6.2.17

En la guerra económica que se avecina lo que se ventila es la pervivencia del Estado del Bienestar, una invención europea al fin y al cabo.

"(...) Más allá del proteccionismo económico, y lejos de lo que algunos observadores han entendido como una retirada de EEUU del (des) orden mundial, la nueva pléyade de consejeros áulicos de Trump auspician simple y llanamente la ‘anglobalización’. 

No deberían malinterpretarse las apelaciones de Trump al proteccionismo contra el comercio y la economía mundiales. Tampoco sería apropiado interpretar el deseo del gobierno británico, tras el Brexit, de cerrar sus fronteras para preservar sus empleos domésticos como algo más que una estrategia de autointerés. 

No. En realidad a ambos países les interesa la globalización, siempre y cuando obtengan beneficios de ella.

El propio Malloch augura un final abrupto para el euro. Y eso tampoco es un discurso nuevo, aunque quizá sea más explícito respecto a las intenciones de estadounidenses y británicos respecto a la continuidad de la moneda única. Porque esas declaraciones actúan como armas eficaces en los mercados financieros. Recuérdese la propia crisis del euro durante 2010-12. 

Como segunda moneda más negociada internacionalmente, el euro estuvo en trace de ‘romperse’. Además de unos 330 millones de europeos de la denominada Eurozona, otros casi 200 millones de personas utilizaban entonces monedas ligadas al euro. 

La especulación mundial contra el euro fue analizada mediáticamente como resultado de las dificultades de las endeudadas economías de Irlanda, Portugal y Grecia, las cuales tuvieron que ser intervenidas, y el temor a un posible contagio que se extendiese a otros países como España, Italia, Bélgica o, incluso, Francia.

Fueron pocos, en cambio, los análisis que enfatizaron la incomodidad de EEUU y el Reino Unido, ahora paladines de la ‘anglobalización’, respecto al euro durante aquella crisis. Teniendo en cuenta que los grandes centros financieros mundiales se hallaban radicados –y siguen estándolo, geográfica y culturalmente– en países anglosajones, con monedas locales en competencia con el euro (Wall Street y la City londinense), es implausible no conjeturar sobre la presión ejercida por los capitales en dólares estadounidenses y libras esterlinas dirigida desde aquellos centros financieros sobre la Eurozona. 

Ello ha contribuido a que algunos de sus países miembros más vulnerables a los efectos de la Gran Recesión hayan pagado un sobreprecio, en no poca medida a causa de las valoraciones de las agencias de rating radicadas junto a los centros financieros neoyorquino y londinense, a fin de financiar su deuda pública y la contraída por familias y privados.

Más allá de su significación monetaria, el euro cabe ser entendido como la respuesta institucional al ‘desafío americano’. En los años mozos del redactor de las presentes líneas, Jean-Jacques Servan-Schreiber (1924-2006) anticipó el peligro de subordinación que representaba la penetración ‘imparable’ de bienes, ideas y servicios desde Estado Unidos. 

El ensayista y político francés apuntaba a que el retraso europeo no era debido a una falta de capital humano, sino a una falta de adaptación a los modernos métodos de gestión, de equipamiento y de capacidad de investigación. Pero, sobre todo, criticaba la falta de unión y de acción conjunta europeas, y a los retos de las economías emergentes.

El euro es, por encima de otras consideraciones monetaristas, una apuesta tangible por la viabilidad del proyecto político europeo. En la articulación de un modelo alternativo a la individualización re-mercantilizadora anglo-norteamericana y a la aplicación de un ‘neo-esclavismo’ en economías de gran proyección como la china o la india, la acción ‘soberana’ e individualizada de los estados europeos está condenada al fracaso por su incapacidad para condicionar por si misma a los mercados financieros.

 Más bien son estos últimos lo que han impuesto el modo, el ritmo y los alcances de las actuaciones económicas de los Estados europeos. 

Incluso aquellos países centrales europeos más capaces de articular estrategias ‘independientes’ (Alemania, Francia o Italia), hace tiempo que certificaron amargamente su impotencia para implementar por si solos opciones descoordinadas con el resto de sus socios continentales.

Podrá argüirse que en la guerra económica que se avecina, prevalecerá la ‘ley del más fuerte’, algo que una mayoría (muy estrecha, si acaso) de estadounidenses y británicos piensa que está de su parte. La ‘anglobalización’ ya ha comenzado a acosar sin tapujos al euro y con ello al propio Modelo Social Europeo. (...)

Pero, por encima de cualquier otra consideración, lo que se ventila ahora es la pervivencia del Estado del Bienestar, una invención europea al fin y al cabo.(...)"                (Luis Moreno, Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC), Público, 05/02/17)