"Hay una decadencia y un declive notorio de las democracias occidentales.
No se trata sólo de un descenso a los infiernos de la calidad y
frescura de nuestras democracias. Es un hecho evidente que ahora hay mucha menos libertad que a principios de los años 80.
Hemos retrocedido décadas en términos de libertades cívicas, de respeto
a la verdad, a la justicia, a la libertad, a la igualdad. La
contraposición crítica y educada de ideas brilla por su ausencia, bien
por el conjunto vacío de la inmensa mayoría de quienes deberían activar
la cosa pública, que la han transformado en un mero espectáculo
inconexo, donde la banalidad y la frivolidad se antepone a la verdad;
y/o, simplemente, porque se imponen unos intereses de clase que, a modo
de censura, bloquean todo aquello que se mueva del paradigma dominante,
el neoliberalismo.
Digámoslo claramente, unos psicópatas desde sus
consejos de administración, con la ayuda inestimable de una cohorte de
políticos, intelectuales y periodistas mediocres, en nombre de la pasta,
han mercantilizado todos los aspectos y facetas de la vida humana,
prostituyendo nuestra democracia.
Lo peor es que el descenso a los infiernos de nuestras democracias se ha
llevado por delante las expectativas de vida de la inmensa mayoría de
la ciudadanía. Salvo la superclase, el resto de ciudadanos viven mucho peor que a finales de los años 90. Esto afecta a todas las democracias.
Aquí, en nuestra querida España –véase “Las Redes de Poder en España: élites e Intereses contra la Democracia” de Andrés Villena-; en Francia –véase “Les luttes de classes en France au XXI Siècle” de Emmanuel Todd; en Reino Unido o en los Estados Unidos –véase “The future of Capitalism: Faxing the New Anxieties” de Paul Collier o “Democracy Incorporated: Managed Democracy and the Specter of Inverted Totalitarianism”
de Sheldon Wolin. Da igual. Hay tanto una falta de oportunidades para
una gran mayoría, como un aumento de los costes de los bienes esenciales
–sobretodo vivienda-. Como corolario, nuestro nivel de vida está en
declive. El problema es que en España la ración es doble.
Lo peor es que el descenso a los infiernos de nuestras democracias se ha
llevado por delante las expectativas de vida de la inmensa mayoría de
la ciudadanía. Salvo la superclase, el resto de ciudadanos viven mucho peor que a finales de los años 90. Esto afecta a todas las democracias.
Aquí, en nuestra querida España –véase “Las Redes de Poder en España: élites e Intereses contra la Democracia” de Andrés Villena-; en Francia –véase “Les luttes de classes en France au XXI Siècle” de Emmanuel Todd; en Reino Unido o en los Estados Unidos –véase “The future of Capitalism: Faxing the New Anxieties” de Paul Collier o “Democracy Incorporated: Managed Democracy and the Specter of Inverted Totalitarianism”
de Sheldon Wolin. Da igual. Hay tanto una falta de oportunidades para
una gran mayoría, como un aumento de los costes de los bienes esenciales
–sobretodo vivienda-. Como corolario, nuestro nivel de vida está en
declive. El problema es que en España la ración es doble.
Patriotas de hojalata
El paradigma
dominante no funciona. Ya lo sabemos. Su obra más reciente, la Gran
Recesión, es un buen ejemplo de ello. Pero no cede un ápice. Ante una
visión uniforme y excluyente de la sociedad; ante una legitimación de la
desigualdad; frente al sarpullido que supone para estos psicópatas los
mecanismos de reparto; frente a una privatización escandalosa y
vergonzante de los servicios públicos; frente a la normalización de la
corrupción; frente al cambio climático, estos psicópatas muestran un desenfreno desmedido. Prometen doble taza.
Para
ello recurren, como siempre, a los macarras de la moral, los patriotas
de hojalata. Y nos llenan hojas y hojas de problemas que ellos mismos
crean, pero que son irrelevantes para la inmensa mayoría de la
ciudadanía –la guerra de banderas, el enfrentamiento entre comunidades,
el pin parental, las mentiras sobre la inmigración…- Pura distracción.
Pan y circo. Lo fundamental, la vivienda, el ascensor social, el
salario, la educación de nuestros hijos, la dignidad de las personas y
un largo etcétera pasan a un segundo plano. De ello no se habla, se
oculta, o a quien osa ponerlo encima de la mesa se le arrincona, se le
margina, se le persigue, y, en algunas “supuestas” democracias, se les
elimina.
En nuestro país la decadencia y la degradación tienen
nombres y apellidos. Tras el esfuerzo colectivo que supuso la llegada de
la democracia, el papel apasionado de muchos prohombres, de distintas
ideas y concepciones, que consiguieron, frente al ruido continuo de
sables, su consolidación, bajamos los brazos, y empezó nuestra
perdición. Las ansias de entrar en la Unión Europea,
abrazar el euro y su neoliberalismo implícito, conllevaron multitud de
efectos colaterales perversos. El más importante, la enorme corrupción y
la extracción de rentas que supuso el proceso de privatización de los
otrora monopolios naturales.
Solo ha servido para
llenar los bolsillos de los miembros de sus consejos de administración,
encarecer los precios de los servicios que ofrecen, con una calidad muy
deficiente, por cierto, siendo en muchos casos una rémora para un cambio
de modelo productivo. ¿Y qué me dicen de los programas de colaboración
público-privados? Un inmenso fraude, una extracción de rentas en toda
regla, y nuevos nichos de corrupción. No solo ha pasado en España. Si
quieren ver lo que pasó en el Reino Unido de Margaret Thatcher, lean “Privatization and Economic Performance Throughout the UK Business Cycle” de Stephen Martin y David Parker.
Un auténtico fracaso
Nuestro modelo
productivo es resultado de esas decisiones. Se sustenta en actividades
intensivas en mano de obra –turismo, burbujas, pelotazos, servicios de
bajo valor añadido…-. El Ibex 35, salvo dos
o tres empresas, es un auténtico desastre y drama para nuestro país. Lo
conforma un sistema bancario, que como en el resto de Occidente,
controla al Estado pero que depende de sus arcas para subsistir. El Ibex
35 genera muy poco valor añadido y su proceso de internalización ha
sido un fracaso rotundo, épico. Y además no invierten un carajo en los
españoles, es decir, en inversiones productivas patrias. Solo reparten
dividendos y recompran acciones. Resultado, una caída del índice desde
la entrada del siglo XXI. ¿Para cuándo un análisis crítico de todo ello?
Pero
no todo fueron sombras. Junto al Ibex 35, que, salvo 2 o 3 compañías,
son meros oligopolios extractores de rentas, surgió un sector
manufacturero patrio exportador extraordinario de la mano de auténticos
productores. Gracias a ello nuestras exportaciones no dejan de crecer
desde 1994. El problema es que, ante la inacción de nuestros gobiernos,
el capital foráneo ya no solo se adentró a controlar nuestro mercado
inmobiliario, fijando el precio de los alquileres,
sino que empezó a asaltar nuestro sector industrial exportador. Como
consecuencia las decisiones de inversión, de plantilla y de salarios se
empiezan a fijar allende nuestras fronteras.
La
contrapartida de todo este modelo productivo ha sido un endeudamiento
masivo, inicialmente privado, asociado a la burbuja inmobiliaria y al
proceso de internacionalización de nuestros prohombres del Ibex 35. Tras
estallar la burbuja inmobiliaria, al no reestructurarse el sector
bancario a costa de acreedores foráneos y no implementar las
correspondientes quitas de deuda privada, España entró en una crisis sistémica de deuda privada.
La contrapartida, ya la conocen ustedes, fue un mayor endeudamiento
soberano –algunos economistas y tertulianos siguen sin entender las
balanzas sectoriales-. La deuda creciente primero fue privada (en 2008
de los 4 billones de euros de deuda de España, 3,5 eran privada), y
ahora mixta (de los 4,1 billones, 2,4 billones son deuda privada y 1,7
deuda soberana).
Ante ello, que los macarras de la moral, los patriotas de hojalata ¡sigan
distrayéndonos con problemas inventados y superfluos! Como dice la
canción, “hay que seguirles a ciegas, y serles devotos. Creerles a pies
juntillas y darles la razón, que el que no se quede quieto no sale en
la foto...”. ¡Pues eso!" (Juan Laborda, vox populi, 20/02/20)
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