"En los últimos años, el panorama de lo que podría llamarse el
pensamiento progresista se ha convertido en algo parecido a un
supermercado. En lugar de haberse generado una propuesta omnicomprensiva
para una sociedad compleja como la del capitalismo de nuestros días,
han proliferado multitud de respuestas parciales, especializadas y
centradas en dimensiones concretas de los problemas comunes. (...)
Sin haber sido capaces de generar un pensamiento alternativo
omnicomprensivo y completo capaz de dar soluciones a los problemas
complejos y globales de nuestro tiempo y no sólo a algunos concretos,
las izquierdas se han dividido en multitud de corrientes que, a su vez,
se reproducen como las estrellas de mar, por fragmentación, y que
marchan cada una por su lado abrigándose intelectualmente con un ropaje
ideológico hecho a su medida y particular, de modo que sólo puede
utilizarlo quien tenga su propia y exclusiva hechura.
Viene esto a cuento porque ahora que nos encontramos ante un nuevo
problema económico complejo, a las puertas de una crisis nacional y
mundial de dimensiones todavía imprevisibles, como resultado no sólo de
la pandemia sino del contexto en el que se produce, se vuelve a caer en
el error de creer que soluciones segmentadas y parciales, singulares,
pueden resolver los problemas complejos y multidimensionales como el que
tenemos por delante.
En concreto, me refiero ahora a la idea, cada vez más difundida, de
que la puesta en marcha de una renta básica -universal o no- es la
solución a todos los problemas que plantea la crisis económica que ya ha
empezado a producir la pandemia.
No he parado de decir, desde que se advirtió la gravedad del
problema, que es fundamental que se garantice cuanto antes el ingreso
que miles de personas están perdiendo o van a perder en cuanto que se ha
decretado el confinamiento y, por tanto, la inactividad productiva.
Si se permite que se queden sin ingreso suficiente, no sólo sufrirán
carencias vitales inadmisibles al no poder adquirir bienes esenciales
para su supervivencia (algo ya de por sí inaceptable) sino que eso se
traducirá, a su vez, en pérdida de ingreso de las empresas que los
producen o distribuyen, creándose así un círculo vicioso infernal.
Para evitar esa situación sólo hay dos soluciones posibles: que se
suspenda el pago de algunos de los gastos a los que han de hacer frente
(aunque eso deja sin ingreso a empresas, como acabo de decir) y que el
Estado les compense la pérdida de renta que hayan sufrido.
En una situación de emergencia como la que vivimos, creo que la forma
de realizar esa compensación es lo de menos, con tal de que sea la más
rápida, la que garantice que llega realmente a quien lo necesita y que
lo haga con la menor exigencia de liquidez posible puesto que, como diré
enseguida, hay otros problemas que atender. Entrar en una discusión
sobre el nombre que tenga la medida me parece sencillamente
irresponsable.
Puesto que determinar quién necesita y quién no esa ayuda lleva un
tiempo y obliga a poner en marcha un aparato administrativo engorroso y
muy difícil de movilizar en situación de confinamiento, quizá lo mejor
sería que el Estado entregase una cantidad determinada a todas las
personas y que en unos meses se saldara esa entrega, reclamando la
devolución a quien tuviera una renta o riqueza superior al estándar
establecido. Varios economistas de diferentes corrientes están
planteando diversas fórmulas en esta línea.
No he parado de decir, desde que se advirtió la gravedad del
problema, que es fundamental que se garantice cuanto antes el ingreso
que miles de personas están perdiendo o van a perder en cuanto que se ha
decretado el confinamiento y, por tanto, la inactividad productiva.
Si se permite que se queden sin ingreso suficiente, no sólo sufrirán
carencias vitales inadmisibles al no poder adquirir bienes esenciales
para su supervivencia (algo ya de por sí inaceptable) sino que eso se
traducirá, a su vez, en pérdida de ingreso de las empresas que los
producen o distribuyen, creándose así un círculo vicioso infernal.
Para evitar esa situación sólo hay dos soluciones posibles: que se
suspenda el pago de algunos de los gastos a los que han de hacer frente
(aunque eso deja sin ingreso a empresas, como acabo de decir) y que el
Estado les compense la pérdida de renta que hayan sufrido.
En una situación de emergencia como la que vivimos, creo que la forma
de realizar esa compensación es lo de menos, con tal de que sea la más
rápida, la que garantice que llega realmente a quien lo necesita y que
lo haga con la menor exigencia de liquidez posible puesto que, como diré
enseguida, hay otros problemas que atender. Entrar en una discusión
sobre el nombre que tenga la medida me parece sencillamente
irresponsable.
Puesto que determinar quién necesita y quién no esa ayuda lleva un
tiempo y obliga a poner en marcha un aparato administrativo engorroso y
muy difícil de movilizar en situación de confinamiento, quizá lo mejor
sería que el Estado entregase una cantidad determinada a todas las
personas y que en unos meses se saldara esa entrega, reclamando la
devolución a quien tuviera una renta o riqueza superior al estándar
establecido. Varios economistas de diferentes corrientes están
planteando diversas fórmulas en esta línea.
Pero lo importante es no caer en el error de creer que de esta manera
se resuelve todo el problema económico que plantea esta crisis.
Garantizar la renta de las personas es fundamental como vengo
diciendo, pero es solo una rueda del carro que hemos de poner de nuevo
en movimiento cuando acabe esta fase de confinamiento.
Si ponemos dinero en el bolsillo de la gente estaremos garantizando
que mantenga su capacidad de compra, pero resulta que el problema que
tenemos ahora es que, aunque tuvieran garantizada esa renta, la mayor
parte de las empresas en donde podrían gastarla no están en
funcionamiento. Y lo grave es que, si esta situación de cierre de
empresas obligado por el confinamiento se prolonga durante unas semanas
más, miles de ellas van a cerrar para siempre, provocando un desempleo
masivo y en tan poco tiempo que hundirá nuestra economía en una
depresión quizá nunca vista en nuestra historia.
Por lo tanto, es imprescindible que nos demos cuenta de que no basta
con una renta garantizada, básica o como se la quiera llamar, para las
personas, sino que es igualmente necesario garantizar la renta que
perciban las empresas y los trabajadores autónomos para que puedan
sobrevivir en este periodo de cierre.
El mecanismo utilizable para ello ha de tener las mismas
características que el de la renta garantizada para las personas. Debe
ser lo más inmediato posible, debe ser cierto, llegar a todas las
empresas que lo necesitan y consumir la menor liquidez posible.
El gobierno está yendo en esa línea, pero no avanza todavía con la
certeza, con la rapidez y con la cuantía que son imprescindibles, sobre
todo, porque no cuenta con la ayuda necesaria de las instituciones
europeas.
Leemos que en Italia ya hay alrededor de tres millones de personas
con problemas para alimentarse. En España tenemos docenas de barrios con
rentas ínfimas, vamos a tener miles y miles de personas que van a
quedarse sin ingresos y ya hay muchísimos empresarios o trabajadores
autónomos que están empezando a encontrarse literalmente en las últimas,
al límite.
No se trata de agobiar, como coloquialmente se dice, al gobierno.
Sólo quiero llamar la atención sobre la urgencia y la imperiosa
necesidad de ser ejecutivos y, sobre todo, de transmitir con hechos la
seguridad de que no se va a dejar caer a nadie, algo que hasta ahora
desgraciadamente no se está consiguiendo.
Soy plenamente consciente de que poner en marcha fórmulas de apoyo a
las personas y a las empresas y autónomos del tipo de las que he
comentado cuesta mucho dinero. Pero una vez más hay que decir que todo
el que gastemos ahora en esto será mucho menos de lo que nos costaría
pasado mañana no haberlo gastado en estos momentos. Si Europa no ayuda,
porque es esclava de la insolidaridad y el cinismo de Alemania y Holanda
y del fundamentalismo ideológico de sus dirigentes, tendremos que
salvarnos por nuestra cuenta. Sea como sea y cueste el dinero que nos
cueste. La alternativa de no hacerlo o de dejar pasar el tiempo es peor y
mucho más cara." (Juan Torres López, La tramoya, Público, 01/04/20)
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