"El nazismo ha vuelto por sus fueros, es un hecho. (...)
Hemos visto a niños temblando de frío entre montañas de basura. Hemos
visto cargas policiales contra mujeres y ancianos indefensos que
llenaron de un orgullo a unos cuantos malnacidos. Hemos visto en llamas
instalaciones del ACNUR en Skala Sikamineas.
Hemos visto campamentos
desmantelados a porrazos entre nubes de gas tóxico. Hemos visto hordas
de bestias apaleando a refugiados, a cooperantes y a periodistas
indefensos. Hemos visto arder el centro social de refugiados Onne Happy
Family en Lesbos, que contaba con una guardería, una cafetería, un
colegio, una enfermería y una escuela de la ONG Ajedrez sin Fronteras.
Hemos visto durante décadas volver a alzarse los brazos en alto y ondear
las consignas del racismo y nos lo hemos tomado a broma.
La broma ha
durado ya demasiado tiempo y ahora asistimos a una oleada de turismo
neonazi que llega a Lesbos desde Alemania, Austria, Francia y Gran
Bretaña para cebarse en los más débiles y desprotegidos, en esa
humanidad centrifugada por las guerras y hambrunas de África y de
Oriente Medio.
Desde tiempos inmemoriales, la historia europea se ha movido entre esos dos polos, civilización y barbarie (...)
Europa siempre ha temido las llamas y la destrucción que venían de
fuera, de Oriente, del Norte, de más allá del mar, sin comprender que
las llamas y la destrucción también estaban dentro de sus propias
fronteras, implícitas en el dominio que impusieron a sangre y fuego
sobre gentes y etnias de las que no queda memoria alguna, los imperios
que forjaron a fuerza de terror, llantos y cadenas. Ese es el monstruo
al que nos enfrentamos ahora, el de nuestra avaricia ancestral (...)
Los bárbaros están donde siempre estuvieron y en Lesbos, la isla del amor, se entona por enésima vez el canto fúnebre de Europa." (David Torres, Público, 09/03/20)
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