"El sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein,
fallecido por cierto el pasado mes de agosto, decía que nuestro sistema
social y económico se dirige al caos porque desde la gran crisis de los
años sesenta y setenta del siglo pasado se viene alejando
constantemente de la «normalidad».
Una deriva hacia la inestabilidad y el desorden que es consecuencia
de la crisis estructural en la que se encuentra desde entonces y que se
hace cada vez más visible a nuestro alrededor en conflictos de todo
tipo, en el auge de los populismos, del deterioro ambiental, en crisis comerciales, de deuda y financieras, en
la extensión de un auténtico imperio de la mentira, en el
debilitamiento de las democracias y las libertades, en la desigualdad
creciente y en el clima general de desconcierto y falta de soluciones en
el que vivimos últimamente, entre otras manifestaciones.
Curiosamente, son los propios capitalistas quienes más rápidamente se
han dado cuenta de ello y los que reclaman con más urgencia medidas de
reforma que puedan hacer frente al caos y al desorden generalizado para
evitar el colapso del sistema. (...)
Puede parecer simple retórica, pero es un cambio muy significativo
cuando en Estados Unidos se registra la etapa de crecimiento más larga
de su historia mientras que la desigualdad, el empleo miserable, el
deterioro ambiental y la pobreza crecen sin parar.
Lo que está ocurriendo en todo el planeta es una paradoja: el
capitalismo neoliberal está entrando en crisis terminal como
consecuencia de su propio éxito como sistema de dominación. Su problema
es que ha garantizado la apropiación masiva del beneficio pero a costa
de llegar a la exageración e incluso a la aberración, monopolizando las
fuentes de la toma de decisiones y convirtiendo al uso del poder y de la
información en la fuente de la ganancia en detrimento de la actividad
productiva.
Pero al concentrar en extremo el poder ha generado una
correlación de fuerzas tan favorable a las grandes corporaciones que ha
terminado destruyendo los equilibrios básicos e imprescindibles que
precisa tener cualquier sociedad si no quiere arder en la hoguera que
antes o después prenden quienes se quedan sin nada.
El capitalismo había conseguido mantener el orden social y la
legitimación cuando permitía que una parte de los de abajo llegara
arriba o, al menos, que se beneficiara también de buena parte de la
riqueza que se creaba, y cuando permitió que existieran mecanismos de
contrapoder.
Pero, asustado por la gran crisis de los años setenta del siglo
pasado, apostó tan fuerte y con tanto éxito por el beneficio y la
concentración del poder que ha creado un mundo en el que millones
personas, o incluso naciones enteras, saben que ya nada tienen que
perder porque nada hay que puedan ganar. El capitalismo neoliberal
es el del todo o nada, el capitalismo sin ningún tipo de bridas, y eso
es lo que ha producido la «anormalidad» creciente que le lleva sin
remedio al caos y al colapso.
España está inmersa en esa misma crisis, aunque sus manifestaciones
sean diferentes. Y no deja de ser curioso que la única persona que en
periodo electoral está hablando de los males del capitalismo y de la
necesidad de reformarlo sea la presidenta del Banco de Santander, Ana Patricia Botín:
«necesitamos un cambio. El capitalismo ha sobrevivido gracias a que ha
sabido adaptarse a los cambios. Ahora debe volver a hacerlo. Y esta
intención no debe quedarse en palabras».
Nuestro país, nuestra sociedad y nuestra vida política, también se
vienen alejando progresivamente de la «normalidad» para dirigirse
inevitablemente hacia el desorden y la inestabilidad permanente por una
sencilla razón: las piezas que han venido sosteniendo al sistema dejaron
de funcionar bien y son ya incapaces de mantenerlo en situación de
equilibrio, mientras que todavía no hay otras de recambio que permitan
devolverle el orden y la estabilidad.
El orden y la estabilidad del sistema político y, en general, de la
sociedad española de esta etapa democrática se han basado en la
existencia de dos grandes partidos, el PP y el POSE, que hace tiempo que
perdieron la legitimidad y capacidad necesarias para mantener el
sistema en equilibrio, el orden de escuadra, por utilizar un término
militar, que es preciso mantener para que las cosas no se desmanden y el
sistema siga funcionando normalmente.
Cuando los dos grandes partidos entraron en crisis, transmitiéndola
desde las más altas instituciones del Estado hasta la arquitectura
territorial en la que se basa la cohesión básica de una nación, la
propia sociedad creó los antídotos en forma de nuevos movimientos y
partidos, pero ninguno de ellos ha sido capaz de constituirse en el
cemento de un nuevo estado de cosas. Y así es como, casi desde 2011 y
sobre todo desde 2015, nos venimos encontrando en un va y viene continuo
que no tiene solución posible porque se está intentando dar solución a
los problemas con las mismas piezas, relatos y lógicas que los han
provocado.
Y es por ello por lo que ninguno de los escenarios posibles que
puedan darse tras las elecciones va a poder proporcionar estabilidad.
Los enfrentamientos entre las fuerzas de izquierda han creado un
clima que hace extremadamente difícil, por no decir imposible, que se de
la armonía necesaria para gobernar bien y para poner en marcha con
suficiente estabilidad y garantías un programa de transformaciones
progresistas para España. Y, como la sociedad está rota y no
cohesionada, si finalmente hubiera un gobierno de ese perfil, la derecha
constituiría un frente de oposición brutal, dispuesto a incendiar lo
que haga falta -incluido el conflicto civil como el que han avivado
irresponsablemente en Cataluña en los últimos años- para acabar con las
políticas de izquierdas, por moderadas que sean.
Y el posible triunfo
del bloque de derechas (no se olvide que Andalucía siempre ha marcado la
senda estratégica de la política española) no haría sino reforzar los
procesos y problemas que he mencionado y que han provocado la crisis
estructural en la que nos encontramos en España y en todo el mundo.
Las fuerzas que nacieron para regenerar la situación política
(Ciudadanos y Podemos) han mostrado su total inutilidad. Las novísimas, o
son puros embriones como Más País, o peligrosas variantes del fascismo
neoliberal que ya proliferan en otros países, como Vox. Y una entente
entre el Partido Popular y el PSOE no sólo podría llevar a este último
partido a la irrelevancia en la que se encuentran los que hicieron lo
mismo en otros países, sino que daría lugar a que el sistema se quedara
sin reservas a la primera de cambio, siendo, al final, sólo un paso más y
más rápido hacia el caos.
España no tiene arreglo con los actuales sujetos políticos ni con el
discurso de espectáculo que se utiliza para plantear los problemas
sociales, ni con la lógica de enfrentamiento cainita que se ha generado
como subproducto de la democracia de baja intensidad en la que vivimos,
ni con una economía y unos medios de comunicación sometidos sin disimulo
al dictado de los grupos oligárquicos. Y eso es grave porque los
problemas que tenemos delante de nuestras narices no admiten soluciones
de compromiso ni cogidas con hilo.
Me refiero, entre otros, a desastres
como la corrupción, la mentira generalizada, la ausencia de rendición de
cuentas, la constante descalificación del adversario y la consideración
como enemigo de quien simplemente no piensa como nosotros, la venta de
España a los grandes intereses económicos, el poder desnudo de las
grandes empresas y de los bancos, la desindustrialización, el
desmantelamiento de nuestro sistema de servicios públicos y de ciencia y
tecnología, la manipulación mediática o, sobre todo, nuestra
incapacidad para entender que tenemos algo en común que se llama España y
que no puede ser sólo de una parte de los españoles sino de todos por
igual.
Es ingenuo creer que las elecciones del 10N puedan proporcionar algún tipo de solución estable.
Los problemas sistémicos, estructurales, como los que estamos
viviendo no generan pequeñas heridas sin importancia sino el colapso de
los sistemas, y eso es lo que está comenzando a suceder en España y en
el mundo.
Las viejas orquestas dedicadas a difundir música de siempre no
podrán evitarlo. Se necesitan otros proyectos. Las reformas que anhelan
Ana Botín y los grandes dirigentes capitalistas pueden darle de nuevo
un aire diferente al capitalismo pero nada ni nadie puede ser contrario a
sí mismo, así que están condenadas a dar el mismo tipo de problemas a
medio y largo plazo. Hay que hacer frente al gran expolio, de riqueza y
de derechos, que han llevado a cabo, al mundo digital que se abre paso, a
una naturaleza destrozadada y a una sociedad fragmentada, ensimismada y
engañada.
Y para eso hacen falta otros sujetos y un nuevo tipo de
liderazgo, de lenguaje y de discurso político, nuevos mecanismos de
representación y de control más genuinos y democráticos, nuevas formas
de propiedad, de instituciones de gobierno y de relaciones sociales,
liberarnos de la dictadura de la mercancía, una nueva cultura política y
un nuevo ejercicio de la ciudadanía, un proyecto socialista, o llámese
como se quiera llamar, que quiera y sepa ir más allá del capitalismo. Y
además, la capacidad de saber resolver con justicia y sostenibilidad los
problemas del día, cada vez más difíciles de abordar en medio de tantas
turbulencias." (Juan Torres López, Nueva Tribuna, 09/11/19)
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