"Cuando terminamos la entrevista, realizada vía Skype, Azahara
Palomeque se disculpa.
“Habrás notado que no hablo muy bien. Me atasco.
Antes hablaba rapidísimo, pero ahora me tengo que parar a pensar cada
palabra.” Tras más de una década en Estados Unidos, ya no se siente
segura de su dominio del castellano, que –eso sí– todavía habla con el
acento de su Badajoz natal.
Si la sensación de ir perdiendo un idioma nativo siempre es dolorosa,
lo es más para una escritora. Palomeque (El Sur, 1986) tiene publicadas
tres colecciones de poesía, escribe reportajes en CTXT y acaba de sacar
Año 9. Crónicas catastróficas en la era Trump (Ril), un libro
en el que da cuenta, desde su experiencia personal, del desastre que es
Estados Unidos hoy.
Su diagnóstico, despiadado, va desde el maltrato
institucional de los inmigrantes hasta el colapso de los servicios
públicos, la crisis de la sanidad, la proliferación de las armas de
fuego y las carencias afectivas de los “niños bien” que acabarán
administrando la feroz economía del país. (...)
Ahora vive en Filadelfia, donde es profesora y administradora en la
Facultad de Política y Práctica Social de la Universidad de Pensilvania.
En su libro, habla de su experiencia en Estados Unidos como un exilio. ¿Qué hace que lo sea?
El hecho de que la posibilidad de volver sea mínima. Me fui en 2009,
cuando terminé la carrera y estalló la crisis. Lo que en un principio
pensaba que iba a ser una estancia temporal, solo para hacer un máster,
muy pronto resultó ser otra cosa. El mismo año que acabé el máster
ocurrió el 15-M. Entonces supe que no había vuelta atrás. Esa ausencia
del retorno marca la experiencia del exilio.
También es verdad que una
se tiene que crear una especie de genealogía para sentirse parte de
algo. Para mí, ha sido la del exilio español de la Guerra Civil, el tema
de mi tesis doctoral. Encuentro cierto consuelo en el hecho de que otra
gente pasara por una experiencia parecida, aunque a nivel político y
económico hay muchísimas diferencias.
Cuando Max Aub vuelve a visitar España en 1969, al cabo de 30
años de exilio en México, se da cuenta de que ha sido un privilegiado
comparado con sus amigos que se quedaron atrás en el franquismo. Le
choca, porque él siempre había pensado en su destierro en clave de
sufrimiento.
Es una tensión que también he sentido. En un principio era más
consciente de mi privilegio. En España mi franja de edad tenía un
desempleo de más del 50%. Mis amigos lo estaban pasando muy mal. Yo, en
cambio, me veía independiente y ganando el dinero suficiente como para
poder mantenerme. Pero con el tiempo, esa sensación de privilegio se ha
ido equilibrando. Ahora creo que pesa más la nostalgia por las cosas que
he ido perdiendo.
Mis amigos en España se han ido recolocando, han
rehecho sus vidas. Pero yo no he vuelto, no he recuperado un país. Cada
vez va pesando más la pérdida: no poder interactuar de la manera en que
interactúas con la gente en tu país, no tener una comunidad alrededor en
la que apoyarte. Acabas perdiendo rasgos de tu personalidad. En estos
tres últimos años prácticamente no he hablado español, por ejemplo. A
nivel emocional e incluso intelectual he perdido mucho.
Hablando de privilegios, parte de su exilio la pasa en el
espacio enrarecido que es la universidad de élite norteamericana,
investigando y enseñando en Princeton. De su libro se deduce que fue,
sobre todo, un periodo muy duro, para usted tanto como para todos los
demás. ¿En Princeton no hay nadie que no sufra?
La verdad es que la experiencia en Princeton fue muy distópica. A
cualquiera que se la cuentes, y que no haya vivido algo parecido, te
puede mirar con ojos raros y decirte que estás exagerando. A mí me lo
han dicho: “La gente en España estaba en las calles, en el paro, y tú
estabas en una de las mejores universidades del mundo. ¿Cómo vas a
quejarte?”
Pero el microcosmos de ese ambiente híper competitivo que es
Princeton hay que verlo para creerlo. “Aquí hay más premios Nóbel que
bares,” me dijeron antes de llegar. Y es verdad. Y no estaba
acostumbrada a ese tipo de privilegio. Mis estudiantes, sí: si tú vienes
de la escuela privada y gozas de un ambiente intelectual toda tu vida,
tienes el habitus. Sabes cómo manejar los códigos, cómo
sentarte, cómo y cuándo intervenir en una conversación y cuándo
callarte.
Pero habiendo crecido en Badajoz y con una experiencia de vida
bastante humilde, ese ambiente puede ser muy dañino. En el libro hablo
de cuestiones como la salud mental de los estudiantes. Son espeluznantes
las estadísticas sobre la incidencia de depresión y ansiedad en la
población estudiantil de este tipo de centros educativos. Además, el año
que yo entré hubo un suicidio en el departamento. Por eso, no creo que
exagere.
El microcosmos hispano que se crea en cualquier departamento de español en Estados Unidos, ¿no daba un poco de protección?
En este tipo de comunidades tan cerradas se produce un fenómeno muy
esquizofrénico. Claro, permite que una conserve la lengua nativa y hasta
cierto punto las costumbres; tú puedes ir a un bar y siempre los
hispanos vamos a ser los que hablamos más alto. Pero, al mismo tiempo,
te estás contagiando de los códigos americanos, que son los de la
institución.
Y tú eres parte de esa institución, que te está pagando un
sueldo por ser estudiante de doctorado y por dar clases también, donde
estás en contacto con alumnos americanos. Y ese conflicto entre los
códigos que uno va adoptando para sobrevivir en el ambiente americano y
los que trae de casa puede resultar un cóctel molotov bastante
explosivo.
Este libro lo ha escrito para un público lector español. ¿Ha
sido consciente de tener que traducir la realidad norteamericana e
incluso despejar ideas equivocadas sobre la vida aquí?
Desde el principio fui muy consciente de mi labor de traducción,
incluso al nivel de las palabras. Me costó muchísimo que fluyera la
escritura. Muchas veces se me colaban expresiones en inglés, que me
obligaban a parar y buscar la expresión adecuada en español. Ha habido
una lucha constante con el lenguaje.
Después, ya en otro nivel, me
interesa la voz del cronista, del corresponsal, porque hay muchísima
desinformación sobre Estados Unidos en España, donde mucha gente bebe de
la imagen que transmite la industria cinematográfica. Las cosas que una
vive como inmigrante son muy diferentes. Eso sí, escribo desde mi
experiencia personal, admitiendo que la de otra persona puede ser
diferente. Aun así, creo que la mía es bastante representativa.
Por
ejemplo, en una crónica del libro hablo de tener la sensación de que
puede ocurrir un tiroteo en cualquier momento. Siempre estoy muy alerta,
busco cuáles son las posibles salidas de emergencia, etcétera.
Hablándolo con amigos míos americanos, les pregunto si soy una
paranoica. Y me dicen que no, que sienten lo mismo. A lo mejor a un
lector español no se le ocurre que ese tipo de pensamientos sea una
experiencia normal, habitual de la vida aquí en Estados Unidos.
Entre otras cosas, su libro es un diagnóstico de Estados Unidos
hoy. Y me parece que constata dos grandes carencias: una pobreza de lo
público –no hay apenas transporte público, espacios públicos, bienes
públicos– y una gran pobreza afectiva: describe a jóvenes muy
privilegiados que, sin embargo, son unos discapacitados a la hora de
entablar cualquier relación humana. Lo que no me queda claro es si
registra esas patologías como propias de Estados Unidos –el país
protestante y capitalista que es– o si las apunta como aviso para
navegantes, porque pronostican lo que pronto será una realidad en otros
espacios, incluido el europeo.
Es verdad que esas dos formas de pobreza se dan aquí de manera
sangrante. Pero no podemos caer en la patología: además de ser de un
esencialismo brutal, significaría que no hay salida. Si la realidad es
la que es, es porque ha habido unas circunstancias históricas,
políticas, económicas que han desembocado en esto. Pero sí, un aviso
para navegantes sí que es, hasta cierto punto. En España veo cada vez
más problemas –en cuestiones de salud mental, por ejemplo– que yo
pensaba que eran exclusivos de Estados Unidos.
Dicho esto, la situación
de aquí me parece tan exacerbada que me cuesta trabajo pensar que en
Europa se pueda llegar a eso. Aun así, noto que van cambiando los
marcos. Ya tengo amigos españoles que dicen: “Ah, bueno, me han operado
de apendicitis, pero por lo menos no he tenido que pagar”. Ese
pensamiento en la España de hace diez años no se contemplaba.
Su libro es precioso, pero da pocos motivos de esperanza. ¿No
ve brotes redentores, algo que permita una pizca de optimismo? A mí,
por ejemplo, en Estados Unidos siempre me ha impresionado el nivel de
compromiso con lo cívico que representan organizaciones militantes como
la Unión de Libertades Civiles, la ACLU, con su millón y medio de
miembros pagando su cuota, y que defiende a inmigrantes y minorías del
propio Estado…
Repito: no ha sido mi intención sugerir que este país tiene una
esencia inamovible y que no puede cambiar. Pero es verdad que yo no soy
naturalmente optimista. Y muchas cosas solo han ido a peor. El problema
de la sanidad, por ejemplo, no siempre ha sido tan acuciante.
Hace 30
años la gente se podía pagar una operación sin arruinarse. También es
verdad que rayos de esperanza veo muy pocos. Hay sociedades donde hoy
existe un compromiso cívico de una protesta en las calles constantes. En
Estados Unidos, no. Aquí, donde el individualismo es muy poderoso, es
muy difícil que la gente salga a la calle a reclamar algo.
No es que a
la gente no le importen los problemas de los demás. De hecho, muchos
americanos son muy solidarios. Pero todo pasa todo por soluciones
individuales: “Voy a donar a tal organización o voy a montar mi propia
organización. Si los colegios públicos no funcionan, pues bueno, tengo
esta ONG que por las tardes les da clases de apoyo”. Pero no dicen:
“Vamos todos a la plaza, vamos a manifestarnos para que la educación
pública sea de calidad”. La gente es muy bienintencionada, pero me
parece que solo se ponen parches.
Con respecto a España y Europa, ¿es más optimista?
Sí. He estado siguiendo las huelgas en Francia, que parecen un
ejemplo poderosísimo de compromiso cívico, no sólo por la gente que
estaba en huelga en sí, sino por todo el apoyo que tenían de los que no
lo estaban. En España también creo que existe una cultura democrática
que pasa por la protesta social, por cuestiones como asambleas, cosas
que cuando yo era pequeña no existían. La crisis nos ha cambiado a
todos. Pero también hay diferencias incluso, digamos, a nivel de bar, en
la cena de Nochevieja con tus suegros.
En España las conversaciones
siempre están muy politizadas. Se habla de todo. Aquí en Estados Unidos
lo que veo es un nivel de autocensura brutal en mucha gente, en muchos
aspectos –en la familia, en el trabajo– por miedo a ofender al otro. No
se habla de política o de religión, no vaya a ser que alguien se
moleste. Pero si tú las cosas no las discutes, dejan de existir. No
tienes ni vocabulario para nombrarlas. Esto creo que es gran parte del
problema.
Lleva diez años en Estados Unidos y sin embargo sigue
escribiendo en español para españoles. ¿Habrá un momento en que se haga
con el pasaporte estadounidense e intervenga en la esfera pública de
aquí?
Hacerme ciudadana americana la verdad es que no me hace mucha
ilusión. Estos años me está ocurriendo una cosa muy curiosa porque es
como si estuviera en una fase de transición.
Ya no soy, digamos, la
española que ha venido aquí y sólo se mueve en los departamentos de
español, y actúa como si este país no existiera. Seamos honestos: esa es
la experiencia de muchísimos académicos españoles en este país. Se
benefician económicamente de las instituciones americanas que les pagan,
pero no tienen ni idea de lo que está pasando aquí. Ni les importa,
porque tienen la mirada puesta en otro sitio, en España.
Mi situación es distinta desde que decidí abandonar esos círculos y
trabajar en inglés. Y además estoy trabajando en una facultad de
políticas públicas, de política social y trabajo social, que responde a
una preocupación que tenía desde hacía tiempo. Hice voluntariado en ONGs
de inmigrantes, por ejemplo. Esto significa que me he hecho mucho más
permeable a la situación americana.
Por eso digo que las injusticias de
este país son intolerables, me cabreo muchísimo ante el hecho de que el
presupuesto de defensa sea mastodóntico, o que la gente no tenga acceso a
la sanidad, o por la permisividad de las armas, la pésima calidad de la
educación pública y otras cuestiones que discuto en el libro. Entonces
no me extrañaría nada que acabara por intervenir también en la esfera
pública aquí. No descarto que toda esa furia en algún momento salga en
inglés.
Pero por ahora sigo teniendo esta conexión con España. Intento que no
se me olvide, a través de la lengua, sea escribiendo en español para la
prensa o llevando la cuenta de Twitter. Por un lado, el hecho de que mi
instrumento de comunicación sea siempre el español es lo que me
devuelve al origen. Por otro, la mirada la tengo puesta desde hace
tiempo en Estados Unidos, que obviamente es una sociedad que me importa.
Si no, no escribiría sobre ella." (Entrevista a Azahara Palomeque, Sebastiaan Faber, CTXT, 27/02/20)
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