25.5.20

Eva Illouz: el modelo británico (más tarde condenado) optó por la autoinmunización, es decir, por la infección del 60% de la población, sacrificando de facto a entre 2% y 4% de sus habitantes en aras de mantener la actividad económica (el modelo también fue adoptado por los Países Bajos y Suecia). Alemania y Francia reaccionaron al principio de manera similar, ignorando la crisis todo el tiempo que pudieron... ni siquiera China, que tiene un registro espantoso en el terreno de los derechos humanos, utilizó el «economismo» como medida de su lucha contra el virus, de una manera tan abierta como lo hicieron los países europeos

"(...) El mundo se volvió, de la noche a la mañana, unheimlich, extraño, se vació de su familiaridad. Sus gestos más reconfortantes –el apretón de manos, los besos, los abrazos, la comida compartida– se transformaron en fuentes de peligro y angustia. 

En cuestión de días, surgieron nuevas categorías para entender una nueva realidad: todos nos volvimos especialistas en distintos tipos de mascarillas y en su poder de filtro (N95, FPP2, FPP3, etc.), en la cantidad de alcohol que se considera eficaz para higienizar las manos (...) y, por supuesto, nos familiarizamos sobre todo con las extrañas reglas y rituales del distanciamiento social. En cuestión de días surgió una nueva realidad, con nuevos objetos, conceptos y prácticas.
Las crisis ponen en primer plano las estructuras mentales y políticas y, al mismo tiempo, desafían las estructuras convencionales y la rutina. Una estructura está por lo general oculta, pero las crisis tienen sus propias formas de exponer a simple vista las estructuras mentales y sociales tácitas.  (...)

El modelo británico (más tarde condenado) adoptó inicialmente la vía de intervención menos invasiva y optó por la autoinmunización (es decir, la infección) de 60% de la población, sacrificando de facto a entre 2% y 4% de sus habitantes en aras de mantener la actividad económica (el modelo también fue adoptado por los Países Bajos y Suecia). En la región italiana de Bérgamo, los empresarios industriales y los funcionarios gubernamentales exigieron que trabajadores y trabajadoras continuaran sus tareas, incluso cuando el virus ya estaba ahí. 

Alemania y Francia reaccionaron al principio de manera similar a Reino Unido, ignorando la crisis todo el tiempo que pudieron hasta que ya fue imposible. Como lo expresó el escritor Giuliano da Empoli, ni siquiera China, que tiene un registro espantoso en el terreno de los derechos humanos, utilizó el «economismo» como vara de su lucha contra el virus de una manera tan abierta como lo hicieron los países europeos (al menos al principio y hasta que fue casi demasiado tarde). 

La elección que no tiene precedentes es esta: sacrificar las vidas de los vulnerables o sacrificar la supervivencia económica de los jóvenes. A la vez que esto plantea dilemas auténticos y reales y preguntas horrorosas (¿cuántas vidas vale la economía?), también ha apuntado hacia las formas en que se descuidó la salud pública y constituye el terreno sobre el cual podemos construir la economía.  (...)

No sin ironía, el primero en desplomarse fue el mundo de las finanzas, habitualmente arrogante y raras veces dispuesto a hacerse responsable, lo que demostró que la indescifrable circulación financiera del dinero en el mundo se basa en un recurso que todos damos por sentado: la salud de la ciudadanía. Los mercados se alimentan de la confianza como una moneda para construir el futuro, y resulta ahora que la confianza descansa sobre el supuesto de la salud. (...)

Este sistema de salud era el fundamento invisible que hacía posible la confianza en el futuro, que a su vez era necesaria para las inversiones y la especulación financiera. Sin salud, los intercambios económicos pierden sentido. 

La salud se dio por sentada, y en las últimas décadas, políticos, centros financieros y empresas coincidieron en presionar en favor de políticas que disminuyeron severamente los presupuestos para recursos públicos, desde la educación hasta la asistencia sanitaria, ignorando, irónicamente, hasta qué punto las empresas habían aprovechado los frutos de los bienes públicos por los que nunca pagaron: educación, salud e infraestructura. 

Todos ellos dependen del Estado y son recursos públicos indispensables sin los cuales los intercambios económicos no pueden producirse. Aun así, en Francia se suprimieron 100.000 camas de hospital en los últimos 20 años (el cuidado domiciliario no compensa las camas en unidades de cuidados intensivos). En junio de 2019, el personal sanitario de emergencias protestó contra los recortes presupuestarios que erosionaban el sistema de salud francés, otrora de excelencia, hasta llevarlo al borde del colapso.  (...)

En Estados Unidos, el país más poderoso del planeta, faltan miles de millones de mascarillas para ayudar al personal médico y de enfermería a protegerse. En Israel, la proporción de camas de hospital en relación con la población estaba en 2019 en su nivel mínimo de las últimas tres décadas, de acuerdo con un informe publicado por el Ministerio de Salud. Esta proporción es una de las más bajas, si no la más baja, de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).  (...)

La mezcla de solemnidad y amateurismo con que se ha manejado la crisis sanitaria en Israel tuvo por objeto ocultar la sorprendente falta de preparación (escasez de mascarillas para cirugía, respiradores, trajes protectores, camas, unidades de cuidados intensivos adecuadas, etc.). Netanyahu y una multitud de dirigentes políticos en todo el mundo han tratado la salud de los ciudadanos con una ligereza insoportable, incapaces de comprender lo evidente: que sin salud no puede haber economía. Hoy se ha vuelto dolorosamente clara la relación entre nuestra salud y el mercado. En el contexto israelí, podemos agregar lo obvio: sin salud, tampoco puede haber ejército. La seguridad del país se basa en la salud de sus ciudadanos.  (...)

Los capitalistas dieron por sentados los recursos que provee el Estado –educación, salud, infraestructura– sin siquiera advertir que esos recursos del Estado que despilfarraban los privarían finalmente del mundo que hace posible la economía. Esto no puede continuar así. Para que la economía tenga sentido, necesita un mundo. Y ese mundo solo puede construirse colectivamente, mediante la cooperación de las empresas y el Estado. (...)

Lo que duplica la sensación de crisis es el hecho de que la pandemia requiere de una forma novedosa de solidaridad a través del distanciamiento social. Es una solidaridad entre generaciones, entre jóvenes y ancianos, entre alguien que ignora si puede tener la enfermedad y alguien que puede morir a causa de lo que el primero desconoce, una solidaridad entre alguien que puede haber perdido su empleo y alguien que puede perder la vida.
Llevo ya muchas semanas en confinamiento y el amor del que mis hijos me han colmado ha consistido en dejarme sola. Esta solidaridad demanda aislamiento, y de ese modo fragmenta el cuerpo social en unidades lo más pequeñas posibles, lo que vuelve difícil organizarse, encontrarse y comunicarse, más allá de las interminables bromas y videos que se intercambian en las redes sociales. 

La sociabilidad se ha vuelto indirecta. La utilización de internet creció a más del doble; las redes sociales se convirtieron en las nuevas salas de estar; la cantidad de chistes sobre el coronavirus que circulan por las redes de un continente a otro no tiene precedentes; el consumo de Netflix y Prime Video se decuplicó; estudiantes de todo el mundo toman hoy sus clases mediante sesiones virtuales organizadas por Zoom. 

En síntesis, esta enfermedad en la que hemos tenido que revisar todas las categorías conocidas de intimidad y cuidado ha sido la gran fiesta de la tecnología virtual. No tengo dudas de que en el mundo post-coronavirus la vida virtual y a larga distancia tomará un vuelo propio, ahora que nos vimos forzados a descubrir su potencial.
Saldremos de esta crisis, gracias al trabajo heroico del personal médico y de enfermería y a la resiliencia de ciudadanos y ciudadanas. Muchos países ya lo están haciendo. Pero la ciudadanía tendrá que hacer preguntas, exigir que le rindan cuentas y sacar las conclusiones correctas: el Estado, una y otra vez, probó que es la única entidad capaz de manejar este tipo de crisis de gran escala. El engaño del neoliberalismo debe ser denunciado. La era en que cada actor económico está ahí únicamente para acumular oro en sus bolsillos debe terminar. 

 El interés público debe pasar al frente en las políticas públicas. Y las empresas deben contribuir a este bien público, si quieren que el mercado siga siendo al menos un marco para las actividades económicas. Más enfáticamente, la ciudadanía tendrá que ser inflexible en lo que atañe al estado del sistema sanitario.
Esta pandemia es un anticipo de lo que puede ocurrir cuando surjan virus mucho más peligrosos y cuando el cambio climático haga que el mundo se vuelva inhabitable. En ausencia de eso, no habrá interés privado ni público que defender. Contrariamente a algunas predicciones sobre el resurgimiento del nacionalismo y las fronteras, creo que solo una respuesta internacional coordinada puede ayudar a gestionar estos nuevos riesgos y peligros. El mundo es irrevocablemente interdependiente y solo una respuesta de este tipo puede ayudarnos a hacer frente a la próxima crisis. 

Necesitaremos una coordinación y cooperación internacional de nuevo tipo, una vigilancia internacional de los casos de transmisión zoonótica, posiblemente nuevos tribunales sanitarios internacionales (el silenciamiento de la crisis por parte de China hasta enero fue criminal, dado que en diciembre todavía era posible detener el virus), la creación de organismos internacionales para innovar en campos como el de los equipos médicos, la medicina y la prevención de epidemias. Sobre todo, necesitaremos que una parte de la vasta riqueza acumulada por las entidades privadas se reinvierta en bienes públicos. Esa será la condición para tener un mundo."                (Eva Illouz, Jaque al neoliberalismo, 20/04/20, Nuso.org)

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