31.10.17

Tipos de interés bajos a largo plazo envían la señal de que las perspectivas de crecimiento son débiles... o sea, el temido estancamiento secular a la vista


Son dos preguntas que podrían resumirse en una: ¿Caminamos hacia un mundo con tipos de interés e inflación inusualmente bajos por un periodo inusualmente prolongado? 

Los motivos para este cambio de paradigma son de amplio espectro. Los tipos de interés de equilibrio, arguyen diversos expertos, tienden hacia tasas mínimas por factores como el progresivo envejecimiento de la población, una productividad en horas bajas o la globalización. En esta dirección apunta Jorge Sicilia, economista jefe del BBVA. 

“Es muy posible que la fase actual de tipos bajos haya llegado para quedarse. Esto se explica por una dinámica poblacional que ha aumentado el ahorro, los incrementos muy ligeros de la productividad que reducen la inversión o por una inflación contenida que no plantea riesgos para la estabilidad de precios”, asegura este experto.

 “Si en el futuro hay más ahorro y menos inversión, es natural que haya un tipo de interés de equilibrio más reducido”, sintetiza el catedrático de Análisis Económico Joaquín Maudos.

 La tendencia bajista de los tipos alegrará a las familias o empresas que barajan endeudarse en el futuro. Esta misma semana, el presidente del BCE, Mario Draghi, insistió en su idea de que mantendrá el precio del dinero, ahora en el 0%, durante un periodo prolongado que irá bastante más allá de 2018, año en el que está previsto que concluya el actual programa de compra masiva de deuda por parte del Eurobanco.

Pese a los beneficios de una política monetaria laxa para la economía europea y estadounidense en los últimos años, unos tipos en niveles mínimos pueden convertirse en un problema a medio y largo plazo por varios motivos. 

En la conferencia que dio en Nueva York, Fischer agrupaba estas razones en tres: los tipos de interés bajos a largo plazo envían la señal de que las perspectivas de crecimiento son débiles, hacen a la economía más vulnerable ante posibles shocks negativos y, por último, amenazan la estabilidad de los bancos, que ganan menos dinero.

Los desafíos se les acumulan a los banqueros centrales. La graduación de los tipos ya no les sirve para enfriar o calentar la economía como antes, reduciendo considerablemente su margen de maniobra. Y sus herramientas tradicionales para impulsar la inflación tampoco están funcionando a un lado y otro del Atlántico. (...)"               (   , El País, 28/10/17)

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