"(...) Esta crisis que se está incubando no augura nada bueno para los más
vulnerables a pesar de las medidas que ha anunciado el Gobierno. La
precariedad ya existía antes que el virus y casi nadie se preocupó por
ellos.
Casi nadie. Desde luego, las instituciones no han sido capaces,
por mucha voluntad que manifestaran a menudo de atenderla. Ni siquiera
de amortiguarla. Siempre había un culpable externo que se lo impedía,
según su relato. O simplemente eran las reglas del juego. Del
neoliberalismo. (...) pero que hoy, ante esta emergencia, se ha demostrado inútil y ha acabado al servicio de lo común. Y todos lo han aplaudido.
(...) existen ríos que corren bajo el asfalto, y estos días están siendo
imprescindibles para muchísima gente. Incluso para quien pensó que se
salvaría sola comprando hace una semana dos toneladas de papel higiénico
y veinte kilos de carne. Estos ríos son los movimientos sociales.
Han
estado siempre y han realizado una enorme labor en los barrios, por lo
que saben perfectamente lo que es la precariedad, la soledad, la
necesidad. En la mayoría de ciudades hace años que desde los colectivos
de barrio se paran desahucios, se organizan campeonatos deportivos en
barrios obreros o se ofrecen clases particulares y actividades gratuitas
para los más jóvenes que no pueden pagarse la academia de inglés o
apuntarse a tenis.
Estos días, toda esa maquinaria curtida también a base de palos,
ninguneos de la administración o criminalizaciones en la prensa está
dando una lección. Desde el primer día, sus grupos de Telegram empezaron
a ofrecer todo tipo de apoyo ante la presente crisis: asesoramiento
laboral contra los abusos empresariales, compras a las personas mayores
que no deben salir de casa, e incluso una red de voluntarios de apoyo
mutuo para organizar la solidaridad ante la avalancha de voluntarios.
Pero yo quería hablar de la extrema derecha. De aquellos patriotas que
se envuelven en la bandera o que muestran una enorme preocupación por la
precariedad en Venezuela. Aquellos a los que convencieron de que la
unidad de España era lo más importante y que las feministas, los
inmigrantes y el colectivo LGTBI eran su principal problema. Esta
extrema derecha global que invoca a la comunidad y a la unidad, pero
cuando realmente toca defenderla, nunca está.
Esta que, desde que se
empezó a ver la magnitud del problema del coronavirus, se dedicó a
tratar de buscar rédito político por la más que evidente mala gestión
del Gobierno en materia de prevención y reacción. Esta extrema derecha
que primero negó la magnitud del problema, como la mayoría, y que
acabaría infectada precisamente por estas mismas imprudencias que
achacan a los responsables políticos.
Si algo caracteriza a la extrema derecha desde siempre ha sido su
apelación a la comunidad. A lo que ellos entienden como tal, claro.
Jerarquizada, vertical, autoritaria. La que ante esta situación y las
necesidades que se manifiestan se demuestra que es un fraude. Porque lo
común no pasa por sus intereses más allá del marco nacionalista y
excluyente que plantean. Porque son egoístas. Porque la solidaridad les
molesta, sobretodo cuando es de clase y destapa las miserias del modelo
que defiende la ultraderecha.
El contagio de los dos principales lideres de Vox, primero Ortega Smith y
después Santiago Abascal, ha alterado su frenética y habitual
sobreexposición en las redes sociales, su terreno más sembrado. A Smith
le recordaron sus discursos xenófobos de hace un año, cuando acusaba a
los migrantes de traer enfermedades el mismo día que se conoció su
infección. Días después publicó un vídeo en sus redes haciendo deporte
en su casa tildando de 'virus chino' al covid19 y reivindicando sus
'anticuerpos españoles'. A pesar de hacerse viral, sobre todo por sus
detractores (que es lo que pretendía), el tuit fue borrado tras
publicarse una advertencia de la embajada china en España acusándolo de
racista. La ultraderechita cobarde.
No quería hablar de partidos ni de instituciones sino de movimientos sociales. Publiqué un tuit
en el que advertía de la ausencia de la extrema derecha en las redes de
apoyo comunitario que estamos viendo estos días y de las que hablaba al
principio. Y es que aquí es donde ellos nunca han estado, y donde la
izquierda siempre ha sido fuerte. Por una razón muy sencilla: la extrema
derecha es el doberman del neoliberalismo. El poli malo del sistema.
El
perrito faldero de las élites y de los señoritos de toda la vida. Son
darwinistas sociales. Piensan que quien tiene una situación precaria es
porque no se lo ha trabajado suficiente. Porque el sistema funciona y el
Estado es un lastre, sobretodo los servicios públicos. Así lo
manifestaba el diputado de Vox Ignacio Garriga en una entrevista a la
revista Reacción Médica: “La sanidad universal y gratuita es una lacra”. (...)
No hay bandera ni proclama patriótica que domestique a esta izquierda,
incluso a la que también vota a los que hoy gobiernan. Siempre ha sido
crítica y no se esperaría otra cosa de ella, aunque gobiernen los menos
malos. Mientras la mayoría de la ciudadanía pedía el aplauso diario al
personal sanitario y contra los recortes, la ultraderecha fracasaba en
su convocatoria de sacar banderas y poner el himno de España en los
balcones. Quizás por esto, tardaron al menos dos días en exhibir
mensajes de apoyo a los profesionales que trabajaban frenéticamente
estos días por la salud de todos y todas. También en los servicios
públicos que ellos detestan y que eliminarían si gobernaran.
Esta izquierda que no gobierna, que critica al gobierno y que saca
las vergüenzas constantemente a la extrema derecha y al neoliberalismo
es precisamente la que está estos días dando ejemplo de sentido
comunitario, de solidaridad y de empatía. Son los ríos subterráneos que
siempre estuvieron y que hoy brollan y se visibilizan como nunca. Son
ese tejido social alternativo, ajeno a las instituciones, crítico con
estas siempre, el que hoy también ha demostrado estar combatiendo en
primera línea las carencias del Estado y las administraciones y la ley
del más fuerte del neoliberalismo.
Es la que pide más recursos
para la sanidad pública, más medidas para evitar la explotación y los
abusos a los trabajadores en estos tiempos revueltos; la que para
desahucios y la que denuncia las políticas de extranjería que
vulnerabilizan aún más las personas migrantes.
Mientras, la
extrema derecha sigue en su búnker. Casualmente, a las seis horas de
publicar mi tuit remarcando la ausencia de la extrema derecha en esta
crisis, la cuenta oficial de una delegación de Vox publicaba el anuncio
de un servicio de “atención telefónica” para gente que esté sola y
quiera hablar con ellos. O para hacer la compra. Varios días después de
que esto lo lleve haciendo esa “extrema izquierda” que amenaza a España.
Y es que la ultraderecha no tiene movimientos sociales capaces
de realizar la labor de la que hablamos. Porque su misión es perpetuar
las desigualdades. De género, de raza, de clase. Esto es el
neoliberalismo. Y ellos sus guardianes. Por mucho que ahora, bajo esa
pátina de caridad pretendan hacernos creer que se preocupan por el
pueblo." (Miquel Ramos, El Salto, 18/03/20)
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