27.1.20

Las brechas estructurales entre el centro y la periferia de la UE son sustanciales, persistentes y, en algunos casos, crecientes, que nos hablan de una Europa jerarquizada, atravesada de importantes asimetrías.

"Uno de los objetivos centrales de la construcción europea ha sido alcanzar cotas crecientes de convergencia entre las economías que formaban parte de ese proceso. (...)

las líneas que siguen están centradas en lo que cabe denominar como “convergencia estructural”, expresión que apunta al cierre de brechas productivas, sociales y territoriales existentes dentro del espacio comunitario, y que se hicieron especialmente visibles con la entrada en las Comunidades Europeas (Unión Europea, desde 1993) de países que, como el nuestro, contaban en el momento de la adhesión con estructuras económicas más frágiles que las de los socios fundadores.
 
Esta aproximación estructural a la convergencia se contempla aquí a partir del comportamiento de un paquete de indicadores: la productividad laboral, medida por el PIB real por hora trabajada, la relevancia de las actividades intensivas en media-alta y alta tecnología en el valor añadido global y el saldo comercial relativo de las manufacturas intensivas en tecnología y trabajo cualificado, expresado como el cociente entre el saldo comercial obtenido en estos bienes y la suma de las exportaciones y las importaciones totales de los países examinados.


Comparo su evolución a lo largo del primer periodo de vigencia de la Unión Económica y Monetaria (UEM), hasta la implosión financiera, y durante los años de crisis, hasta 2018 (dependiendo de la disponibilidad de datos) para dos grupos de países. Uno, que denomino Centro, agrupa a Alemania, Austria, Bélgica, Finlandia, Francia, Holanda y Luxemburgo; el otro, que llamo Periferia, integra a España, Grecia, Italia y Portugal (todos ellos forman parte de la zona euro). 

Soy consciente, por supuesto, de que dentro de cada grupo se aprecian diferencias significativas; con todo, en mi opinión, este agrupamiento permite identificar fracturas de calado estructural que atraviesan el edificio comunitario.

Como se puede apreciar en las figuras, las brechas estructurales son sustanciales, persistentes y, en algunos casos, crecientes.  (...)

Nada tiene que ver el escenario que dibuja la información que acabo de presentar -y que, por supuesto, debe ser completada añadiendo otras variables de similar calado- con la presunción de que la construcción europea, en general, y la introducción de la moneda única, en particular, están avanzando por una senda convergente. La convergencia -en algunas variables nominales, sobre todo- convive con importantes divergencias estructurales. 

 La cuestión es trascendente por varios motivos. 

En primer lugar, porque invalida la tesis de que la convergencia macroeconómica y nominal, a las que hice referencia al comienzo del texto, creaban las condiciones para una convergencia estructural. La evidencia empírica demuestra que esta conexión no se ha producido.   (...)

En segundo lugar, la existencia de estas y otras fracturas nos hablan de una Europa jerarquizada, atravesada de importantes asimetrías. Este escenario nada tiene que ver con la retórica europeísta que, contra toda evidencia empírica, sostiene que la construcción europea es un juego de suma positiva donde todos ganan, sobre todo las economías más rezagadas. (...)

En tercer lugar, las disparidades estructurales ponen de manifiesto los límites y las carencias de las políticas redistributivas implementadas desde las instituciones comunitarias que, al menos en teoría, habían sido concebidas para cerrar brechas y abrir sendas convergentes. (...)

En cuarto lugar, porque pone de manifiesto el error y el sesgo de las políticas, exigidas con particular severidad a los países meridionales, basadas en la represión salarial, los ajustes estructurales y las reformas estructurales promercado. Estas políticas, lejos de contribuir a cerrar gaps, han profundizado las divergencias estructurales.


De todo lo anterior se desprende que las instituciones comunitarias deberían proceder a una profunda reorientación de las políticas económicas aplicadas hasta el momento, y también del diseño institucional que las ha sostenido. Ese viraje pasaría, entre otras cosas, por aumentar de manera sustancial la capacidad financiera del presupuesto comunitario; avanzar una agenda de transformaciones estructurales con el objetivo de renovar y modernizar, con criterios de sostenibilidad, las capacidades productivas de las economías periféricas; aliviar con carácter inmediato la carga que para ellas representa la deuda y el cumplimiento de los rígidos criterios presupuestarios impuestos desde Bruselas; y asegurar una efectiva coordinación de las políticas aplicadas por los Estados miembros y, muy especialmente, reconducir la implementada por Alemania, dando mayor protagonismo a la demanda interna."                (Fernando Luengo, blog, 02/11/19)

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