"(...) Desde hace varios meses la economía sobrevive con socorros estatales.
Ese protagonismo de la intervención pública -que repite lo ocurrido en
todas las crisis anteriores- es silenciado por los neoliberales.
Disimulan la total inviabilidad de sus doctrinas de reinado del mercado
en las situaciones de emergencia.
La acción
del estado nacional se asemeja a las iniciativas imperantes en todo el
mundo, pero con subsidios muy inferiores a las economías centrales. La
continuidad del sostén estatal luego de la pandemia está fuera de
discusión, pero el monto y distribución de los recursos públicos suscita
grandes controversias.
La derecha exige privilegiar las subvenciones a los grupos de poder,
para inducir una reactivación con alta concentración de capitales.
Auspicia la quiebra de las empresas insolventes para facilitar su
captura por los grandes conglomerados. Propicia una nueva versión de la
«doctrina del shock», que utilizan los sectores dominantes en la crisis
para imponer atropellos neoliberales.
Ese modelo fue explicitado por la firma aérea LATAM, que condicionó
su permanencia en el país al achatamiento de los salarios y a la
destrucción de las normas laborales. El mismo esquema propician las
empresas de servicios (Globo, Rappi) que redujeron sueldos y las
compañías que exprimen a los asalariados con el teletrabajo.
Para imponer su ajuste recesivo los derechistas exigen un recorte de
la emisión, reflotando los temores inflacionarios que suscita la
expansión de la masa monetaria. Pero no toman en cuenta el efecto
inverso que genera la depresión del consumo y omiten la insoslayable
necesidad de liquidez para cualquier reactivación.
Un control efectivo de los precios -en los mercados altamente
concentrados de bienes básicos- permitiría contrarrestar el peligro del
rebrote inflacionario. Con la ley de abastecimiento y ciertas medidas de
control vecinal se podría contrarrestar la aceleración de la carestía,
que no es una inexorable desventura de Argentina.
Las mayorías populares necesitan una sólida reactivación del mercado
interno asentada en la restauración del poder adquisitivo. Es el sendero
contrapuesto al ajuste ansiado por los neoliberales. La unificación de
los planes de asistencia en torno a un ingreso universal significativo y
la recomposición del salario serían dos pilares de esa recuperación.
Es vital incrementar los sueldos en el sector formal para detener la
perversa dinámica actual de redistribución de la pobreza. El ajuste de
los asalariados en blanco para sostener a la paupérrima asistencia de
los precarizados es una tendencia nefasta. Refuerza la igualación hacia
abajo y el financiamiento de la supervivencia de los más necesitados con
los recursos de otros trabajadores. Esa involución se verifica en el
terreno de las jubilaciones y debe ser revertida de inmediato.
El relanzamiento de la obra pública con significativa gestión desde
abajo constituye el segundo eje de un plan económico progresista. Hay
muchas propuestas de organizaciones sociales para generar cuatro
millones de puestos de trabajo al año, mediante programas administrados
en forma coordinada por los movimientos, los sindicatos y los
municipios.
El tercer basamento de un proyecto redistributivo es el reflote de la
industria nacional. En la pandemia se ha demostrado que resulta
factible reconvertir muchas actividades a las necesidades prioritarias
del país. El ejemplo de fabricar respiradores podría extenderse a otros
productos y ramas industriales.
Estas iniciativas requieren una amplia financiación con bajas tasas de interés,
que presuponen un cambio radical en el sistema financiero. El planteo
progresista debe ubicarse en las antípodas del ajuste y requiere mayor
gasto público con mayores recursos.
Frente a estas dos grandes opciones el gobierno transita por el
camino intermedio que inauguró antes de la pandemia, oscilando entre las
mejoras y el torniquete. Otorgó alivios sociales (aumentos de la
asignación universal y las jubilaciones mínimas, congelamiento de
tarifas, tarjeta alimentaria). Pero también avasalló derechos como la
suspensión de la movilidad de las jubilaciones.
En la emergencia actual ha persistido con su política de quedar bien
con todos. Por un lado adopta medidas de sostén a los desamparados,
solventando gran parte de los salarios bloqueados por la parálisis de la
producción. Dispuso un tercer tramo de las ATP que involucra montos
siderales y ha otorgado con el IFE auxilios a casi 9 millones de
personas. Además congeló los alquileres, las hipotecas y las ejecuciones
por falta de pago y anunció créditos a tasa cero para el consumo de los monotributistas y los autónomos.
Pero el gobierno también socorre a los poderosos y facilita los
subsidios a los CEO de las grandes empresas. Ese absurdo auxilio estatal
a los ejecutivos fue parcialmente corregido cuando se detectó que su
utilización para la compra de dólares. Los receptores de la subvención
ya no pueden adquirir divisas, distribuir utilidades o realizar
erogaciones con otras empresas vinculadas.
El oficialismo se comprometió formalmente a prohibir los despidos,
pero en los hechos no detiene su expansión. El Ministerio de Trabajo
evita las informaciones diarias que provee su par de la Salud. No
esclarece cuál es el mapa real de las licencias y las suspensiones. El
caso testigo fue Technit. Luego de afirmar que no aceptaría los despidos
avaló su concreción.
Además, el recorte de sueldos tiende a generalizarse con el pasivo
aval de las autoridades y los jubilados han sufrido otro ajuste de la
movilidad, inferior al que hubiera correspondido por la inflación.
El pago del aguinaldo en cuotas ya es un hecho y se extiende a muchos
sectores. En síntesis: la política económica constituye la primera área
de disputa entre el ajuste y la redistribución, frente a un gobierno que
elude las definiciones. (...)" (Claudio Katz, CADTM, 08/07/20)
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