"En los últimos tiempos se han publicado numerosos trabajos sobre la
depresión que nos dan una idea de la crisis humana que vivimos. Con
ellos se intenta explicar el aumento de las personas diagnosticadas y
que va unido al consumo creciente de medicamentos, a numerosas bajas
laborales o conductas autolíticas. (...)
En La melancolía en tiempos de incertidumbre, Hermsen se refiere
al estado de ‘depresión moral’ que ha ido consolidándose junto con la
crisis del capitalismo y que ella señala como “un sentimiento más
indefinible relacionado con la alienación, el desarraigo y la fatiga
generalizada”. De esta forma, explica cómo la depresión no tiene bases
meramente individuales, a pesar de experimentarse y ‘gestionarse’ como
si se tratara de un fracaso personal, sino que su cruel padecimiento se
ha fortalecido a través de las técnicas totalitarias de un sistema de
consumo y competencia liberales que han acabado por colonizar todos los
aspectos de la vida cotidiana. (...)
El desarraigo del melancólico al que hace mención Hermsen se concreta en
la íntima vivencia de perder el mundo, de sentirse expuesto a la
intemperie de lo real sin un sentido. Es decir, en el vértigo de ese
momento de horror en que la realidad aparece en su aspecto más caótico y
absurdo. Una expulsión del mundo que nos aleja por añadidura de las
personas que nos rodean.
De modo que el Otro se convierte en alguien
completamente ajeno hasta llegar a experimentar su presencia como una
amenaza. A partir de ahí, las relaciones con los demás se asientan sobre
la desconfianza y el miedo. A esto se une el abandono de las dinámicas
clásicas de reconocimiento social, que no pueden ser sustituidas con
eficacia por las redes virtuales, además de la crisis económica y
laboral que ha disuelto cualquier ilusión de estabilidad. De esta forma,
el modo en el que estamos en el mundo acaba por escaparse de cualquier
control y anida en nuestro interior una sensación de impotencia
corrosiva que nos empuja más allá de la frustración o la ansiedad, dando
lugar a respuestas irreflexivas, egoístas y violentas.
Por eso, para
Hermsen, en la angustia de la depresión se encontraría uno de los
alimentos del fascismo entendido como la añoranza de un pasado idílico
perdido y la búsqueda de un chivo expiatorio al que culpar del propio
sufrimiento. Del mismo modo que la depresión se ceba con las personas
con menos ingresos y nivel de estudios, al haber perdido la autonomía en
el devenir de sus vidas, así el fascismo se apropia de esa melancolía
para convertirla en una agresividad mezquina. El ascenso de estos
movimientos reaccionarios va unido a la crisis del capitalismo, pero,
también, al sentimiento de impotencia apoyado en las pasiones más
tristes y ruines.
Su propuesta es la de recuperar las habilidades culturales que nos
permitían hasta hace poco integrar en nuestra existencia los
sentimientos más oscuros a través de un ejercicio racional mesurado,
consciente y creativo. De ahí que las primeras páginas del libro se
dediquen a realizar una pequeña historia de la melancolía reseñando, por
ejemplo, como Aristóteles la concebía como esa bilis negra capaz de
inspirar ideas geniales.
Para Hermsen, la melancolía debería volver a
comprenderse como un sentimiento universal que aparece en todos los
pueblos y en todos los momentos históricos. No sólo es necesaria la
eliminación del estigma que pesa sobre la persona deprimida, sino la
integración en el relato íntimo y personal de esos momentos de
melancolía como vivencias imprescindibles e, incluso, fundacionales. El
verdadero problema está en haber perdido las herramientas lingüísticas,
compartidas y creativas que nos permitían reconciliarnos con esa
tristeza al colocarla a la base de una suerte de ‘renacer’ cotidiano.
Llegados a este punto, Hermsen no intenta concretar la responsabilidad
de la psicología y su patologización de las pasiones en el deterioro de
estas habilidades, aunque sí señala directamente a Freud como el primero
que elimina la genialidad al melancólico. El padre del psicoanálisis no
sólo etiquetará a la persona atrapada en la melancolía como enfermo y
le prescribirá el pertinente tratamiento clínico, sino que le
ridiculizará haciéndole sentir culpable al indicar que sufre “delirios
de insignificancia” por lamentarse de haber perdido algo que no sabe
bien qué es.
Lo que sí constata Hermsen es el fracaso de las
distintas terapias más o menos científicas, igual que las dificultades
para determinar claramente los síntomas en el DSM o especificar los
pasos en el camino de la cura, a lo que hay que sumar la incapacidad de
los fármacos para mejorar los estados de ánimo. (...)
Ante el trémulo e incapacitante silencio descrito por la persona
deprimida, sólo hay una posibilidad de evitar la parálisis y de caer en
la patología: impedir que el pensamiento lógico se obstine en ese
‘hiperrealismo’ con el que se presenta la vivencia de la ausencia de
sentido. Y empleo el término hiperrealismo porque el melancólico abraza
la tristeza como consecuencia de haber llegado a una certeza
aparentemente positiva, racional y verdadera de que lo Real en sí no
ofrece sentido alguno. Aunque la salida que se propone es tan sencilla
como imposible, al rozar un absurdo que sólo puede ser eludido con la
distancia de la ironía.
Para Hermsen se trataría de volver a ‘hablar el
mundo’ para convertirlo en un hogar. Porque así es cómo el ser humano se
ha protegido y ha logrado cuidarse hasta ahora, dando lugar a una labor
colectiva. En definitiva, el pensamiento más racional no vale de nada
ante la herida abierta de lo Real. Su indigencia debe evidenciar las
posibilidades de otros derroteros del espíritu ligados al deseo, los
sueños o la imaginación.
En cualquier caso, la relectura de la tradición que realiza Hermsen
resulta sumamente evocadora, al igual que esa voluntad por recuperar
conceptos como la eudaimonía aristotélica entendida no como goce, sino
como un “esfuerzo constante por ser una persona mejor, vivir con
motivación y aspirar al bien para nosotros y para los demás”.
Porque esa
felicidad serena y deseante surge de un proceso de autoconocimiento
largo y complejo que no debe sostenerse en una llamada a la
responsabilidad, sino en la reinstauración de dinámicas de cuidado de
sí. El matiz es importante, teniendo en cuenta que ni en las situaciones
más extremas el suicida puede ser rescatado con ese amor al Otro
convertido exclusivamente en una carga.
El impulso que detiene la mano
levantada contra uno mismo surge de otra parte, como escribía Styron: “Y
no menos imperiosamente comprendí que no podía cometer aquel sacrilegio
conmigo mismo”. Por tanto, el cuidado de sí se retoma desde cierta
forma de orgullo o de dignidad que obliga al reconocimiento en las
propias acciones o deseos. El objetivo primero de la cura será romper
con la vergüenza y el miedo que el deprimido siente ante sí y, por
extensión, ante los demás, desplegando estrategias colectivas y
generosas.
Por eso, Hermsen reivindica a los filósofos que supieron reapropiarse de
la melancolía sin arrojarnos a la angustia y haciendo de ella un
momento de intimidad y duelo desde el que emerger renovado. Y, con la
misma elegancia, el libro reivindica el origen adolescente y personal de
esa tristeza, cuando se produce el paso del orden de lo imaginario a lo
simbólico. Es entonces cuando las personas suelen hurgar
complacientemente en esa oscuridad hasta que logran encontrar ese motor
creativo que se ofrece como única posibilidad de rescate.
A partir de
ahí, será necesario comprenderse como seres en movimiento, en constante
adaptación, alimentados por renovados sueños. Y es en este punto donde
se demora el libro de Hermsen, en el amor experimentado como un volver a
casa y un cuidado de sí, a lo que añade la idea de Hannah Arendt de la
vida como nacimiento constante, como el rebrotar de la existencia tras
cada inmersión melancólica. (...)" (María Santana Fernández , Rebelión, 02/01/20)
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