"(...) C.J. Polychroniou: Noam, la
epidemia de la nueva enfermedad del coronavirus se ha propagado a la
mayor parte del planeta, y Estados Unidos tiene ya más casos que
cualquier otro país, incluyendo China, donde se originó el virus.
¿Cree que es una evolución sorprendente?
Noam Chomsky: La escala de la
plaga es sorprendente, impactante diría yo, pero no su aparición.
Ni el hecho de que Estados Unidos esté teniendo la peor respuesta
ante la crisis.
Los científicos llevan años
avisando de la aparición de una pandemia, insistiendo en ello desde
la epidemia de SARS de 2003, causada también por un coronavirus,
para la cual se desarrollaron vacunas que no pasaron de la fase
preclínica.
Ese era el momento de empezar a poner en práctica
sistemas de respuesta rápida que nos prepararan para otra epidemia y
guardar la capacidad de reserva que pudiera necesitarse. También se
podrían haber puesto en marcha iniciativas para desarrollar defensas
y modos de tratamiento para una probable reaparición de un virus
relacionado.
Pero los avances de la ciencia no
son suficientes. Tiene que haber alguien que tome decisiones. Y esa
opción se ve obstaculizada por la patología del orden
socioeconómico contemporáneo. Las señales del mercado eran
evidentes: la prevención de una catástrofe no produce beneficios.
El gobierno podría haber intervenido, pero lo impide la doctrina
imperante: “el gobierno es el problema”, nos dijo Reagan con su
sonrisa radiante, lo que significaba que es preciso delegar la toma
de decisiones, aún más, al mundo empresarial, comprometido con la
obtención de beneficios y libre de la influencia de quienes deberían
preocuparse por el bien común. Los años siguientes inyectaron una
dosis de brutalidad neoliberal al orden capitalista sin restricciones
y a la retorcida forma de mercado que desarrolla.
La gravedad de la patología se pone
en evidencia a través de uno de sus fallos más dramáticos (y
letales): la falta de respiradores, que constituye uno de los
principales cuellos de botella a la hora de enfrentarse a la
pandemia. El Departamento de Salud y Servicios Sociales anticipó el
problema y contrató a una pequeña empresa para que fabricara
respiradores baratos, fáciles de usar. Pero intervino la lógica
capitalista.
La empresa fue adquirida por una gran corporación,
Covidien, que marginó el proyecto y “en 2014, sin haber entregado
ningún respirador al gobierno, la dirección de Covidien comunicó a
funcionarios del instituto [federal] de investigación biomédica su
deseo de rescindir el contrato, según tres antiguos funcionarios
federales. Los
directivos se quejaron de que el contrato no era lo bastante
beneficioso para la compañía”.
Es una verdad que no admite duda.
Pero entonces intervino la lógica
neoliberal, que dictó que el gobierno no podía intervenir para
salvar el enorme fallo del mercado que ahora está creando el caos.
Tal y como argumentó muy diplomáticamente el New York Times,
“la paralización de la iniciativa que pretendía crear un nuevo
tipo de respirador barato y de fácil uso pone de manifiesto los
peligros de subcontratar a empresas privadas proyectos con grandes
implicaciones de salud pública; su foco en la obtención del máximo
beneficio no siempre está en consonancia con el objetivo del
gobierno: estar preparado para una futura crisis”.
Dejando a un lado la reverencia
ritual al bondadoso gobierno y a sus loables objetivos, el comentario
no deja de tener razón. Podríamos añadir que el foco en el máximo
beneficio tampoco está “siempre en consonancia” con la esperanza
de “supervivencia de la humanidad”, tomando prestada la frase de
un informe
eliminado del JPMorgan Chase, el mayor banco de
Estados Unidos, en el que se advertía de que “la supervivencia de
la humanidad” estaba en peligro de seguir el rumbo actual, al que
contribuía las inversiones del propio banco en combustibles fósiles.
Así que Chevron canceló un proyecto de energía sostenible rentable
porque obtenía más beneficios destruyendo la vida en la Tierra.
ExxonMobil ni se planteó una inversión de ese tipo porque antes
habría realizado cálculos de rentabilidad más precisos.
Y era totalmente lógico, según la
doctrina neoliberal. Como nos explicaron en su día Milton Friedman y
otras luminarias neoliberales, la tarea de los directivos de las
grandes empresas es maximizar los beneficios. Cualquier desviación
de esta obligación moral destruiría los cimientos de la “vida
civilizada”.
En todo caso, nos recuperaremos de
la crisis del Covid-19, pagando un precio importante y posiblemente
terrible, especialmente para la población más pobre y vulnerable.
Pero no nos recuperaremos del deshielo de la banquisa polar y de
otras consecuencias devastadoras del calentamiento global. También
en este caso la catástrofe será producto de un fallo del mercado,
en este caso de proporciones verdaderamente demoledoras. (...)"
(Entrevista a Noam Chomsky,
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