"Cuando el respetado Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los
Derechos Humanos, Zeid Ra’ad Al Hussein, renunció al cargo en 2018, la
opinión pública mundial fue manipulada para no prestar atención al hecho
y mucho menos evaluar su verdadero significado. Su nombramiento para el
cargo en 2014 fue un hito en las relaciones internacionales.
Era el
primer asiático, árabe y musulmán que ocupaba el cargo y lo desempeñó de
manera brillante hasta el momento en que decidió dar un portazo por no
querer ceder a las presiones que desfiguraban su cargo, desviándolo de
su misión de defender a las víctimas de violaciones de derechos humanos
para volverlo cómplice de tales violaciones perpetradas por Estados con
peso en el sistema mundial. (...)
Todo esto ocurrió en el año en que se celebraban los setenta años de la
Declaración Universal de los Derechos Humanos y en el que muchos,
incluido yo mismo, defendían la necesidad de una nueva declaración, más
sólida y más verdaderamente universal.
Esta necesidad se mantiene, pero
en este momento lo más importante es identificar las fuerzas y los
procesos que están bloqueando la declaración actual y la convierten en
un documento tan desechable como las poblaciones vulnerables sometidas a
las violaciones de los derechos humanos que la declaración pretendía
defender. (...)
Sin embargo, la ola conservadora y reaccionaria que asola al mundo es
totalmente opuesta a la filosofía que presidió la elaboración de la
Declaración Universal y constituye una seria amenaza para la democracia.
Se basa en la exigencia de una doble disciplina autoritaria y radical
que no se puede imponer por procesos democráticos dignos del nombre. Se
trata de la disciplina económica y de la disciplina ideológica.
La
disciplina económica consiste en la imposición de un capitalismo
autorregulado, movido exclusivamente por su lógica de incesante
acumulación y concentración de la riqueza, libre de restricciones
políticas o éticas; en síntesis, el capitalismo que suele designarse
como capitalismo salvaje.
La disciplina ideológica consiste en la
inculcación de una percepción o mentalidad colectiva dominada por la
existencia de peligros inminentes e imprevisibles que alcanzan a todos
por igual y particularmente a los colectivos más cercanos, ya sean la
familia, la comunidad o la nación.
Tales peligros crean un miedo
inquebrantable del extraño y del futuro, una inseguridad total ante un
desconocido avasallador. En tales condiciones, no resta más seguridad
que la de regresar al pasado glorioso, el refugio en la abundancia de lo
que supuestamente fuimos y tuvimos.
Ambas disciplinas son tan autoritarias que configuran dos guerras no
declaradas contra la gran mayoría de la población mundial, las clases
populares miserabilizadas y las clases medias empobrecidas.
Esta doble
guerra exige un vastísimo complejo ideológico-mental propagado por todo
el mundo, incluyendo nuestros barrios, nuestras casas y nuestra
intimidad. Son tres las fábricas principales de este complejo: la
fábrica del odio, la fábrica del miedo y la fábrica de la mentira.
En la fábrica del odio se produce la necesidad de crear enemigos y de
producir las armas que los eliminen eficazmente. Los enemigos no son
aquellos poderes que el pensamiento crítico izquierdista satanizó: el
capitalismo, el colonialismo y el heteropatriarcado. Los verdaderos
enemigos son aquellos que hasta ahora se disfrazaron de amigos, todos
aquellos que inventaron la idea de opresión (...)
En la fábrica del miedo se produce la inseguridad y los artefactos
ideológico-mentales que producen seguridad, la cual, para ser infalible,
necesita de vigilancia permanente y de constante renovación de las
tecnologías de la seguridad.
El objetivo de la fábrica del miedo es
erradicar la esperanza. Busca convertir el actual estado de cosas en el
único posible y legítimo, contra el cual solo por locura o utopía
disparatada se puede luchar. No se trata de validar todo lo que existe.
Se trata de limpiar, de lo que existe, todo lo que impidió la
perpetuación del pasado glorioso.
Por su parte, en la fábrica de la mentira se producen los hechos y
las ideas alternativas a todo lo que pasó por verdad o búsqueda de
verdad, como las ideas de igualdad, de libertad negativa (libertad de
coerciones) y positiva (libertad para realizar objetivos propios, no
impuestos ni teledirigidos), de Estado social de derecho, de violencia
como negación de la democracia, de diálogo y reconocimiento del otro
como alternativa a la guerra, de los bienes comunes como el agua, la
educación, la salud, el medio ambiente saludable.
Esta fábrica es la más
estratégica de todas, porque es aquella en la cual los artefactos
ideológico-mentales tienen que empaquetarse y disfrazarse de no
ideológicos. Su mayor eficacia reside en no decir la verdad respecto a
sí misma.
La proliferación de estas tres fábricas es el motor de la ola reaccionaria que vivimos. La proliferación de estas tres fábricas es el motor de la ola
reaccionaria que vivimos. La proliferación tiene que ser la mayor
posible para que nosotros mismos nos volvamos emprendedores del odio,
del miedo y de la mentira; para que deje de haber diferencia entre
producción, distribución y consumo en la propagación de esta vasta
disciplina ideológica.
Los medios de comunicación hegemónicos, la
“comentariología”, las redes sociales y sus algoritmos, y las iglesias
seguidoras de la teología de la prosperidad, son poderosas líneas de
montaje. Pero esto no significa que las piezas que circulan en las
líneas de montaje se produzcan de manera anárquica en todo el mundo. Hay
centros de innovación y renovación tecnológica para la producción
masiva de artefactos ideológico-mentales cada vez más sofisticados. Esos
centros son los silicon valleys del odio, del miedo y la mentira. (...)
En un momento en que se dice que estamos en vísperas de una nueva
revolución tecnológica dominada por la inteligencia artificial, la
automatización y la robótica, queda la idea de que las incesantes
fábricas del odio, del miedo y la mentira están queriendo orientar la
revolución tecnológica en el sentido de la mayor concentración posible
del poder económico, social, político y cultural y, por tanto, en el
sentido de crear una sociedad de tal manera injusta que la justicia se
transforme en una monstruosidad repugnante. (...)" (Boaventura de Sousa Santos , Público, 19/02/19)
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