9.10.19

La mal llamada "epidemia" de los opiáceos más bien ha sido en buena medida una auténtica drogodependencia diseminada desde el mismo corazón de la industria farmaceútica... esa "epidemia" ha sido inoculada, y parece ser que incluso planificada, o conociendo las consecuencias que el asunto podría llegar a infligir a la población

"A estas alturas de la pesadilla, parece que hablar como hablábamos hace unos años de la epidemia de opiáceos es, en cierta manera, banalizar el tema como si fuese consecuencia de un factor exógeno. Pero no, realmente de exógeno no tiene absolutamente nada; más bien es todo lo contrario: es un factor muy (pero que muy) endógeno. (...)

Y en este caso ya hay una farmaceútica declarada en bancarrota por las indemnizaciones a las que tiene que hacer frente, tras toda esta catástrofe socio-sanitaria de proporciones imponderables. (...)

A pesar de ser un término que desde aquí también llegamos a utilizar, pero sin ocultar ni un ápice de la evidente culpabilidad que en realidad había tras ella, la mal llamada "epidemia" más bien ha sido en buena medida una auténtica drogodependencia diseminada desde el mismo corazón de la industria farmaceútica, y por ende, desde muy adentro desde nuestros propios sistemas socioeconómicos. 

Las cifras son literalmente apabullantes, tal y como ya expusieron en el pasado nuestros compañeros de Xataka Magnet. Y los números no dan tregua: actualmente siguen muriendo de media 130 estadounidenses al día por sobredosis de opiáceos. Una auténtica barbaridad cuyas cifras se han disparado a raíz de este tema, y que en varios indicadores incluso han batido las siniestras marcas de los heroinómanos años 80. 

 Y no, no ha sido un virus o un germen, esa "epidemia" ha sido (al menos parcialmente) inoculada, y parece ser que incluso podría haber sido de forma macabramente planificada, o, al menos, conociendo a priori las consecuencias que el asunto podría llegar a infligir a la población. Tenemos así que esa "epidemia" sólo es admisible llamarla como tal por la auténtica dimensión masiva que este caso de drogodependencia ha adquirido. ¿Y cómo ha podido llegarse a esto? Pues con el claro agravante de que, al ser prescrito el famoso opiáceo OxyContin y otros por los propios médicos tan alegremente (al parecer, "alentados" desde algunas famaceúticas), el consumidor se entregaba totalmente confiado y, a la postre, desprotegido al tener baja la guardia ante el que era propio médico.

El desarrollo de los acontencimientos se ha repetido sistemáticamente una y otra vez hasta la saciedad, paciente tras paciente, individuo tras individuo, adicto tras adicto, vida tras vida, sobredosis tras sobredosis. Cuando el dolor a mitigar desaparecía y el médico dejaba de ver necesario seguir recetando el funesto OxyContin o similares, el paciente, acostumbrado a una opiácea sensación de bienestar de la cual ya le resultaba difícil prescindir, pasaba a comprar la misma medicación en el mercado negro. Pero lo que tienen los opiáceos es que el cuerpo recuerda y ansía lograr el mismo nivel de "cuelgue" sensorial, y por otro lado el cuerpo se habitúa muy rápidamente a ellos, con lo que la misma dosis en poco tiempo ya no "coloca" lo mismo. Ése es el punto crítico y el verdadero salto al abismo en esta "epidemia".

Ante el elevado precio de los medicamentos opiáceos en el mercado ilegal, algún "elemento" de su entorno, les acaba recomendando dar el salto a la siempre siniestra heroína. Misma opiácea sensación, pero con muchos menos decigramos por la potencia de este estupefaciente. Aunque de nuevo la heroína hace honor a su opiácea condición, y la dosis necesaria para conseguir la misma intensidad de paraíso artificial va subiendo y subiendo, hasta llegar al orden de los gramos cada un paréntesis de varias horas o pocos días. Y claro, la heroína en esas dosis tiene un coste desorbitado. 

(...) esta "epidemia" de opiáceos no ha sido ni de lejos exclusivamente una moda de adolescentes, ni un hábito propio de zonas de discotecas, ni una adicción de ciertos estratos sociales excluídos de la sociedad que buscan refugio donde no lo hay, ni una auto-lesiva tendencia de ciertos individuos con claros síntomas de auto-destrucción... No, con el OxyContin han caído en el mundo de la heroína innumerables padres y madres de familia con una vida estable, con hijos, con un cierto nivel de madurez, y con un entorno en general poco propicio para elegir por voluntad propia la auto-destrucción. Y no es que su vida valga más que la de los otros grupos sociales, pero ello demuestra que el drama es (al menos parcialmente) inoculado en vena contra su voluntad, y además alcanza una dimensión personal y familiar indescriptible.   (...)

No se puede satanizar automáticamente a unos fármacos que han aportado mucho a la asistencia sanitaria y a la calidad de vida de muchos enfermos, que además generalmente lo son de enfermedades especialmente graves o dolorosas. Las unidades del dolor son esenciales especialmente en el caso de enfermos terminales. No se lleven de este artículo la idea de que los opiáceos no hay que tomarlos jamás de los jamases. Lo único que hay que hacer es tomarlos sólo cuando estén indicados (de verdad), y bajo un escrupuloso seguimiento médico que permita detectar ciertos efectos secundarios y potenciales dependencias antes de que sea demasiado tarde.

Pero eso es precisamente lo que ha fallado en la mal llamada "epidemia" de opiáceos de EEUU. Y claro, el riesgo además es que el narcótico mal se está extendiendo de país en país, especialmente cuando EEUU marca muchas veces tendencia en múltiples planos socioeconómicos. Así, la heroína se ha puesto de moda otra vez en ciertas esferas también de otros tantos lugares: las cifras de heroinómanos también (des)cotizan al alza en nuestro país.


Que conste que, para que el mal se extendiese tan rápida y masivamente, han coincidido en el tiempo una serie de factores que han hecho que el lobbying de opiáceos haya sido como echar gasolina al fuego, sin que ellos dejen de ser ni un ápice unos auténticos pirómanos de libro. Para poder valorar todo el panorama en su conjunto, hay que remontarse a la época de la Gran Recesión. Si bien los opiáceos estaban presentes en el mercado y en las consultas desde hacía tiempo, y ya suponían una amenaza para la salud nacional, fue especialmente a raíz de las deplorables condiciones socioeconómicas que sobrevinieron a muchas familias con la temible crisis subprime con las que también fueron empujadas masivamente a querer escapar de una realidad que ya era ciertamente terrible de por sí.

Ése fue el tortuoso sendero que muchos recorrieron con más ansiedad y desesperación que consciencia, especialmente tras hacer probado la sensación de los paraísos artificiales de la mano de una receta legal, pero que, al buscar la salida a sus problemas financieros y laborales donde no estaba, sus vidas pasaron de aquellos terribles problemas a ser ahora un auténtico infierno.

(...) una proporción relevante de la población en edad de trabajar ya no es ni tan apenas apta para hacerlo, mientras que muchas empresas no pueden cubrir sus necesidades de trabajadores. De hecho, hasta la FED tomó cartas en el asunto e hizo unas significativas declaraciones al respecto.

(...)  ya tenemos a Purdue Pharma, la fabricante del OxyContin y primer responsable en caer del entramado de "promoción" y lobbying de analgésicos opiáceos entre la comunidad médica, bajo una complicada situación judicial y legal

Esta compañía en cuestión está sucumbiendo bajo un auténtico aluvión de miles de indemnizaciones millonarias, cada una por parte de un estado, ciudad, o condado que representa a su vez a miles o millones de ciudadanos afectados. Ello marca una gran distancia con otros litigios comparables del pasado, y hacen de éste un caso legal verdaderamente único y sin precedentes. Desde la compañía tratan desesperadamente de cerrar todos estos litigios, no sin polémica y desacuerdos, y que le han llevado a la citada bancarrota.

Mientras tanto, la familia propietaria, los Sackler, están incomprensiblemente pudiéndose llevar cientos de millones de dólares a cuentas suizas y de otros países. Así, el daño es doble para los afectados: no sólo les han destrozado la vida, sino que además puede acabar no habiendo el dinero que debiera para que cobren ni una mínima fracción del daño que les han ocasionado tan despiadadamente. Pero hay otras empresas farmaceúticas bajo sospecha, y susceptibles de acabar sufriendo en sus propias carnes una situación similar.(...)

 Con la bancarrota de Purdue Pharma se cierra un ciclo, pero sólo en el plano socio-sanitario y judicial. El ciclo socioeconómico tardará años en limpiar los restos de la epidémica adicción de sus venas.  (...)"                     ( , El blog salmón, 08/10/19)

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