"Una constante en las propuestas de intervención de los gobiernos
españoles anteriores para resolver lo que ellos llaman el problema de “la falta de sostenibilidad de las pensiones debido en gran parte –según ellos- al envejecimiento de la población” ha sido retrasar la edad de jubilación y recortar las pensiones.
Un indicador de cambio esperanzador es que el ministro de
Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, el Sr. José Luis Escrivá, del
nuevo gobierno de coalición de izquierdas, no haya acudido a las mismas recetas neoliberales de siempre y, en su lugar, haya aconsejado que se facilite la inmigración,
ya que serían necesarias 270.000 personas inmigrantes al año hasta 2050
para garantizar la sostenibilidad del sistema de pensiones, dado
que más trabajadores equivalen a más contribuyentes a la Seguridad
Social.
Es un buen comienzo, pues además de romper con la imagen
promovida por las derechas de que los inmigrantes son una carga
indeseada, los presenta como lo que son, grandes recursos para el país.
Habría que subrayar que otras medidas también necesarias y
urgentes serían aumentar las cotizaciones a la Seguridad Social mediante
el aumento de los salarios, pues un elemento sumamente negativo durante
el período neoliberal ha sido el deterioro de estos salarios, hecho que, además de crear problemas graves de falta de demanda doméstica (el motor de la economía), ha significado también un descenso de los ingresos a la Seguridad Social,
pues esta variable depende no solo del número de trabajadores
cotizantes, sino también del tamaño de la cotización de cada uno de
ellos, lo cual está determinado en gran parte por el nivel de los
salarios.
Pero hay también otra medida, más común en los países del norte
de Europa (tradicionalmente gobernados por gobiernos de coalición de
izquierdas) que del sur de Europa, que es facilitar la integración de la
mujer en el mercado de trabajo. Precisamente una de las características
de estos países nórdicos es la de tener un elevado porcentaje de
mujeres trabajando (Suecia 80,2%, Noruega 76,5%, Finlandia 74,5%,
Dinamarca 73,9%). En España, en cambio, como en casi el resto de países del sur de Europa, es mucho más bajo (España 61%, Italia 53,1% y Grecia 49,1%).
Para hacerse una idea de lo grande que es este déficit cabe resaltar que si
España tuviera un porcentaje de mujeres trabajando en el mercado de
trabajo como el que tiene Suecia, habría 2,7 millones más de personas
trabajando (que es casi el número de parados que hay en
España), cuyas cotizaciones se transformarían en ingresos para la
Seguridad Social, aportando 16.650 millones de euros adicionales que casi cubrirían su déficit actual (18.286 millones de euros).
La necesidad del 4º pilar del bienestar: ¿qué es este pilar?
Para conseguir esto, los países nórdicos han desarrollado los servicios que ayudan
a las mujeres a integrarse en el mercado de trabajo, y que es lo que
llamé en su momento el 4º pilar del Estado del Bienestar (término que,
por cierto, ha hecho fortuna). En España tenemos un Estado del Bienestar que es como una silla de cuatro patas a la cual le falta una (ver mi artículo “El cuarto pilar del bienestar”, Público, 15.10.09, para explicar cómo surgió).
La
primera pata es el derecho a la sanidad, la segunda el derecho a la
educación y la tercera el derecho a la jubilación. Pero no tenemos la
cuarta pata: el derecho de acceso a los servicios de ayuda a las
familias (que incluyen, predominantemente, las escuelas de infancia más
los servicios domiciliarios de dependencia).
El lector permitirá que me refiera a una situación familiar que
ilustra la enorme importancia de tal pata del Estado del Bienestar.
Cuando tuve que irme de España por razones políticas en el año 1962, fui
a Suecia, donde tuve la gran fortuna de encontrar la persona que ha
sido mi esposa desde aquel año, que es sueca. Su madre, de 89
años entonces, también sueca, se rompió el fémur un día (hace unos
treinta años), algo común entre los ancianos.
La misma semana, mi madre
(de 94 años), que vivía en Barcelona, también se rompió el fémur. Ello me permitió comparar cómo Suecia y España trataban a la gente mayor. En
Suecia, mi suegra tenía derecho –por el mero hecho de ser ciudadana
sueca– a recibir cinco visitas al día de los servicios domiciliarios,
gestionados por el ayuntamiento de Estocolmo.
Una persona la despertaba por la mañana, la ayudaba en sus cuidados personales y le preparaba el desayuno; otra venía al mediodía, para preparar la comida y dársela; otra acudía por la tarde y la llevaba a pasear con un carrito y le hacía compañía; otra por la noche le hacía la cena; y, finalmente, otra a
las dos de la madrugada venía para llevarla al cuarto de baño.
Estas
cinco visitas al día se producían durante el tiempo que fuera necesario.
Y cuando una vez tuve el placer de cenar con el ministro de Sanidad y
Asuntos Sociales (ministerio al que yo estaba asesorando), este me dijo:
“Vicenç, hacemos esto por tres razones: una es que es un programa muy popular, de manera que cuando las derechas gobiernan (lo cual hacen muy de vez en cuando) -el ministro era socialista- no se atreven ni a tocarlo; segundo, es más económico tener a tu suegra en su casa que en el hospital; y tercero, creamos empleo”
(uno de cada cinco adultos en Suecia trabaja en los servicios públicos
del Estado del Bienestar, es decir, en sanidad, educación, servicios
sociales, escuelas de infancia -mal llamadas guarderías en España-,
servicios domiciliarios, vivienda y muchos otros).
La urgente necesidad de eliminar la explotación de la mujer en España y facilitar a la vez la expansión de las pensiones
En Barcelona (España), el municipio no proveía nada semejante.
Había unos servicios (con una frecuencia de una visita al día) para
personas muy pobres, y a su vez había unos servicios privados
(proveídos, en su mayoría, por inmigrantes latinoamericanos, pésimamente
pagados), aunque las empresas exigían unos precios prohibitivos por su
alto coste, con lo cual solo un sector minoritario de la población se
los podía permitir. (...)
¿Quién cuidaba de mi madre en España? La respuesta es fácil de adivinar: mi
hermana, de mi edad, lo cual muestra que los enormes déficits del
Estado del Bienestar en España los cubre la mujer, a un coste elevado,
pues esta se cuida de los niños, de los jóvenes (que viven en la casa
familiar hasta que tienen 29 años como promedio) y de los ancianos, y
además, el 61% compagina estas labores con un trabajo.
No es extraño,
pues, que las mujeres tengan tres veces más enfermedades debidas al
estrés que los hombres. La enorme explotación de la mujer queda
reflejada en esta situación. (...)" (Vicenç Navarro, Público, 21/01/20)
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