"(...) La primera víctima madrileña, una anciana de 99 años, tenía problemas
pulmonares y otros achaques. Esa primera semana de marzo, las
autoridades sanitarias regionales insistían en las “patologías previas” y
en la “edad avanzada” para intentar disipar el miedo que ya cundía
entre la población ante los primeros fallecimientos. (...)
Esa era la situación. Nadie quería alertar y pocos tenían certezas
sobre lo que podía ocurrir. Pero todo cambió con la muerte de esa
anciana casi centenaria. Aunque murió en el hospital Gregorio Marañón,
vivía en la residencia La Paz de Madrid, donde al poco tiempo comenzaron
a enfermar otros internos y una auxiliar.
Luego apareció otro foco en
el centro de mayores Duque de Ahumada de Valdemoro. La pandemia había
llegado al peor lugar posible, las residencias de ancianos, que
concentran al grupo con más riesgo (el 85% de los fallecidos por
covid-19 tiene más de 70 años) y donde trabajan cientos de empleados en
condiciones precarias, con mucha carga de trabajo y muy pocos materiales
de protección.
Debido a la delicada situación, la Comunidad de Madrid tomó la
iniciativa y el 5 de marzo decidió cerrar la actividad de los centros de
mayores de toda la región y más adelante restringir las visitas de
familiares a todas las residencias, entre otras medidas. Pero la
realidad es que hasta la declaración del estado de alarma el 14 de marzo
muchos de estos centros fueron flexibles en el cumplimiento de esta
norma.
Leonor, que tiene a su madre en la residencia Peñuelas de Madrid, se
queja del “fallo tremendo” que supuso mantener varios días abierto el
centro de día de esa residencia cuando ya estaba prohibido y seguir
mezclando a todos los mayores pese a las restricciones. “Mi madre bajaba
al comedor con los demás en plena crisis.
Además, los trabajadores
hasta aproximadamente el 20 de marzo no contaban con todos los medios de
protección, y las pocas mascarillas que tenían se las compraban ellos”,
se queja. Por eso, junto a otro grupo de familiares, ha denunciado ante
la Justicia esta y otras irregularidades.
No es la primera vez que lo hacen. Peñuelas es una de las residencias
con peor reputación de la región. Durante la pasada legislatura, el
entonces diputado de Podemos Raúl Camargo, uno de los impulsores de la
Marea de Residencias, llevó a la Asamblea de Madrid su lamentable
situación.
Peñuelas está gestionada por el Grupo Aralia, un emporio que
recibe 15 millones de euros de la Comunidad por la externalización de
varios centros pese a contar con varias sanciones por falta de limpieza y
personal, lo que eufemísticamente llaman “penalidades”. Poco meses
antes de esta crisis, la Consejería de Políticas Sociales había iniciado
un procedimiento para retirar la gestión a esta empresa por
incumplimientos graves del pliego de contratos. Un pequeño paso que
llegó de la mano del consejero Alberto Reyero, de Cs, al que algunos de
sus socios tachan despectivamente de socialdemócrata.
Gestión privada
En virtud de la Ley de Transparencia, hace unos meses se hizo pública
la lista de residencias madrileñas sancionadas en los últimos años, que
el Ejecutivo autonómico se había negado a comunicar para “no dañar el
buen nombre comercial de la empresa o su prestigio, pues afectaba a su
proyección pública”. Hasta ese momento si una familia o un anciano
quería conocer detalles de un geriátrico tenía que preguntar en un foro
de Internet. En total, 96 residencias de la tercera edad y 6 centros de
día habían sido multados por mala atención a usuarios o incumplimientos
de normas básicas del contrato. También se descubrieron 12 residencias
clandestinas en chalés, que fueron cerradas. Teniendo en cuenta que
operan 475 residencias en la región, la cifra de sancionadas es bastante
destacable.
De la totalidad de residencias, solo 25 son totalmente públicas
(6.258 plazas gestionadas por la Agencia Madrileña de Atención Social),
271 son privadas (18.470 plazas), 161 son privadas pero con plazas
concertadas con la Comunidad de Madrid (24.635 plazas) y 18 son públicas
pero gestionadas de forma indirecta por una empresa (2.668). Por tanto,
solo el 5% de los geriátricos y el 12% de sus plazas las gestiona
directamente el Gobierno regional, un dato que se ha revelado
fundamental para evaluar la eficiencia en la lucha contra esta pandemia,
ya que sin capacidad real de control ha sido difícil aplicar con
celeridad las órdenes llegadas de las administraciones.
Pero vayamos por parte y por tiempos. Nos quedamos en el 15 de marzo
con el estado de alarma. Las residencias ya son conscientes de la
gravedad de la enfermedad y las muertes se suceden. Los primeros en dar
la voz de alarma fueron ese mismo día los familiares de la residencia
Monte Hermoso de Madrid. “Hay 70 casos y 17 fallecimientos. Solamente
hay un médico contratado por la mañana que, si hay urgencias, va por la
tarde; y una enfermera en turno de mañana y tarde.
Como solución nos
dicen que podemos llevarnos a nuestros familiares a casa. Quería
denunciar la opacidad de la información, además de que nos parece ilegal
lo que están proponiéndonos. Les escribo para que esta situación se
haga pública y la residencia reciba los recursos que ahora necesita”,
escribió a varios periodistas Rosana Castillo, que tenía a su madre
Carmela, de 86 años, en esa residencia concertada. Dos días después
murió.
Sin medios y sin control
Monte Hermoso y la devastación del coronavirus en los geriátricos se
convirtió en noticia de alcance nacional. Aunque Ayuso defendía que “no
era la tónica general” y la Asociación de Directoras y Gerentes de
Servicios Sociales (ADYGSS) afirmaba que estaban “actuando bien”, esa
misma semana saltaron casos similares en la residencia Santísima Virgen y
San Celedonio (10 fallecidos), SotoFresnos de Soto del Real (9
fallecidos), Albertia Moratalaz (7 muertos) Montserrat Caballé de Madrid
(el Padre Ángel pidió ayuda desesperada tras 6 fallecimientos), Nuestra
Señora de la Antigua de Morata de Tajuña (5 muertos), entre otras.
Disparidad de tipos de centros y localizaciones, pero con problemas
muy similares.
El más importante, la ausencia de material de protección.
No había mascarillas en España y las pocas que llegaban iban a los
hospitales. Tampoco tenían nada en reserva. Los médicos, auxiliares y
cuidadores de las residencias se protegían como podían, con tapabocas de
tela o pañuelos.
También faltaban guantes y quienes atendían a los
contagiados se cubrían el resto del cuerpo con bolsas de basura.
“Pedimos sin éxito material clínico, mascarillas, trajes de protección,
oxígeno, etc. Trabajar así es muy limitativo y crea todo tipo de
problemas”, reconocían desde la propia residencia San Celedonio, donde
ha muerto también alguna de las monjas que cuidaban a los mayores.
El escaso material empezó a llegar a finales de marzo a las
residencias. Por lo tanto, durante esas primeras semanas el personal de
las residencias, más de un 80% mujeres, se convirtió en vector de
contagio del interior al exterior, y viceversa. Y lo pagó en sus carnes,
con algunas trabajadoras fallecidas y cientos de contagios y bajas
laborales. “Hubo semanas con un montón de compañeras de baja y algunas
ingresadas.
Ha sido un desastre, no nos daba la vida y muchas se dieron
de baja voluntaria porque acaban destrozadas. Además de no darnos el
material, denegaron reducciones de jornada para cuidar a nuestros hijos y
otras situaciones. Ha sido terrible”, manifiesta Ana, trabajadora de la
residencia Adolfo Suárez de Madrid.
El propio consejero de Políticas Sociales confirmó en una comisión
telemática de la Asamblea de Madrid que el 40% de la plantilla de
residencias estaba o había estado aislada o infectada por la covid-19.
Para paliar esta situación, su departamento realizó 1.521 nuevos
contratos en geriátricos públicos en este tiempo, 884 en atención
directa. También envió currículos a las residencias privadas y puso en
marcha un sistema de contratación directa a través de una empresa,
gracias a lo que se han incorporado tan solo 64 nuevos auxiliares.
Esta escasez de personal y el aumento de la carga de trabajo
provocaron que la comunicación de los centros con los familiares de los
residentes, cada vez más preocupados, fuese muy precaria. La Consejería
emitió el 18 de marzo una orden para que los geriátricos informaran
diariamente a la Comunidad de Madrid de todos los contagios y fallecidos
y a los familiares de la situación concreta de sus allegados. Lo
segundo no se cumplió en muchos centros.
Antonio Morales, director de operaciones de Vitalia, el grupo que
gestiona, entre otras la residencia Vitalia Home Leganés, donde han
fallecido hasta la fecha un centenar de ancianos, asegura que tuvo que
contratar a dos personas solo para atender el teléfono. “Hemos estado
sometidos a un estrés como nunca antes hemos conocido. Hemos tenido que
decidir entre atender a los mayores o atender al teléfono.
Hemos vivido
una etapa caótica que nos ha pillado con el pie cambiado. Nunca nos
hubiéramos imaginado esto”, recalca. Llegaron a tener 73 empleados de
baja. “Ahora hemos contratado a un geriatra, ya tenemos médico todo el
día y hemos repuesto a la plantilla de baja casi a su totalidad, pero
hay que entender que los trabajadores nuevos son poco eficientes en un
principio porque no conocen a los mayores”, apostilla.
Para evitar más contagios, el 21 de marzo el Boletín Oficial del
Estado publicó una orden que exigía a los centros de personas mayores y
centros sociosanitarios que separaran a sus residentes en cuatro grupos:
sin síntomas y sin contacto estrecho con caso posible o confirmado de
coronavirus; residentes sin síntomas, en aislamiento preventivo;
residentes con síntomas; y casos confirmados.
De esta forma, se tenía
que establecer dentro de las instalaciones las llamadas “zonas limpias” y
las “zonas sucias”, separadas entre sí, en la que no se mezclaran
personal, usuarios, espacios comunes ni ascensores.
Pero algunas residencias, una vez más, incorporaron estas medidas
tarde y mal. “A nosotros nos informaron que les separaron el día 31 de
marzo, más de una semana después de la orden, lo que ha podido
incrementar los contagios. La Unidad Militar de Emergencias (UME) llegó
el día 3 y a partir de ahí sabemos que se les bajó a una planta a todos
los que tenían síntomas.
No nos han explicado cómo hicieron la
separación, no nos dicen en qué grupo de la clasificación están nuestros
familiares. Son muchas cosas”, relata Luz cabello, familiar de una
usuaria de la Adolfo Suárez y vicepresidenta de la Plataforma por la
Dignidad de las Personas Mayores (Pladigmare), que durante estos meses
ha batallado por una mayor intervención pública en los geriátricos.
Al final tuvo que ser la UME, la Guardia Real, los Bomberos, la
Policía o los servicios de emergencias sanitarias los que, además de
desinfectar casi todos los geriátricos madrileños, inspeccionaran el
cumplimiento eficaz de la zonificación, así como la existencia de
material de protección.
Los militares se han encontrado situaciones
espantosas, como ancianos desatendidos por ausencia de personal,
cadáveres en habitaciones (los centros lo achacan al colapso de los
servicios funerarios) o mascarillas y guantes escondidos y sin
desembalar en una residencia en Mirasierra cuando los necesitaban los
trabajadores, por citar algún ejemplo.
El conocimiento de lo que ocurría en muchas de estas residencias ha
sido labor de familiares y empleados, que en algunos casos se jugaban su
puesto de trabajo por informar. Apenas hay datos oficiales de la
propagación de la pandemia por centros. El consejero Reyero los facilitó
solo en una ocasión, el 25 de marzo en una reunión con portavoces de la
oposición.
Hasta ese día en Monte Hermoso habían muerto por todas las causas 46
personas, en Ballesol Alcalá 41, en la Residencia de Carabanchel 31; en
Casaquinta 27, en Orpea Madrid 26 y en San Celedonio 24, entre otras. En
total, 1.101 fallecidos entre el 8 y el 25 de marzo. Además, otras 29
personas con discapacidad habían muerto en estos centros. En esa tabla
se desglosaban las cifras de afectados según la gestión de centros.
Así,
se descubrió que en residencias privadas habían muerto 301 ancianos, en
las concertadas 632, en las de gestión indirecta 66 y en las públicas
102. Por tanto, por número de plazas, la mortalidad en las residencias
gestionadas por empresas privadas era aquel entonces ya del 2,2% y las
gestionadas por la Comunidad del 1,6%.
Otro dato que arrojaba esa tabla era que el 72% de los residentes
fallecieron en el centro y el resto en el hospital. En aquellas dos
últimas semanas de marzo y la primera de abril muchos hospitales
madrileños estaban colapsados y se estableció un triaje, es decir,
racionalizaron la escasez de recursos personales y materiales con los
que contaban para aplicarlos a quienes consideraban que tenían más
posibilidad de salir adelante. (...)
Una de entre muchas víctimas de este triaje fue el padre de María, de 76
años y con Párkinson, que murió con coronavirus solo en una cama de la
residencia Amavir Valdebernardo el 7 de abril. “Luchó muchos años contra
esa enfermedad y no se merecía ese final”, relata en una carta dirigida
a la asociación El Defensor del Paciente, que ha recibido
comunicaciones similares estas semanas.
Fuentes de este geriátrico
reconocen esta situación y también se quejan de lo que pasaba: “Nos ha
generado una enorme impotencia esta situación. Cuando bajó la presión
asistencial en hospitales, ya hemos podido derivar a residentes.
Queremos que la Fiscalía investigue todo esto “. Una Fiscalía que no
para de trabajar en este sentido, ya que investiga en España al menos 86
residencias de ancianos, 40 ellas en Madrid, por delitos como homicidio
por imprudencia, maltrato y abandono, dependiendo el caso.
Las derivaciones a hospitales y la carencia de oxígeno, fármacos y
personal médico y enfermero en las residencias de mayores han levantado
un debate, hasta ahora dormido, sobre el modelo asistencial en estos
centros, más enfocados a “cuidar y no curar”, como han destacado algunos
líderes políticos y patronales de geriátricos para intentar justificar
lo ocurrido. Un asunto que además abrió una nueva gresca política entre
los dos socios del Gobierno regional.
El consejero de Políticas Sociales fue apartado de la gestión de las
residencias el 26 de marzo, justo después de dar la tabla de datos de
fallecidos por residencias, por lo que fuentes de la formación naranja
creen que ese fue el verdadero motivo. (...)
Desde entonces y hasta un mes después, equipos multidisciplinares de
seguridad habían visitado decenas de residencias y habían medicalizado
204, según la información de ese departamento.
Pero Alberto Reyero no está de acuerdo con este último dato y en una
comisión telemática de la Asamblea de Madrid aseveró que “una residencia
medicalizada no es una residencia con atención sanitaria, es algo más”.
Semanas antes ya había chocado con la presidenta cuando pidió
desesperadamente que médicos del Ejército acudieran a las residencias y
esta le respondió que no hacía ninguna falta.
En una entrevista en la
cadena Ser fue más allá. Apuntó que “no había ninguna” residencia
medicalizada y se quejó de que sanitarios del Samur marcharan a Soria y
Segovia a ayudar a sus geriátricos con la situación que se estaba
viviendo en Madrid. (...)
A la vista de lo ocurrido, varios alcaldes del sur de la Comunidad han
reclamado a la Justicia la medicalización efectiva de las residencias de
sus municipios. El Tribunal Superior de Justicia de Madrid ya ha dado
la razón a Alcorcón y exige al Ejecutivo autonómico que actúe ya.
n esta travesía en el desierto, la Consejería de Políticas Sociales
ha intervenido en 14 geriátricos privados o concertados “en estado
crítico” por un “incremento no esperado de fallecimientos”, según
comunicó al Ministerio. Se trata de DomusVi Espartales, Casaquinta
Ciempozuelos, Isabel La Católica, Fundación Reina Sofía Alzheimer,
Sergesa Boadilla; Vitalia Home Leganés, Monte Hermoso, Residencia de
Usera, Geriatel Rivas, Orpea Santo Domingo; Santísima Virgen y San
Celedonio, La Purísima Concepción, Santa Teresa Jornet y Las Golondrinas
de Robledo de Chavela.
La intervención consiste en enviar un funcionario, que se centra en
un “exhaustivo y diario control” de todas las gestiones del centro, en
la información y participación activa en la toma de decisiones, y en la
demanda de atención adecuada “tanto a los médicos de la plantilla como a
los geriatras y hospitales de referencia”. Esta supuesta decisión no
gustó, lógicamente, a las empresas. “La gente lo escucha y se asusta. La
situación no es crítica y está controlada”, explicaba el director de
Márketing del Grupo Orpea, que negaba que la intervención supusiera
apartarles de la dirección de sus centros: “Más bien es un trabajo de
inspección”.
El consejero Reyero ha defendido que este instrumento administrativo
ha ayudado mucho a reducir el número de fallecidos en estos centros,
aunque también ha reconocido que con algunas direcciones tuvo problemas.
Con datos oficiales a fecha 1 de mayo, 635 ancianos han fallecido en
las 14 residencias intervenidas, casi el 10% del total en toda la
región. Siguen viviendo allí 1.449 ancianos, 430 de ellos con
coronavirus confirmado por test y 161 con síntomas pero sin
confirmación. Además, otros 536 están también aislados sin síntomas por
haber mantenido contacto con infectados.Del resto de residencias no hay datos completos. (...)
Familiares y trabajadores siguen reclamando pruebas diagnósticas para
todos, incluso con caceroladas como las que han protagonizado en la Gran
Residencia de Carabanchel. La falta de test aumenta el miedo al
contagio de los trabajadores e impide la incorporación de personal de
baja, pero también un deseo que va en aumento entre los familiares:
sacar a sus seres queridos de determinados centros. Sin resultado
negativo en covid-19 no es posible hacerlo (...)
Del 8 de marzo al 1 de mayo murieron en la Comunidad de Madrid 7.092
personas en residencias, 5.688 por coronavirus, según datos oficiales.
Muchos de ellos no han sido contabilizados en las estadísticas del
Ministerio de Sanidad porque no fueron hospitalizados y murieron en sus
camas de geriátrico por “posible covid” o sin alusión a la enfermedad en
sus partes de defunción.
Madrid es la región española con más decesos
totales por coronavirus, y también encabeza el ránking de letalidad en
residencias de ancianos. Le sigue a gran distancia Cataluña, con 3.044
fallecidos en estos centros. Las últimas cifras reportadas revelan una
sustancial bajada de mortalidad, por lo que parece el virus tiende a
controlarse también aquí.
Para cuando pase la pandemia, diversos políticos y expertos reclaman
ejecutar cambios importantes en la gestión de residencias y centros de
día de todo el país, y especialmente en Madrid. Sus recetas pasan por un
medicalización real, una mayor inversión e intervención pública, unos
ratios de personal acordes con el volumen de usuarios y una mayor
preparación ante pandemia y epidemias venideras.
Otros apuestan por
poner en marcha un nuevo modelo de asistencia a la tercera edad,
alternativa al aparcaancianos residencial,
que les proporcione asistencia médica, alimentación, servicios comunes y
compañía en pisos o instalaciones más pequeñas donde cada persona tenga
mayor independencia, como ocurre en otra partes de Europa. Es indudable
que esta crisis obligará a planear estas y otras opciones y tomar
medidas a un corta plazo, algo hasta ahora inimaginable." (Julio de la Fuente, CTXT, 06/05/20)
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