"(...) La UE defiende, como si fuera una ley de la naturaleza, un modelo
neoliberal moderado, aplicado en los años ochenta, planificado
espartanamente a través del plan de estabilidad y de “crecimiento”, y
grabado a fuego en el Tratado de Lisboa. (...)
Algo tan minúsculo y pertinaz como la Covid-19 ha venido a desvelar
la fragilidad conjunta europea.
Primero: falta de previsión para
solucionar básicos problemas de abastecimiento sanitario, que nos
devuelve imágenes de cada país corriendo hacia China a la búsqueda de
mascarillas, medicamentos y respiradores, consecuencia directa de la
desindustrialización que se nos presentó como medida inevitable estas
últimas décadas en nombre de una Europa de servicios. Alto precio
humano, dicho sea de paso, pagado a las deslocalizaciones.
Segundo:
reacciones nacionalistas, perfectamente comprensibles, frente al
silencio de la Comisión durante las primeras semanas de la invasión
pandémica.
Tercero: miserable abandono de los países del sur por parte
de los del norte, que provocará un rotundo enfrentamiento entre ellos, y
que concluirá seguramente con una suerte de mecanismo europeo de
emergencia, al precio del sometimiento de los países del sur, pero no
resolverá los defectos estructurales de que adolece el proyecto
económico global.
Pedro Sánchez, con arrojo, intenta negociar las
mejores condiciones normativas de uso de esta herramienta; pero, como
solución del momento, será un compromiso amargo.
Europa se encuentra, pues, al borde del precipicio por falta de
voluntad de renovación de su proyecto global; sobrevive solo por fuerza
de inercia. Y ya es hora de hablar claro: salvo una refundación que
privilegie el crecimiento y la solidaridad social, el proyecto vigente
conduce ineluctablemente a una ruptura sistémica de la Europa de hoy.
Cobrarán fuerza los argumentos a favor de una Europa con dos o más
velocidades. ¿Es, tal vez, lo que buscan algunos países del norte
europeo?" (Sami Naïr, El País, 30/03/20)
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