"(...) la Europa contemporánea está dividida por una sola palabra, presunta piedra angular de la Unión Europea: la solidaridad.
Un genio maligno que quisiera maximizar la desunión europea no hubiera
podido calibrar mejor el daño que la COVID‑19 le hizo a Europa. En
Italia (que una década después de la crisis del euro sigue siendo la
economía más afectada de la UE, con el potencial de crecimiento más
reducido, la mayor deuda pública, el menor margen de maniobra fiscal y
el entorno político más frágil), la pandemia provocó una cifra de
muertos terrible, y la posterior implosión económica extenderá todavía
más el sufrimiento.
Asimismo, España, cuyo pueblo soportó después de la
crisis del euro niveles terribles de desempleo y desahucios
desgarradores, se ha vuelto epicentro del coronavirus. En cuanto a
Grecia, si bien la cifra de muertes ha sido felizmente baja, la caída
del ingreso por turismo del que depende la economía se suma a una década
de crisis que ya nos hundió en una depresión insoportable.
En tanto, los países con finanzas más sólidas han sufrido menos daños en los frentes sanitario y económico.Cuando el brote en Europa empeoró, nueve jefes de gobierno de la eurozona pidieron la emisión
de «coronabonos», para que haya un reparto europeo más parejo del
endeudamiento adicional que necesitarán los gobiernos en sus intentos de
reemplazar la pérdida de ingresos privados.
A diferencia de Japón, el
Reino Unido y Estados Unidos, Europa no tiene un banco central que pueda
financiar directamente a los gobiernos afectados, de modo que la
emisión de eurobonos serviría para que la carga de las nuevas deudas no
caiga sobre aquellos que menos capacidad tienen de soportarla.El
concepto de emitir eurobonos no es ni nuevo ni complicado. La novedad es
que en esta pandemia se lo presentó como una cuestión de solidaridad
con los países meridionales afectados.
Pero (como algunos anticipamos
antes de las cruciales reuniones del Eurogrupo de ministros de finanzas
de la eurozona) era una propuesta destinada al fracaso.
La explicación de lo sucedido es sencilla. Los nueve jefes de gobierno
apostaron a que presentar los bonos como la materialización financiera
de la solidaridad europea sería un argumento indiscutible, pero
apostaron mal.
Mucho se ha hablado de la feroz resistencia a los
eurobonos de Wopke Hoekstra, el ministro de finanzas neerlandés, que en
la reunión se opuso a cualquier idea que implicara emisión común de
deuda europea, por pequeña que fuera. Una mayoría de comentaristas al
oeste del Rin y al sur de los Alpes acusaron a Hoekstra de ser un
noreuropeo desalmado para quien la solidaridad nada significa. La
división geográfica y emocional de Europa nunca había estado tan clara.
El
problema es que Hoekstra tiene razón: la solidaridad es un mal
argumento para la emisión de eurobonos o para cualquier otra forma de
mutualización de deudas. Al ver personas o comunidades que sufren puedo
sentirme obligado a darles dinero, ofrecerles refugio o concederles un
préstamo cuantioso con condiciones flexibles que ningún banco les daría.
Eso es solidaridad. Pero la solidaridad no me obliga, ni puede
obligarme, a endeudarme con ellas.Al apelar a la solidaridad como
argumento para los eurobonos, los nueve jefes de gobierno perdieron la
discusión antes de empezar. Juan no tiene derecho a exigir que María,
por solidaridad, vaya al banco y saque un préstamo con él. María tiene
todo el derecho a negarse, y hasta Juan se dará cuenta de que no hay en
ello injusticia alguna.Así que el Eurogrupo descartó los eurobonos.
En
su reemplazo, se ofreció a los países afectados ayuda directa por valor
de 27 700 millones de euros (30 100 millones de dólares, o sea el 0,22%
del ingreso de la eurozona) y préstamos por un volumen inferior al
billón de euros.Los críticos de los «frugales» gobiernos noreuropeos
señalan algunas disparidades asombrosas.
El plan nacional de estímulo
fiscal del gobierno alemán asciende a nada menos que el 6,9% del PIB,
incluso más que el de Estados Unidos (5,5% del PIB). En cambio, los
gobiernos italiano y español, con sistemas sanitarios y economías que
han sido mucho más afectados, apenas pudieron permitirse un estímulo
fiscal del 0,9% y el 1,1% del PIB, respectivamente.
¿No es esto prueba de falta de solidaridad?Tal
vez sí. Pero supongamos por un momento que, movida por la solidaridad,
Alemania decidiera compartir su paquete de estímulo con los países
sureuropeos que no tienen el mismo margen de maniobra fiscal. El
beneficio macroeconómico sería insignificante, porque la ayuda alemana,
al repartirse por toda la eurozona, se diluiría.
En síntesis, la
solidaridad no es sólo mal argumento para los eurobonos; también es una
política macroeconómicamente irrelevante. Peor aún, los pedidos de más
solidaridad pueden ser contraproducentes al aumentar la división europea
y destruir la solidaridad allí donde la haya.Mucho antes de la
aparición de la COVID‑19, los noreuropeos temían que los sureuropeos
endeudados estuvieran buscando excusas para meterles mano en los
ahorros.
Y oír sermones sobre la importancia de la solidaridad no puede
sino reforzar esa sospecha. De modo que el mejor servicio que puede
hacerse a la tarea de unificar Europa y evitar su desintegración es
dejar de hablar de solidaridad y apelar en cambio a la racionalidad.
Los ahorradores neerlandeses y alemanes tienen que darse cuenta de que
sus ahorros serían muy, muy menores si los endeudados italianos, griegos
y españoles no estuvieran con ellos dentro del sistema del euro: el
déficit de los países meridionales mantiene un tipo de cambio del euro
suficientemente bajo para que Alemania y los Países Bajos puedan
sostener sus niveles de exportación neta.
De modo que las razones para emitir eurobonos no tienen nada que ver con
la solidaridad. Al transferir endeudamiento de los países deficitarios a
una Unión fuerte y, en el proceso, reducir la deuda total de la
eurozona (ya que la mejor calificación crediticia de la UE permite
obtener tasas a largo plazo más bajas), los eurobonos mantendrán a un
país como Italia dentro del sistema del euro, y evitarán así que los
ahorros neerlandeses y alemanes se evaporen.
(...) jamás se logrará emisión de eurobonos y un cambio de las ridículas
reglas de la eurozona amparándonos en la «benevolencia» de los países
con superávit (...)" (
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