"Según datos del CIS, en diciembre de 2019 los políticos eran el segundo gran problema para los españoles, solo detrás del paro. En enero, Tezanos ha optado por disimular ese hecho,
pero los resultados han sido muy similares.
Esta falta de aceptación de
los políticos es significativa, en tanto esperamos de ellos que ayuden a
resolver nuestras dificultades, de modo que bien podríamos concluir que
el descrédito de los políticos es proporcional a la cantidad de
problemas que no se arreglan.
Sin embargo, hay algo latente en esa percepción que es importante para
entender el momento político. No se trata solo de que no haya confianza
en las personas que toman decisiones en nuestra sociedad, sino que son
percibidas como un cuerpo extraño que empeora las cosas.
Los políticos
han puesto mucho de su parte: la corrupción, la gestión
ineficaz y el alejamiento de las preocupaciones de los ciudadanos son
elementos objetivos que admiten poca discusión, pero también es
cierto que se han convertido en el chivo expiatorio de todas las
disfunciones, algo que no es ni justo ni real. La derivada, muy seria,
es el riesgo de deslegitimación del sistema, que aumenta cuanto peor se
valora a los políticos. (...)
A esa marea de fondo se han opuesto dos
clases de respuestas.
Una, que podríamos denominar sistémica, ha sido la
culpabilización del adversario: la política es buena, pero existen
políticos nefastos, que curiosamente siempre son los del lado ideológico
opuesto.
El desprestigio se niega mediante su desplazamiento, y se
utiliza instrumentalmente para atacar a los rivales. Es una tendencia generalizada en Occidente, pero en España hemos tenido demasiada retórica en ese sentido: unos afirmaban que si nos iba mal era por el Gobierno de los bolivarianos y los independentistas, y otros, que la causa de nuestros problemas era el trifachito. Muchos insultos, poca política, en definitiva.
La segunda respuesta ha sido más significativa, porque puede avanzar
algo de nuestro futuro. Quien mejor la ha representado ha sido Trump.
La lógica que animó su candidatura fue claramente 'antiestablishment', y
se apoyó en el descrédito de los políticos y los expertos
tradicionales. La idea de fondo era la siguiente: quienes han tenido
éxito en la vida están mucho más capacitados para dirigir un país que
esos expertos que se pierden en palabrería en lugar de ir a lo práctico;
quien sabe cómo gestionar lo privado sabe cómo gestionar lo público, y sabe además que para esa tarea la energía, la decisión y el no detenerse ante los obstáculos son imprescindibles;
no necesitamos más expertos que se pierden en tecnicismos y que no
hacen otra cosa que poner palos en las ruedas: se precisa gente que
resuelva las cosas. (...)
Agachar la cabeza y hacer lo mismo
El ‘establishment’ de las
democracias occidentales ha desdeñado los riesgos de este giro, y lo ha
hecho de un modo sorprendente. Su forma de defenderse ha consistido, por
una parte, en agachar la cabeza, negar los problemas y seguir adelante
con el mismo discurso; por otra, ha tratado de impedir cualquier cambio.
La campaña demócrata estadounidense
es un ejemplo exacto de este tipo de estupidez funcional. Después de
una derrota tremebunda contra Trump en 2016, su ‘establishment’ ha
apostado no solo por utilizar la misma fórmula que no les funcionó
entonces, sino por combatir ferozmente a aquellos que abogan por otro
camino. Están respaldando a Bloomberg, un multimillonario antipolítico, a un candidato que parece construido por ordenador, Pete Buttigieg, y a un exvicepresidente, Biden, que está lejos de encontrarse en su mejor momento. Pero más llamativa que su oferta es la hostilidad enorme contra Sanders, que es, por cierto, su candidato más político, y a quien están poniendo todo tipo de obstáculos. En resumen, las élites del partido demócrata se resisten a perder el poder y tratan de congelar el tiempo, como si nada hubiera ocurrido en estos últimos cuatro años.
No deja de ser llamativo cómo, en situaciones y contextos geográficos
muy diferentes, estos patrones tienden a repetirse. La política española
de los últimos años está llena de ejemplos de viejas élites que
reaccionan contra los nuevos tiempos mediante la polarización y el
control interno. El PP es uno de ellos. (...)
Esto le ha ocurrido a buena parte de
las derechas internacionales, que no quisieron ver que los tiempos eran
otros, y para cuando se dieran cuenta, o su espacio había sido ocupado
por la derecha populista o su partido se había convertido en otra cosa,
como ocurrió con los conservadores británicos y con el partido
republicano estadounidense. Y como le puede pasar al PP, cuyas élites
verían bien la reunificación de las derechas a partir de la absorción de la ideología de Vox.
En Ciudadanos, no ha sido muy distinto. Después del enorme fracaso en
las últimas elecciones, quienes controlaban el partido decidieron que
debían seguir por el mismo camino, que básicamente la estrategia que habían seguido era la correcta y que el principal problema para subsistir es la oposición interna, es decir, la lista de Igea. Ese es el malestar que Arrimadas hizo visible ante los medios.
Algo similar ocurrió en el PSOE, aunque el desenlace haya sido distinto. La pelea entre el ‘establishment’ del partido y Sánchez, que alcanzó cotas grotescas en las fechas anteriores a la investidura de Rajoy, partía de esa
misma convicción de que ellos tenían la fórmula de la victoria y el
único obstáculo para alcanzarla era la resistencia interna.
Intentaron terminar con el mandato de Sánchez y lo consiguieron, solo
que se les ocurrió preguntar a sus bases en un proceso de primarias que
creían tener más que ganado, y consiguieron que la realidad les diera un
golpe muy duro.
En otras palabras, el marco se ha repetido de manera incesante: cuando
surgieron nuevos competidores y las cosas se pusieron feas, las élites
de los partidos respondieron alejándose de la realidad y priorizando el
control interno. Un buen ejemplo de esta tendencia ha sido Podemos: cuanto más caía en las encuestas, más esfuerzos hacía Iglesias por asentar su control del partido. Ya quedan pocos, pero son fieles.
El resultado final de todo esto son políticos que centran sus
esfuerzos en el orden interno y que se alejan de sus votantes. No hay
propuestas ideológicas diferentes, no hay nuevas posiciones políticas,
no hay ideas, solo una continua repetición del pasado con más énfasis,
más vehemencia y más polarización. Como la única forma que tienen de convencer a sus posibles votantes es resaltar lo negativo de sus adversarios, las tensiones aumentan, el descrédito de los políticos también y los problemas siguen sin resolverse.
Esta
es la peculiar burbuja política que estamos viviendo en momentos que
son de importancia histórica. Los sistemas políticos están cambiando,
hay nuevas formas de autocracia en el horizonte, y la torpe respuesta
democrática a estos desafíos es defender su pequeña parcela y atacar al
disidente. Por eso lo que ocurra con Sanders es importante, ya que hay un elemento altamente simbólico en su (bastante) posible nominación.
No olvidemos que Trump dobló el brazo al partido republicano y después
al demócrata con la propuesta de hacer política con modos y medios
antipolíticos. Y quizás esta sea una lección a tener en cuenta en estos
tiempos: quizá los electorados estén demandando políticos que hagan
política de verdad." (Esteban Henández, El Confidencial, 28/02/20)
No hay comentarios:
Publicar un comentario