"(...) Los años veinte occidentales de este siglo están marcados por la
aparición de China. El elemento ideológico está mucho menos presente que
en el pasado, porque el capitalismo de Estado de corte dictatorial como
forma de gobierno no es algo que los chinos quieran extender (aunque es
probable que se adopte 'motu proprio' por sus rivales).
Sin embargo, su papel como gran potencia y su necesidad de mantener y
ampliar aliados y mercados, en el momento en que EEUU ha decidido romper
la baraja global, sí serán relevantes, porque cada vez será más frecuente el “o con ellos o con nosotros” sin ambigüedades. (...)
La segunda gran potencia va a jugar el papel de fantasma en la máquina en los regímenes internos occidentales que antaño desempeñó la URSS, aunque por otros caminos.
En ese momento global estábamos cuando llegó la pandemia, nuestro equivalente a la Gran Depresión, que acelera las tensiones
y contradicciones ya existentes. Nada va a ser igual para Europa
después de esto, y más aún en la medida en que si se toman las mismas
medidas que en el pasado para afrontar la crisis, los efectos van a ser
muy diferentes.
Esto no es 2008, es un punto de inflexión.
Ambas cosas juntas, la irrupción de China, y con ella el inicio de la
desglobalización, y este gran apagón (es decir, el factor externo y el
factor interno), nos dirigen hacia un nuevo escenario. (...)
En este momento crucial, nuestros intelectuales y expertos de referencia han entrado en hibernación, en el mejor de los casos.
(...) lo que encontramos es una particular cerrazón, el continuo regreso al pasado, la negativa a analizar en serio nuestras debilidades.
Esta actitud tiene varias expresiones. La más frecuente, la que va
revestida de responsabilidad, reconoce los problemas, insiste en que
serán necesarias reformas, y añade grandes palabras, como empatía,
solidaridad, cooperación, compromiso, internacionalismo o conceptos
semejantes, dirigidas a generar consuelo y esperanza en el futuro. (...)
La otra versión es más agria, y da la razón a los que mandan mediante la
culpabilización de los perdedores. En los expertos económicos es muy
habitual, y todo lo que ocurre es responsabilidad nuestra: si no hay
material sanitario o si no hay músculo económico para afrontar el
futuro, es porque hemos sido malos
y no hemos hecho los deberes, y por tanto es razonable que paguemos las
consecuencias.
De sus apelaciones a Alemania y Holanda como los campeones que tienen todo el derecho a su Brexit ya hemos hablado antes; y sus argumentos sobre cómo las crisis son culpa nuestra por habernos endeudado con teles de plasma también. Lo cual tiene su ironía en un momento como este (...)
Rebajando un peldaño, esa culpabilización tiene una traducción en
términos nacionales, que ocurre en casi todo Occidente, y que aquí
todavía es más cruenta, como es la responsabilización del contrario
político de los males presentes. Lo mismo de siempre, pero más. La
pandemia, en lugar de acabar con esa actitud, al menos temporalmente, la ha reforzado y todos utilizan la coyuntura para atacar a los rivales.
Sánchez e Iglesias son los verdaderos responsables, o el nacionalismo español, o Díaz Ayuso y el PP. A quienes aprecian las soluciones sencillas a problemas complejos les encanta: se invoca el bolivarianismo o el fascismo y debate zanjado. Lo mismo si cambiamos a Sánchez por Casado (o por Abascal o Errejón) la pandemia desaparece y la crisis no tendrá lugar.
Esa incapacidad de pensar en términos estructurales, de analizar las
causas en su sentido más profundo, que hace mucho más difícil ofrecer
soluciones que tengan validez y sentido, es necesaria en estos
instantes. Y para eso debemos ser conscientes de que lo que ha fallado
con el coronavirus es el frente interno.
Y si ha salido mejor, no es por las acciones sanitarias y económicas acertadas que haya podido tomar el régimen de Xi Jinping, sino por nuestra debilidad.
No nos fijemos en China, sino en nosotros. El virus ha irrumpido
brutalmente en sociedades que eran muy frágiles y que carecían de
capacidad de respuesta frente a hechos imprevistos.
La Reserva Federal aseguraba
que más del 40% de los estadounidenses no estaba en situación de
afrontar un gasto adicional de 400 dólares, y es un buen ejemplo de
nuestra situación general.
En sociedades ya muy presionadas, gastar un poco más resulta muy difícil, y ocurre en todos los estratos:
el virus nos ha pillado con las defensas muy bajas, con una sanidad
endeble que necesitaba muchos más recursos instrumentales y humanos (y
en la emergencia, ni los teníamos ni los hemos podido conseguir a
tiempo); hay muchas personas con dificultades para llegar a fin de mes, y
este esfuerzo adicional les costará caro, al igual que a muchas
pequeñas empresas que hacen equilibrios en el alambre y a grandes
compañías zombis; los Estados, y el nuestro es uno de los peores en
Europa, tienen poco margen para incrementar el gasto sin sufrir en unos
meses ataques graves; la UE estaba sufriendo tensiones internas y el
virus no ha hecho más que multiplicarlas, y así sucesivamente. Había poco margen para responder, y cuando el imprevisto ha sido grande, nos ha sumido en un apagón enorme.
Si reconocemos esto, podremos encontrar una salida. (...)
Y lo que menos arregla las cosas es esa insistencia en desplazar los problemas y señalar a Orbán, a China o la extrema derecha. Al igual que echar la culpa a Pablo Iglesias es algo que empeora las cosas,
porque significa que no nos estamos centrando en lo crucial, qué va mal
en nuestro sistema y cómo arreglarlo. Son los chivos expiatorios que se
sacrifican para no cambiar nada. Pero son la consecuencia, no la causa. (...)
Es ahora cuando necesitamos otros intelectuales, otros expertos. Esta es una época dura, y hacen falta pensadores duros, es decir, que miren los problemas de frente, que no se escondan tras una ortodoxia que ya no sirve. (...)
Estamos en un punto de inflexión que hará que todo ese pensamiento
blando vaya desapareciendo, lenta pero incesantemente, en especial
porque lo devorarán aquellas nuevas fuerzas que su ceguera ha ido favoreciendo. Ocurrió con China, con Trump, el Brexit y con la extrema derecha, y siguen anclados en él.
No obstante, como nos indican las experiencias históricas recientes, se tardará en saber el destino final de esta transformación.
Así ocurrió en Alemania hace un siglo: la ruptura del ‘statu quo’ no la
trajo la República de Weimar, sino la segunda ola, el nazismo, que
tardó años en cuajar.
Y lo mismo en términos temporales sucedió en EEUU:
tras la Gran Depresión, hubo que esperar cuatro años para que su
'establishment' fuera sustituido, e incluso algo más, después de la
llegada de Roosevelt, para que el cambio real se instalase. Una
transformación que habría sido impensable sin la cantidad de talento
intelectual que peleó contracorriente durante años y en el que Roosevelt
se apoyó para lograr el apoyo popular y alterar el rumbo de EEUU.
El
cambio va a llegar, porque ya estaba llegando antes del coronavirus.
Solo nos queda saber en qué dirección se producirá. Y, en esencia, hay
dos posibilidades: o vivimos en sociedades a las que, por seguir con el ejemplo, un imprevisto de 400 euros las quiebra, o cambiamos de rumbo y
forjamos sociedades más estables, con mayor nivel de bienestar, mucho
más robustas económicamente y más cohesionadas entre sí.
No podemos
seguir en sociedades que apenas producen, que viven pendientes
de las recompras de acciones y del dividendo para los accionistas, que
se dedican a sostener precariamente el bienestar financiero, que viven
en un europeísmo que solo funciona para las obligaciones, que hacen más fuertes a los fuertes y más débiles a todos los demás. Esa, no obstante, será la salida más probable de esta crisis, la inmediata, pero hace falta otra. Hemos tenido ya bastante idealismo, sed responsables." (Esteban Hernández, El confidencial, 01/04/20)
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