"(...) La debilidad estructural
Una de las críticas habituales, que
vienen sobre todo desde la izquierda, es que, tras años sometidos a la
austeridad, las necesidades del sistema de salud no han sido atendidas.
Los cuidados y la sanidad pública no han sido tomados en consideración
y, tras sufrir recortes, no están en disposición de afrontar la crisis con las mínimas garantías.
La falta de camas, de instrumentos adecuados y de personal serían
consecuencias de esas prácticas que ahora notamos especialmente.
Pero si la izquierda tuviera algo más de perspectiva, constataría que hemos vivido bajo la lógica de la rentabilidad
en todos los terrenos. El impulso de aumentar los beneficios y reducir
costes, sea para generar más capital o para devolver deuda, impregnó a
casi todos los sectores y así se olvidaron de lo real, en lo público y
en lo privado.
Muchas empresas, de hecho casi todas, viven en dinámicas muy diferentes a las que les reclaman sus clientes, sus ‘stakeholders’ y la sociedad misma. Pero priorizaron ganar dinero, y por eso dan peores servicios o productos de menor calidad o más caros. A los Estados les ha ocurrido igual,
se sometieron a unas lógicas que no eran las suyas, se olvidaron de lo
real, del papel que realmente debían cumplir, y esta crisis ha venido a
recordárnoslo.
No es irrelevante recordar esto, porque, irónicamente, fue lo que
convirtió a China en una potencia. La lógica de la rentabilidad
occidental vio allí una oportunidad: si las empresas producían en China,
conseguirían productos mucho más baratos, porque los salarios eran
bajísimos y las regulaciones y las normativas inexistentes, y por tanto
los beneficios aumentarían. Esa tendencia se puso de moda, dio forma a
la globalización, y trajo consigo la debilidad económica de las clases medias
y de las trabajadoras de los países occidentales, que se compensó un
tiempo vía crédito, hasta que el grifo se cerró y nos quedamos con el
desnudo descenso en nuestro nivel de vida.
En segundo lugar, produjo mercados internos más débiles en Occidente,
porque la gente tenía menos recursos para gastar y los que tenía solía
emplearlos en bienes de subsistencia; eso se compensó vía exportaciones,
pero con la realidad de la desglobalización, tampoco es la solución.
Además, puso al descubierto la debilidad de las estructuras estratégicas
de los Estados, cada vez más dependientes del exterior para casi todo,
lo que la crisis sanitaria también ha puesto de manifiesto.
Esas fragilidades no parecían importarle a nadie mientras los grandes
números económicos cuadrasen, las empresas ofrecieran dinero a sus
grandes accionistas y los fondos de inversión estuvieran satisfechos. Los chinos eran nuestros amigos
porque salían beneficiados del intercambio y además tenían un mercado
que, cuando se abriese, sería una gran oportunidad para Occidente, de
modo que todo bien.
Solo que se equivocaron también en eso. Al buscar su
enriquecimiento, concedieron a China ingentes cantidades de capital y
de conocimiento que los chinos aprovecharon de manera muy inteligente.
Utilizaron una lógica muy diferente de la occidental y trabajaron en
términos nacionales y estratégicos. Con los enormes recursos que les
fuimos entregando, China centralizó,
planificó, organizó y fue desarrollándose en áreas muy distintas. Pensó
también en cómo aumentar el nivel de vida de sus nacionales, que
entendían que era el mejor camino para estabilizar el régimen y a sus
élites. Y eso lo llevó a convertirse en la segunda potencia mundial.
La desglobalización
Fue
entonces cuando llegó lo que se ha dado en llamar desglobalización.
Mientras China se quedó con los recursos de las clases medias y
trabajadoras occidentales, todo era el simple y racional producto de la globalización feliz.
El problema ha sido cuando los asiáticos han comenzado a competir en
terrenos que restan a las grandes inversiones occidentales su
rentabilidad, como la tecnología y el 5G, y cuando han ido ganando
mercados y restándoselos a EEUU y a las élites europeas. Entonces nació
aquello que se ha denominado guerra comercial.
Y en esas estábamos cuando llegó el coronavirus, una contienda que China va ganando. La capacidad de respuesta
del régimen chino a un problema que se creó en su país ha sido
expeditiva. En el control de sus ciudadanos, como corresponde a una
dictadura, pero también en su eficacia:
concentró los recursos posibles allí donde se necesitaban, actuó
asesorándose con grandes expertos y puso los medios precisos, humanos y
técnicos. El virus surgido en Wuhan está controlado ya. Actuó como un Estado sólido.
En la época de la globalización, lo que surge en Wuhan no se queda en Wuhan.
El virus se expandió por otros lugares del mundo, allí donde la
capacidad estructural de respuesta era, como en Occidente, más frágil.
En parte por el carácter individualista de sus ciudadanos, pero sobre
todo por la debilidad de sus organizaciones y por la falta de medios y
de visión, producto de un tipo de gobierno social ligado a la lógica de
la rentabilidad en lugar de a la del bien común.
Un cambio de modelo
Ahora debemos afrontar dos crisis
inmediatas, la sanitaria y la económica, y en ninguna de las dos
nuestros dirigentes están a la altura. Para la primera, insisten en la
prevención, la disciplina social y el cambio de hábitos, algo esencial,
pero que no es suficiente. En la segunda han reaccionado de una manera torpe, cortoplacista, sin visión de futuro.
Están actuando como si esto fuera un paréntesis en la economía de
mercado que, en cuanto se solucione en unos meses, gracias a la
responsabilidad de los ciudadanos y a las medidas paliativas, nos
permitirá volver a la normalidad.
Esta creencia forma parte de la ineficacia de nuestra tecnocracia, de
los políticos que se apoyan en ella, y de los expertos económicos que no
son conscientes de que se trata de un cambio de modelo, que ya no hay
regreso porque no hay adónde volver. (...)
No, no estamos en una situación coyuntural que acabará diluyéndose
pronto, ni en lo político ni en lo económico. Este es un momento de
cambio. Todas las crisis recientes de esta magnitud, ya fuera el 11-S o
la recesión de 2008, terminaron en un escenario muy distinto del previo
(y en general, con las poblaciones occidentales perjudicadas). Con
el coronavirus ocurrirá igual: la UE, la globalización, el nuevo
reparto económico y las opciones políticas van a ser muy diferentes
después de esta crisis.
En la política, crecerán las opciones fuertes, ya sean las orientadas
hacia el liderazgo duro y un mayor control social, ya hacia un tipo de
sistema que piense en el conjunto de los ciudadanos, en fortalecer las
sociedades y en conseguir que la economía funcione para todos; se
enfrentarán la lógica de la rentabilidad, más insistente tras la
aparición de China,y la lógica del bien colectivo.
Tendremos una derecha
'antiestablishment' liberal, que crecerá más, y una izquierda en un
sentido similar que será la opción dominante en ese estrato a medio
plazo; tendremos un replanteamiento del papel de los Estados; veremos
aumentar las tensiones China-EEUU-UE; tendremos tensiones muy fuertes en la UE (no hay más que leer las reacciones en Italia al discurso de Von der Leyen), y tendremos una recomposición del orden globalizado en términos muy distintos.
El coronavirus provocará seísmos ideológicos y económicos: vamos hacia un nuevo horizonte, ese que ya apuntaba antes del coronavirus y que la crisis no va a hacer más que acelerar.
Y lo que venga se empezará a construir justo ahora, en este mismo
instante, con las medidas económicas y políticas que se tomen para
solucionar esta crisis. Esconder la cabeza pensando que escampará pronto
y que todo se resuelve con responsabilidad individual y autodisciplina
es el típico error de nuestra tecnocracia y de nuestros líderes políticos que acabaremos pagando nosotros. Viene otro mundo y no podemos ignorarlo." (Esteban Hernández, El Confidencial, 13/03/20)
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