. 

La nueva generación tiene un problema de movilidad social. Ya no está bloqueada hacia arriba como se decía antes, sino que se halla desbloqueada hacia abajo, por tener una mayor probabilidad de ver degradarse su situación. La crisis ha condicionado profundamente los tiempos y las formas de transición hacia la vida adulta, al atrasar unas tapas fundamentales de la vida. 

Aun teniendo trabajo, la endeblez de los ingresos y la intermitencia de los empleos influyen en sus elecciones de vida. Solo una cuarta parte de los jóvenes vive en pareja y un 7 % solos. Los que son cabeza de familia suelen tener unos ingresos insuficientes que les obliga a recurrir a la ayuda de los padres o incluso de los abuelos. 

La CENSIS ha relacionado estos datos con información sobre las relaciones afectivas. Así, las personas nacidas entre principios de los años 1980 y principios de los 2000 han “perdido” el sentido social del matrimonio y se orientan hacia otras formas de relación. Los solteros constituyen ahora el 81 % de los jóvenes (hace diez años eran el 71%), los casados el 19 % (28 % hace diez años). 

Entre los solteros un 40% son absolutamente single , un 3 % tiene relaciones sin compromiso y un 57 % mantiene una relación de pareja estable aunque no convivan bajo el mismo techo. La precarización del trabajo fragiliza la vida sentimental y de relación. 

 Elegir una vida común y estable, con o sin casamiento, se considera una pesada elección para la que se necesita en primer término un empleo (para el 72 % de los jóvenes), unos ahorros constituidos (para el 50 %), haber tenido ya algún período de vida en común con el o la compañera (para el 30 %) y haber terminado los estudios, según el 28 %. (...)"                   (Diego Giacchetti , À l'encontre, en Rebelión, 06/02/17)