"No se han podido empezar prácticamente a retirar los estímulos aplicados
desde la crisis y ya se espera que el próximo día 12 de septiembre los
miembros del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE)
anuncien nuevas medidas de expansión económica.
Su presidente, Mario
Draghi, no podrá acabar su mandato de la manera triunfal que deseaba,
desactivando las potentes medidas no convencionales que ha aplicado
durante la crisis y dirigiendo la progresiva subida de tipos, ya que
esta ni ha podido empezar. (...)
Hoy no solo el BCE, sino el resto de bancos centrales con la Reserva
Federal a la cabeza reinician la senda de los estímulos monetarios.
También surgen voces que plantean alternativas que puedan servir para
algo más que para lo que sirvieron las anteriores rondas de dinero
gratis para bancos e instituciones financieras.
Una de estas propuestas
es la defendida por la especialista en finanzas, Frances Coppola, en su
The case for People’s Quantitative Easing (algo así como En defensa del Quantitative Easing para la gente).
El
libro presenta la posibilidad de que dejen de ser bancos y grandes
corporaciones los rescatados y sea, al fin, la gente convencional. (...)
Es más, la autora destaca la injusta paradoja de que, mientras se
regaban los balances bancarios con millones de dólares, los gobiernos
sometían a las poblaciones de muchos países a dramáticas agendas de
recortes y privatizaciones del sector público. Parecía haber dinero solo
para algunos: justo para los causantes de la crisis.
Además, los
QE aplicados por los bancos centrales, a pesar de ser el mayor programa
de creación de dinero en la historia, no consiguieron su objetivo
principal y “la inflación continuó tercamente por debajo del objetivo
en la mayor parte de los países desarrollados”, en palabras de la
autora, para quien el QE simplemente fue un fracaso. Pero, ¿por qué
fracasó?
La interpretación de Coppola tiene que ver con cómo se
han distribuido los estímulos económicos: “El QE ha inflado masivamente
el precio de los activos [como] acciones, bonos, inmobiliario, arte e
incluso buenos vinos, beneficiando directamente a los poseedores de esos
activos, que son mayoritariamente ricos”.
Más a allá de la mitología del trickle down
neoliberal, Coppola explica que “distribuir dinero entre la gente rica
no es ni de lejos un estímulo tan poderoso para el gasto como dárselo a
la gente normal. Ello se debe a que los ricos no necesitan el dinero”.
Tienen lo que los economistas llaman una ‘propensión marginal al gasto’
muy baja, su despilfarro en yates y ropa de lujo no impulsa la economía
real al darse en un espacio muy limitado de la misma.
En definitiva, para la británica “el dinero creado por el QE se ha
agitado en los mercados financieros y ha hecho estallar burbujas por
todo el mundo”. Ante tal situación,la autora nos propone una nueva
versión del QE, una dirigida a la gente y no a las instituciones
financieras, y no solo por motivos de justicia económica sino también de
eficacia política, para que las políticas monetarias no vuelvan a ser
un fracaso.
En realidad, cualquier QE está inspirado en una idea
del economista Milton Friedman llamada el “helicóptero del dinero”,
según la cual, en momentos de depresión económica, las autoridades
monetarias deben poner dinero directamente en la economía. Con la
potente imagen de un helicóptero lanzando dinero por la calle, Friedman
buscaba presentar una medida de política monetaria que animara el gasto
de forma extraordinaria y excepcional y fuese un revulsivo para una
economía deprimida.
Es en esta idea en la que se basan tanto el QE
empleado los últimos años como el propuesto por Coppola, con la
diferencia de que, en el QE para la gente, el helicóptero volaría por
toda la economía, buscando los lugares donde más se necesita y no solo
sobre los centros financieros. En el libro se describen más de una
docena de tipos de QE para la gente, distinguiendo entre los programas
que darían dinero a la gente directamente para su gasto a corto plazo,
que llegaría a sus cuentas corrientes o por medio de recortes de
impuestos según las versiones; y los programas de inversión a largo
plazo, entre los que contempla un QE verde o un jubileo de deuda.
Coppola también recoge las posibles objeciones que pueden hacerse al QE para la gente, y discute tanto los efectos de cada una de las versiones como ciertos mitos económicos detrás de las algunas de estas críticas, como el miedo atroz a la hiperinflación o la vaca sagrada de la independencia de los bancos centrales. Al respecto, la autora admite que la única objeción fuerte que puede hacerse al QE para la gente: que no sería necesario si se pusieran en marcha las medidas fiscales necesarias y complementarias a la política monetaria y si los Estados recuperasen el control de sus finanzas, algo absolutamente deseable pero más que dudoso." (Marta Luengo, El Salto, 30/08/19)
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