"¿Un simple virus puede poner en solfa al mundo entero? ¿Una economía
mundial tan potente y asentada pueda estar en peligro por esa causa? ¿Se
pueden venir abajo las bolsas sólo por el efecto de la propagación de
un virus? ¿Qué está pasando y qué puede pasar, por qué tanta alarma? (...)
Sobre la epidemia, lo cierto es que todavía no se sabe bien cuál puede ser su verdadera magnitud. (...)
Diferentes estudios realizados en los últimos años sobre los efectos
económicos de este tipo de epidemias nos permiten saber algunas cosas.
Primero, que es seguro que lo que está pasando tendrá consecuencias y
costes; segundo, que su efecto final dependerá del tiempo que dure la
alarma y del frenazo de la actividad que produzca; y, tercero, que sólo
si se actuara con gran ineficacia y se alcanzara un nivel de mortalidad
ahora mismo posiblemente impensable (más 15 millones de muertos al año),
quizá se produciría un coste que comenzaría a ser más o menos
equivalente al que supuso la última gran crisis.
A pesar de eso, a mi me parece que el peligro al que nos enfrentamos
no es la difusión de un virus ni aunque este fuese mucho más letal de lo
que ahora podamos imaginar que llegue a ser el coronavirus en el peor
de los casos.
El problema grave que tenemos delante de nuestras narices y al que no
le estamos dando la importancia que tiene es la situación en la que se
encuentra el sistema en el que vivimos, el capitalismo de nuestros días.
Un sistema complejo que tiene propiedades que le hacen funcionar de un
modo muy específico.
Estos sistemas, como el capitalismo, son imprevisibles y
permanentemente inestables, y de ahí que sea muy difícil predecir cuál
será su evolución. Pero sí sabemos, sin embargo, algunas cosas
importantes sobre su funcionamiento y evolución y, sobre todo, sobre lo
que puede hacer que colapsen.
Sabemos, por ejemplo, que los sistemas complejos como el capitalismo
viven al borde o expuestos permanentemente al fallo sistémico y fatal,
que tienden constantemente a la crisis y que están siempre en peligro de
colapsar, precisamente porque su complejidad no es otra cosa que
inestabilidad y desorden.
Pero, al mismo tiempo, también sabemos que la gran probabilidad de
fracaso, de fatalidad, que acompaña a cualquier sistema complejo hace
que generen en su seno constantes y potentes elementos de protección.
Por eso pueden resultar muy seguros a pesar de ser, al mismo tiempo, muy
propensos al colapso. Precisamente por eso.
En segundo lugar, sabemos también que los sistemas complejos casi
nunca colapsan por el efecto de un solo fenómeno. Para que se produzca
un fallo total, sistémico, fatal, para que colapsen, es necesario que
concurran diferentes fallos al mismo tiempo.
Y es muy importante saber que estos sistemas funcionan siempre en
condiciones degradadas, es decir, con muchos fallos latentes que es
imposible erradicar, bien porque se desconocen, porque no compensa o
porque no se quiere asumir el coste de eliminarlos en todo o en parte.
Las consecuencias de esto que sabemos sobre los sistemas complejos
son de aplicación a lo que está pasando con la epidemia del coronavirus.
En primer lugar, que es muy difícil que resulte tan fatal como se
está creyendo. El sistema se está defendiendo del «fallo» en su
funcionamiento que supone el coronavirus con mecanismos del propio
sistema que son seguramente mucho más potentes de los que serían
realmente necesarios para evitar que se convierta en un peligro global o
letal. Y, como he dicho, es altísimamente improbable, por no decir,
imposible, que el sistema en su conjunto se vea afectado fatalmente por
un solo fallo o factor.
Pero, en segundo lugar, hay algo que es mucho más preocupante.
La epidemia del coronavirus constituye un fallo añadido en el sistema
que si se contempla linealmente puede parecer poca cosa. Pero que puede
resultar de efectos muy graves si se tiene en cuenta que su presencia
muta la condición del sistema en su conjunto porque interactúa con otros
de sus fallos latentes. Es decir, el coronavirus es realmente peligroso
no por lo que supone en sí mismo sino porque aumenta mucho la
degradación del sistema en su conjunto, en mucha mayor proporción de la
que correspondería a su aislada naturaleza de epidemia sanitaria.
A mi juicio, la extraordinaria gravedad del coronavirus no es el daño
que produciría una epidemia si se pudiera contemplar aisladamente, sino
la aceleración del efecto degradante o destructor de los demás fallos
que estaban más o menos contenidos hasta ahora.
Ya escribí hace unos meses que se estaba gestando una crisis de
muchos frentes pero que -a corto plazo- tenía tres manifestaciones o
vías de expansión principales: las bolsas, que han alcanzado una
sobrevaloración disparatada que las lleva a estallar antes o después; la
deuda en crecimiento insostenible; y el bloqueo de la oferta como
consecuencia de la continua caída de la rentabilidad del capital
material en favor del beneficio financiero.
Los problemas que puede traer ahora la propagación del coronavirus
tienen que ver justamente con esa crisis de oferta que ya en los últimos
meses se estaba produciendo en casi toda la economía mundial en forma
de una desaceleración relativamente atenuada.
Ahora, las respuestas que inevitablemente van a tener que adoptar los
gobiernos para evitar el contagio van a bloquear todavía más la oferta y
sus consecuencias van a ser varias, pero todas con algo en común:
reactivar los fallos hasta ahora latentes o adormecidos.
En primer lugar, va a disminuir la producción, se van a desarticular
los canales de suministro y distribución, van a producirse carencias de
aprovisionamiento a escala global y la crisis empresarial va a
generalizarse, disminuyendo mucho más la rentabilidad del capital que
mueve los motores de la economía productiva. La crisis de oferta va a
ser muy fuerte.
En segundo lugar, va a aumentar la deuda empresarial y la dificultad
para hacerle frente por parte de miles de empresas, especialmente por
las «zombis» que hasta ahora han estado manteniendo su actividad a base
de más deuda, pero sin generar beneficio suficiente.
En tercer lugar, el cambio de expectativas, la posibilidad de que se
produzcan quiebras en cadena y movimientos extremos por parte de las
autoridades en materia de gasto e intervención financiera, van a
producir un caos bursátil de la mano de las operaciones automatizadas,
de los algoritmos que utilizan los grandes fondos especulativos. Las
bolsas, como ya anticipé, son ahora mismo el eslabón más débil y volátil
del capitalismo, estaban a punto de saltar y el virus va a hacer que
estallen sin remedio.
En cuarto lugar, todo eso va a afectar al sector financiero que
perderá negocio solvente y frenará la financiación, amplificando los
problemas anteriores, cuando no sufriendo él mismo una nueva crisis
financiera.
En quinto lugar, la intervención de las autoridades va a ser bastante
complicada y poco efectiva porque ahora no se trata de impulsar la
demanda inyectando capacidad de gasto (que hará falta) sino de poner en
pie la oferta, y eso es mucho más difícil cuando las empresas cierran y
las redes productivas se han boqueado.
En sexto lugar, no descarto que, precisamente por el bloqueo de la
oferta, se produzca un rebrote inflacionario que pondría a los bancos
centrales ante un dilema terrible, pues estarían obligados a frenarlo. Y
entonces estará por ver cómo podrán soplar y sorber al mismo tiempo, es
decir, hacer política expansiva y contractiva a la vez.
Si no se toman medidas drásticas para evitar los contagios, si no se
aísla a la población, la expansión de la pandemia es casi segura y esa
expectativa de crisis paralizaría la actividad. Pero la cuarentena y el
aislamiento también la frenará sin remedio. No hay salida. Pero el
problema no es el virus, sino un sistema complejo en el que un fallo
aparentemente sin demasiada importancia puede reactivar otros fallos
hasta ahora latentes o medio controlados. Y es esa conjunción de
factores lo que va a crear una situación nueva y que representa un
peligro muy serio.
Si los fallos latentes diversos se hacen expresos y si su aparición
coincidente los convierte en un fallo único y estructural, nos vamos a
enfrentar a un problema económico hasta ahora desconocido en la época
del capitalismo globalizado y neoliberal.
Y las recetas que los gobiernos y las autoridades monetarias han
venido utilizando no les van a servir. Ahora tendrían que pensar «al
revés» de como lo han hecho hasta ahora desde hace décadas y eso no les
va a resultar fácil. No tienen soluciones porque ni siquiera se pueden
imaginar cuál es la naturaleza del problema que tienen por delante. De
ahí que estén desorientados y sin saber bien qué hacer.
El virus es la pequeña mariposa de la teoría del caos: el suave
movimiento que producen sus alas en una esquina del planeta se está
empezando a traducir en una tempestad a miles de kilómetros. La gente lo
intuye con más sabiduría que los políticos y economistas que siguen
creyendo que sólo se trata de tomar medidas sanitarias acompañadas de
otras cuantas económicas convencionales, cuando el peligro verdadero
está en otro lado, en los fallos estructurales del sistema que el virus
puede haber reactivado ya." (Juan Torres López, Ganas de Escribir, 13/03/20)
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