"(...) El esfuerzo fiscal que se está realizando para minimizar
el impacto económico y social que provoca el coma inducido al que se ha
llevado al país no tiene precedentes, en términos cuantitativos y
cualitativos.
Pero no es solo la dimensión del esfuerzo económico de
las arcas públicas, que requerirá del compromiso de la Unión Europea, el
factor diferencial, es sobre todo de orientación política.
El Estado se
ha convertido en asegurador de último recurso de los ingresos de
personas, familias y empresas, con medidas como los ERTEs o las
prestaciones de desempleo y de cese de actividad de los autónomos, que
están salvando muchos empleos. Se está protegiendo a colectivos que
hasta esta crisis solían ser olvidados por las políticas públicas, como
las empleadas del hogar y los autónomos.
También es
muy significativo el cambio en la orientación de las políticas de
protección social, con el que se ha afrontado esta crisis, que adoptan
un componente estructural. Frente a una concepción meramente
contributiva por la que se garantizan rentas solo a quienes cotizan
previamente, se ha transitado a una lógica en la que se protegen las
necesidades de personas y familias, con independencia de su aportación
previa.
Así, han accedido a prestaciones de desempleo
personas que en condiciones normales no hubieran recibido ninguna
prestación por no haber cotizado suficiente u otras que están fuera del
ámbito de protección del desempleo contributivo.
Sin
duda la más novedosa de estas medidas es la creación de un ingreso
mínimo vital de carácter estructural que pretende combatir la pobreza
extrema de algunas familias y que puede ser un instrumento, positivo
aunque parcial, en la batalla para reducir la pobreza infantil. Y que,
en contra de los que dicen sus detractores no solo no pierde de vista el
objetivo de inclusión laboral y social sino que los potencia con
medidas concretas. (...)
Se trata de una medida que lleva 30 años entrando y
saliendo de la agenda social y política de España, desde principios de
los años 90 del siglo pasado cuando CCOO y UGT la situaron en forma de
rentas mínimas de inserción – aunque no son exactamente lo mismo que el
IMV- en las negociaciones posteriores a la huelga del 14 de diciembre de
1988.
La dificultades de encaje competencial –que se
mantienen en el ingreso mínimo vital- el coste económico de su
implantación y resistencias ideológicas, entre las que destacaba el
supuesto y falso desincentivo al trabajo provocaron que no viera la luz,
a diferencia de la exitosa implantación de las pensiones no
contributivas, fruto también de aquel proceso de concertación social.
El
resultado de aquella inacción del Gobierno del Estado, fue la
proliferación de todo tipo de programas vinculados a la idea de una
Renta Mínima de Inserción, comenzando por Euskadi y Catalunya, que hoy
se han generalizado con un gran desbarajuste en todas las CCAA. (...)
El simple anuncio de que el Gobierno tenía previsto crear
un ingreso mínimo vital ya generó rechazos en algunos sectores de la
sociedad, que ahora se han hecho más intensos. En unos casos se trata de
razones que van avaladas de argumentos que, como todos, son
discutibles.
En otros casos el rechazo al IMV se
expresa con un tufillo de aporofobia y odio de clase, el que últimamente
ha salido del armario para asaltar las calles, muy evidente. Se
refieren a esta prestación como la "paguita" con la que pretenden
ridiculizar esta medida, criticar al Gobierno y, sobre todo,
estigmatizar a sus perceptores.
Este odio de clase,
cada vez más evidente en la extrema derecha y la derecha extrema
española, forma parte de una tendencia mundial impulsada por una casta
global, la de los triunfócratas. Esos personajes,
desde la torre de marfil de sus privilegios, se consideran triunfadores
–hasta que se topan con algún disgusto- y desprecian profundamente a los
que consideran perdedores, a los que hacen culpables de su precaria
situación, en una clara reminiscencia judeo-cristiana.
Los triunfócratas
no son solo psicópatas sociales a los que la sociedad no considera como
tales porque esa denominación se reserva solo a los perdedores. Detrás
de sus posicionamientos hay una ideología muy potente, la falsa
meritocracia, que ha sido y continúa siendo uno de los pilares del
hipercapitalismo propietarista que tan bien describe Thomas Piketty en
su "Capital e ideología".
Son los mismos triunfócratas
que ahora, cuan "marranos" conversos, le exigen al Estado una mayor
intervención en la salvación de sus negocios, cuando una de sus divisas
ha sido siempre el Estado mínimo y sobre todo sin injerencias
reguladoras o fiscalizadoras del mercado. Por eso deberíamos llamarlos
ultra-intervencionistas de clase –no sé como caímos en la trampa de
llamarles neoliberales cuando de liberales no tienen nada.
En
esa falsa meritocracia, los ganadores lo son por sus méritos y los
perdedores por sus pocos méritos o desméritos. La meritocracia es un de
los pilares que sustenta este insoportable régimen de desigualdad social
que no para de aumentar en términos de renta, patrimonio pobreza y
exclusión social.
Los argumentos que se utilizan
contra el ingreso mínimo vital, "la paguita", son los mismos con los que
combaten el impuesto de sucesiones, al que califican de "impuesto a la
muerte". Son los mismos argumentos triunfócratas
con los que se promueve la segregación escolar en el sistema educativo,
para que los perdedores de la sociedad – por razones económicas, étnicas
o muchas otras como enfermedades mentales o trastornos de personalidad-
no molesten a los vencedores de la vida en su camino hacia el éxito
social.
Hoy tenemos un doble motivo para estar
contentos con el ingreso mínimo vital aprobado por el Gobierno de
coalición: va a beneficiar a centenares de miles de familias, situadas
en la pobreza extrema, a los que se garantiza como derecho unos ingresos
mínimos que les permita mantener su dignidad como personas. Y además se
ha infligido una derrota ideológica a los triunfócratas de la "paguita".
Tal
como han ido las cosas, la verdad es que la semana no acaba mal. Por
una vez las nueces de los derechos de ciudadanía ha terminado eclipsando
el mucho ruido de los tricornios." (Joan Coscubiela, eldiario.es, 29/05/20)
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